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1. La estatua de Heráclito
Cierro los ojos.
Se eterniza un no en mis ojos.
No hay huellas.
En su acercanza siento lo que de todos queda.
Un hilo que anihila la mirada.
Una herida en el Tiempo.
Una trayectoria sin huellas.
El resto es sueño, residuo en los márgenes.
Sé que después de muerto siguen creciendo las orejas.
Después de muerto,
eternamente, de momento.
2. Huye Parménides
En este desvío después del semen
todo nos niega: el sentido común,
el significado del verbo ser,
el último consejo que nos damos.
Una telaraña de sombras arde en la luz.
Cierro los ojos. Todo es visible.
Veo un hombre, un hombre cualquiera,
tú, yo mismo,
mendigando, multiplicándose,
verdugo de una sombra,
su propia sombra.
Ilustración:Daniela Benesova, Tension,1929
El niño es niño que quiere las alas con las que vuelan
las serpientes naranjas, las serpientes
suicidas con alas redondas, con alas de menos,
sin manos, sin mamás
que preguntan ¿por qué?
Ellas, las mamás, tienen pies y tienen miedo de los puentes
pero son las que con más mimo hacen su niño y su calceta:
un jersey pequeñito, una chaqueta sin botones,
unos guantes de dos alas.
Pero preguntan, preguntan ¿por qué?
¿Por qué
el niño no merienda su corteza de pan
y su manzana? ¿Por qué
más tarde con las migas
hace gritos, hace puentes entre las palomas,
hace crucigramas de gritos?
El niño crece sin remedio
y cree sin cerrar los ojos.
El niño niño desordena las causas,
terco:
Va a venir el hombre del saco.
Va a venir, ya viene.
El niño tiene muchos silencios,
cada grito es un silencio.
¡Silencio!
Va a venir el niño del saco.
Va a venir, ya viene
a rescatar al niño niño.
¡Zas!
El niño del saco corta las alas,
las corta justamente.
Da su manzana ¿A quién el corazón
de su manzana?

Ilustración: Victor Ekpuk, Child in the Wilderness, 2006
Discutimos. Fue por algo sin importancia pero ella se lo tomó mal y se enfadó. Estábamos en la cocina y la comida ya estaba servida. No me miraba. No hablaba. Comía con desgana, en realidad parecía triste. Terminamos de comer y mientras yo recogía los platos y los ponía en el lavavajillas, ella se fue al salón.
Permanecí en la cocina. Creía que era lo mejor, ella necesitaba tiempo y yo también. Al fin fui al salón. Me quedé de pie con la esperanza de que me hablase, pero no lo hacía. Había puesto la televisión. Era como si dijese: mira en silencio, no discutas. Me senté en el sillón dejando un espacio entre los dos.
En la televisión emitían un reportaje. Se veía a un hombre y a una mujer en un coche, ella conducía, él dormía. Pararon en un supermercado, la mujer salió y el hombre siguió durmiendo. Las siguientes imágenes eran de una adolescente que se preparaba para un examen de ballet. Terminó el ensayo y se desplomó. La recogieron del suelo, se despertó y, al instante, volvió a caer profundamente dormida. El reportaje siguió con una mujer que vivía en una granja. Cenaba con su marido y una invitada, quizá una vecina o un familiar. Hablaban. El marido le preguntó algo a la mujer. Ella inició una respuesta y en medio se le cerraron los ojos y su cara fue cayendo hasta el límite del plato lleno de comida. La invitada la miraba de reojo y se reía con una risa nerviosa ahogada entre las manos. El hombre decía que a veces se sentía frustrado porque su mujer no podía apreciar la cena que él cocinaba. Gritó su nombre, ella levantó la cara de la comida, cogió el tenedor, se lo llevó a la boca y, justo ahí, volvió a dormirse y su cara cayó de nuevo sobre el plato. La invitada se rió abiertamente. Una carcajada. El marido también lo hizo y yo no lo pude evitar. Mi mujer se levantó y yo dije: "Perdón, perdón" todavía riendo.
Me miró pero no supe interpretar su mirada. Le pregunté: “¿Quieres que te acompañe?”, y ella, sin decirme nada, salió. Continué viendo el reportaje. Ahora el hombre que antes se había quedado durmiendo en el aparcamiento del supermercado estaba en su trabajo en un taller mecánico y quien hablaba era su jefe. No presté atención a lo que decía. La siguiente en hablar fue la mujer del hombre, decía que él era muy irritable y que todo se debía a su enfermedad. También decía que nunca en su vida, él, había podido terminar de leer cualquier página de un libro. El reportaje saltó al examen de ballet, entonces oí la puerta de casa cerrarse.
No me importó. Miento, sí me importó. Antes de enfadarse, o quizá mientras se enfadaba, había dicho que por la tarde iría al cementerio. Iba una vez al mes o así desde la muerte de su madre hacía ya dos años. A mí me resultaba extraño, pero lo respetaba. Al principio había ido con ella, fui dos o tres veces y luego dejé de ir. Esas veces que yo fui recuerdo que ella ponía flores en el cenicero y se quedaba muy quieta y callada mirando la lápida. Ninguno de los dos era creyente, al menos yo no lo era. Pensaba en esto cuando la chica del ballet se caía dormida por tercera vez después del primer examen que, al parecer, le había salido bien.
Sin meditarlo mucho apagué la televisión, cogí una chaqueta y salí. Al cerrar la puerta supe que iría al cementerio. Ella se había llevado el coche así que decidí ir en autobús. En la parada comprobé que había una línea, la 14 A, que paraba cerca. El autobús tardaba. En la parada no había nadie más.
Tuve la sensación de ser invisible, los autobuses pasaban y no paraban. Me fijé en sus números: pasó el 7, el 3 y el 12. Estaba a punto de desistir cuando vi que llegaba otro autobús, esta vez era el 14 A y esta vez sí paró. Se bajó una mujer y entré yo. Me senté justo detrás del conductor en un asiento de ventanilla.
Empecé a pensar en cómo abordarla una vez llegase al cementerio. Pensaba que al verme no le quedaría más remedio que hablarme y podríamos aclarar las cosas. Me sentía bien en el autobús. Había poca gente y no tenía que tomar ninguna decisión. Me sentía libre. Se me ocurrió pensar que el autobús se parecía a un nicho, al menos en su forma. Estaba la cuestión de que el autobús se movía y el nicho no, pero de alguna manera el movimiento del autobús era un movimiento aparente, siempre volvía al mismo sitio, era como si no se moviese. También pensaba en las personas dormidas, en su fragilidad, en su esfuerzo por llevar una vida imposible; juzgué que semejaban ser muertos que se despertaban a cada instante y que volvían a dormir. Me pregunté cuándo eran felices y me respondí que eran felices cuando dormían. Siempre había pensado que estar dormido era estar en un lugar en el que se está verdaderamente solo, y ahora, que iba a un cementerio, pensaba en la muerte como ese lugar definitivo, un lugar inaccesible, en realidad un no-lugar. De repente me sentí cansado, volví a pensar en mi mujer y me asaltó la duda acerca de si realmente ella iba allí, al lugar de los no-lugares; podía haberme mentido o podía ser que esa tarde hubiese cambiado de opinión y hubiese ido a otro sitio o sólo a pasear.
Quise dejar de pensar y me concentré en la ventanilla. Veía el tráfico escaso a esa hora temprana de la tarde y, en algún momento, cuando el autobús transitaba entre las sombras de los edificios, veía también en el reflejo del cristal la mitad de mi cara mirándome. En la parada anterior al cementerio me levanté y me preparé para salir. Conté a las cinco personas que viajaban conmigo. Las vi tranquilas, ensimismadas, dejándose llevar. Sus medios rostros me miraron. El autobús paró y sólo bajé yo. Había que cruzar dos calles para llegar a una escalinata y, por último, atravesar un pequeño parque sombrío cerrado por un muro, en medio del muro estaba la puerta. Me disponía a entrar cuando me di cuenta de que no sabía donde se encontraba exactamente el nicho. Consideré que corría el riesgo de perderme mientras lo buscaba y ella podía irse sin haberme visto. Un poco alejado de la puerta y pegado al muro vi un banco de piedra. Me senté a esperar, si ella estaba allí la vería al salir.
El cementerio parecía vacío. Había un puesto de flores junto a la puerta pero, inexplicablemente, nadie lo atendía. Apoyé la espalda en el muro y me dio la sensación de que un abismo respiraba detrás de mí. Pensé en irme, volver al autobús, volver a casa y ver la televisión; me pregunté si la bailarina habría aprobado los dos exámenes que le quedaban o se habría quedado dormida sin terminar las figuras que había ensayado. Deseé yo mismo estar dormido. El banco de piedra y el muro me daban frío. Entonces vi como ella salía.
Tenía el rostro sereno, luminoso. Vestía una falda gris, medias negras y unos zapatos bajos. Me sorprendió que llevase un libro en la mano. La vi sobria, atractiva y me alegré de que fuera mi mujer. Quise levantarme e ir hacia ella pero de pronto me dio vergüenza. Era como si la estuviese espiando y no me sentía con fuerzas para justificar mi presencia en aquel lugar. Ella no me vio. Subió las escaleras en dirección a la calle y cuando me levanté ya la había cruzado. Pensé que tal vez leyese en silencio ante el nicho, o tal vez en voz alta. Algunas veces a mí también me leía cuentos o poemas. Le gustaba hacerlo y yo me dejaba envolver por su voz. Me senté de nuevo en el banco de piedra. Sentí más cerca de mí el abismo. Me quedé allí con la espalda pegada al muro, solo, invisible.
Ilustración: Nadia Kaabi Linke, Bethlehem Cemetery, 2008

1
No hay enigma. Una tarde fría
una lluvia ciega dura en las espaldas.
Una tarde fría adioses minerales,
exactos, adioses amarillos,
lloran olvido, respiran olvido.
Una tarde fría un azul busca madre.
Hostil sueño de tierra busca madre.
Vale el beneficio de no ser uno mismo,
eliminar los detalles, la soledad que habla,
el límite roto de una sombra.
Una tarde fría
un dolor adrede mendiga un nuestro.
Tú en segunda persona ves la materia,
palpas lo que se muere,
sientes una moneda en la lengua.
Una tarde fría, tú en segunda persona.
Una tarde fría libras el deseo,
la causa de ser a medias,
una vez, dos veces.
A la tercera encuentras una mitad de ti
que no recuerda quién es.
2
Una tarde fría
(y no sé si es un sueño)
veo a mis padres
y a los padres de mis padres
y a los padres de estos y después a más,
a cientos, miles de padres
que a su vez fueron hijos.
(Yo estoy en una playa
y la marea crece)
Una tarde fría
(pero no sé si es un sueño)
el mar viene anegado de brazos y ojos,
brazos violentos, ojos violentos
con la mirada alerta, afilada,
con la mirada que recuerda
ayer, y más ayer.
Una tarde fría
un brazo del mar me envuelve,
me pide que le acompañe,
que sumerja mis dos puños,
que dé mi saliva, mi coraza de piel,
mi atuendo de estar desnudo.
Yo siento su peso triste,
su signo, su ahora,
su espuma de plata hundiendo mis pies.
No quiero ir. Si vienes, promete, tus ojos
serán nuestros ojos.
No quiero ir pero ya no respiro
ni pregunto ni tengo miedo.
Ilustración: Kim Ho-Deuk, Rapids, 2008

Una selección de los poemas de "Textos ocasionales" ha sido publicada en la página Letras de Chile.
Agradezco a la escritora Lilian Elphick la propuesta y la selección.
Muchas gracias, Lilian.Ilustración: K. Poblete (tomada de la página de Lilian Elphick)

Juzga la ciega, la perfecta eternidad, la posible.
Juzga la que ocupa con su siembra el instante,
la que simula, la que huye.
Juzga la ciega, la visible eternidad, la maga,
la que sola la niebla oculta.
Juzga la sombra, seca sombra.
Juzga desnuda, inocente,
la fatiga, el cauce de jaulas,
el futuro que nutre y falta,
el futuro que nutre ávida.
Juzga la hucha leve de causas,
una raíz de miel naciendo mínima.
Juzga y no hay un segundo
en el que acomodar la ira.
Juzga diversa, innumerable,
la libre, la muda eternidad,
la que ya está, la que el testigo culpa.
Ilustración: Patrick Heron, 24 December 1998