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quién no tiene su edad falsificada?
a quién no le falta en su reloj arena?
quién no dice luego
y perdón
y ya olvido?
quién al búfalo no lo corona con un lagarto inmóvil?
quién no ciega al sol
que evidentemente se mueve?
quién no hace trampas a su humo
y señales a su espalda?
quién no detiene su escalera a partes iguales,
una arriba
dos abajo
y apaga su muerte negra o amarilla?
quién no desliza su ciempiés
y rompe el cántaro
y medita?
quién no pone a su verdugo en su frente,
a su lobo en su paz,
a su teólogo en su pie cojo,
en su pie anaranjado?
Ah!
Sólo un hombre que exige piel,
que exige estrellas,
que exige ojos!
Ilustración: Adolph Gottlieb, Signs, 1967
1.
Todo final es un misterio.
2.
Veo un espantapájaros.
Lo veo obstinado en su oficio,
casi inmóvil.
De su espina nace un mirlo dorsal
que huye.
3.
Yo no sería un buen espantapájaros,
conozco mis límites:
no me gusta la nieve
ni sudar sal amarilla,
no sé distinguir los huevos vacíos de los llenos
ni clasificar los fonemas de las lenguas muertas,
no sé dar palos de ciego con certeza
ni alimentar peces con culebras.
4.
Veo un espantapájaros,
le pregunto
qué resta la expresión “restos mortales”?
con qué savia se rompe el azar?
qué sudario elegir para ser sincero?
El mirlo vuelve, no huía.
Me acarician sus alas.
Ilustración: Antony Gormley, Standing Ground III, 2008
1.
Hoy mi tuerto se quedó en mi ojo
vigilando mi única lágrima.
Hoy ya tengo menos carne
y la uña que le crece a mi muerto
es menos arma para mi batalla.
Me acerco en dos a tus dos almas,
aterrado,
empuñando una finísima cuchara.
En tus costuras rompo fugaz una estrella.
Mi gesto se destiñe en tu espuma,
mi ala quema tu hoguera,
mi propia ala.
2.
Digo “es así” y nace un desierto:
primero la cola, luego un punto
y, al fin, la cáscara.
Mi mapa mudo habla por mí.
Flaqueo en la frontera izquierda,
en la oreja derecha
escucho claramente
mi culpa,
mi rueda.
Mi reloj de arena adelanta sus gritos.
Todo mi cuerpo, créeme,
cabe en mi mandíbula.
Ilustración: Jaume Plensa, Lips - Eyes, 2006
Soy incapaz de poner orden en mis vértebras, son imposibles.
Salvo por este detalle mi esqueleto se ve bien.
Pero mis vértebras tienen ideas propias.
Creo que entre ellas luchan.
Sé que sudan.
Una lee, yo soy su libro.
Mi quinta vértebra, la más salvaje, teoriza sobre la naturaleza del arte.
Está seriamente enferma.
A mi riñón llegan sus notas, la última esta:
“entiéndeme, la poesía es una técnica de caza”
Si no fuese por el dolor me daría ternura, pero me da dolor.
También me preocupa la cuarta y sus caprichos.
Se aburre, está flaca, se masturba.
Es una gran masturbadora.
La octava me desvela con su insistencia,
es alegre y asume una empresa titánica:
estar en silencio siempre.
Las demás son místicas, buenas conversadoras.
La más atareada escribe un manual para clasificar la luz de las linternas.
Pero no avanza en su búsqueda de la belleza formal.
Y así estoy yo, viejo, encorvado,
esperando al rifle de la quinta,
su disparo.
Ilustración: Ji Dachun, The Third Woman, 2001
Nadie vive realmente su biografía.
Pregunto,
acaso el ojo del tuerto no vigila?
A su ojo muerto me refiero,
a su ojo espina.
No habla la espalda del mudo?
A su espalda mojada por la lluvia me refiero,
a su espalda piedra.
El pie del tullido
no hace su laberinto de huellas?
Al pie que verdaderamente es pie me refiero,
al pie arena.
Y el semen, el semen que termina,
el semen grito,
no es acaso síntesis de la historia?
No es la ausencia de nuestro pico
el signo que identifica nuestro dolor,
la orfandad de nuestra cola
la señal de un otoño próximo,
nuestras plumas abortadas
la causa de nuestra cólera,
y al fin,
no es el hueco de las branquias en la axila
el motivo más claro de nuestra tristeza?
No hay más documentos.
No,
nadie vive realmente su biografía.
Ilustración: Pat Steir, Silver and Black Square, 2008
Aquel tala el mineral y tuerce el gesto,
aísla su voluntad,
su costumbre en su óvulo
y sale.
Ese se dice círculo,
habla,
hace su costura,
su costumbre en su cuello
y sale.
Este atraviesa con su muerto un olivo,
envuelve su piedra,
su silencio en su bolsillo,
su costumbre en su soga
y sale.
Pero yo que apenas he nacido
tengo ya la sal cumplida,
la mirada de este, de ese, de aquel,
tengo
el grito de todos los óvulos,
el cuello entrante,
la soga precaria.
Ilustración: Jules Olitski, Hot Slash Yellow, 1964
Siempre a la hora de comer mi madre venía a buscarme con una cuchara en la mano. Yo me escondía y mamá fingía no encontrarme y enfadarse, entonces me llamaba pajarito y preguntaba:
Dónde está tu niño, pajarito?
Y yo respondía: miau!
Vamos, vamos, decía, que hoy hay barquillos, galletas, chocolates azules.
Pero dónde están las galletas?
maullaba el gatito.
Las galletas no caben en las cucharas. Una.
Pero dónde están los barquillos?
Los barquillos se los comieron las cucharas
porque el niño no estaba. Dos.
Pero dónde están los chocolates azules?
Los chocolates azules no esperan a los niños que se esconden
y comen pajaritos. Tres.
Así, una, dos, tres,
me daba mamá todas las huellas de su duna.
Pero un día mi gatito se hizo gato
y a mi pájaro se le cayeron las alas.
Aquel día la cuchara dejó de morderme los labios,
fue el primer día que comí mi miedo
solo.
Le envíe este texto a Fernando Valls que lo publicó en su blog "La nave de los locos".
Gracias, Fernando

Ilustración: Richard Gate, Eat Hole in The Sky, 2005
Ayer Ramón Gil nació en mi árbol,
nació clandestino, nació cualquiera.
Nació y cantaron dos coyotes
y abrió mi ojo y me llamó piedra.
Yo armé mis alambres singulares
y corté su soga umbilical
y mordí su hueso transparente.
Ramón Gil, dividido,
escupió su sangre seca
y tiñó de rojo mi sombra roja.
Yo, subido en el imán de su rueda,
perdí para siempre el sueño en sus veces.
Ramón Gil salió de la marea ancha
con su ruina encendida,
con la física contraria a la hidráulica,
con el llanto
en el ojo ojo,
con la lágrima negra.
Ramón Gil:
en esta orilla comienza tu archipiélago.

Ilustración: Andrew Polushkin, Reconstruction of Memory

A mí me da igual hacer agua, la hago. Empecé a hacerla sin querer, un poco porque sí, sin pensarlo mucho,
y luego se hizo costumbre.
Pasó el tiempo y ahora, no sé el motivo, tal vez porque sea viejo, con el agua me salen peces
y eso no gusta.
¿Para qué haces peces si sólo se te pide agua?
Nadie quiere peces y lo entiendo pero no me resigno; es molesto pero no me resigno. El agua la sigo haciendo, eso me da igual, pero no sé qué hacer con los peces.
Ellos me empujan, me pesan, me ahogan.
Estoy pensando en matarlos.
De momento los clasifico por colores, pongo su cabeza en mis dientes y muerdo un poco sus ojos, sólo un poco. No sufren, estoy seguro. Pero algunos me llegan hasta el sueño y se hacen un ovillo en mi lengua y veo con mi lengua sus ojos,
ojos naranjas,
ojos espinas,
ojos algas,
ojos branquias.
Sospecho que muerdo el recuerdo de lo que no eran,
sospecho que yo también soy un pez al que le muerden los ojos un poco, sólo un poco.
Este texto se lo envié a Juan Yanes (microrrelatista y hacedor de cuentos, fotógrafo, profesor y tantas cosas) que lo publicó en su extraordinario blog “Máquina de coser palabras”. Agradezco a Juan la publicación del texto (aquí) y, sobre todo, las palabras que lo acompañan al final, palabras que me dejan a mí sin ellas.
Abrazos, Juan.
Ilustración: Andrew Polushkin, Still life with a fish tree, 2002-2006
1.
Que las dunas se dividan sin resto.
2.
Que la eternidad sirva de algo.
3.
Que las horas vuelvan siempre a su hora.
4.
Que los ombligos no se cierren.
5.
Que en el hueco de los ojos bailen los ojos.
6.
Que la mano toque sus líneas.
7.
Que en el hueco de los ojos
bailen
los
o
     j
         o
             s

Ilustración: Roman Loranc, Tule Fish, 2003