skip to main |
skip to sidebar

En la doble condición de ser alimento y alimentado,
en la doble condición de estar atado
a ras de cielo a tantos metros arañando el suelo,
en la doble condición del debe y el haber,
en la condición de ser del ser humano,
en la condición de tener el pulso clavado,
el pulso querido en el propio ser,
el ser de uno,
el mismo ser intercambiable,
en la condición de llegar, de quedarse, de marchar,
en la condición de ponerse el traje de abrazar
y la ceguera,
ornamentar el cuerpo, trabajar, ladrar,
en la condición de ser del ser humano,
en la doble condición de abrocharse y desabrocharse,
de tener almohadas, cicatrices, sucesivos nacimientos,
cansancios, edades no aprendidas,
en la condición de ser sin huellas,
de ver espejos, hijos,
madres besando las mejillas,
en la condición de hilvanar la materia a la sombra,
prestar la palabra a la boca,
fingir,
prestar la mirada, la mirada de sombra,
viajar hasta dentro,
creer, sufrir, esperar,
en la condición de la deuda,
de la respuesta, del límite,
de las afueras del tiempo, del tiempo,
en la condición de ser del ser humano,
en la condición de negar el orden, las fechas,
el desorden, las palabras que faltan,
en la condición de ser del ser humano.
Ilustración: Katsunori Hamanishi, Combination B, 1979

Dejaste la casa intacta.
Sé que a veces decías palabras como tarde,
como lejos, como nunca.
Decías “es tarde”, decías “iré lejos”,
decías “no volveré nunca”.
En la casa habitan ahora esas palabras.
Raíces que se asoman sin cauce
creando silencios claros.
Mi espalda está de frente.
Dejaste la casa intacta.
Si pudieses volver. Si pudieses.
La casa está sin horas.
Las mismas grietas,
las mismas paredes de tacto frío.
Las mismas palabras acunándose
huérfanas,
cayéndose sin labios.
Dejaste la casa intacta.
Sé que a veces las palabras nombran,
no significan, nombran.
(Un animal astuto las interpreta.
Su propiedad es el instante
en el que miente)
Créeme, el poema no está inacabado.
Ilustración: Kwang Jean Park, 1990.0015, 1990

1. La estatua de Heráclito
Cierro los ojos.
Se eterniza un no en mis ojos.
No hay huellas.
En su acercanza siento lo que de todos queda.
Un hilo que anihila la mirada.
Una herida en el Tiempo.
Una trayectoria sin huellas.
El resto es sueño, residuo en los márgenes.
Sé que después de muerto siguen creciendo las orejas.
Después de muerto,
eternamente, de momento.
2. Huye Parménides
En este desvío después del semen
todo nos niega: el sentido común,
el significado del verbo ser,
el último consejo que nos damos.
Una telaraña de sombras arde en la luz.
Cierro los ojos. Todo es visible.
Veo un hombre, un hombre cualquiera,
tú, yo mismo,
mendigando, multiplicándose,
verdugo de una sombra,
su sombra.

Ilustración:Daniela Benesova, Tension,1929
El niño es niño que quiere las alas con las que vuelan
las serpientes naranjas, las serpientes
suicidas con alas redondas, con alas de menos,
sin manos, sin mamás
que preguntan ¿por qué?
Ellas, las mamás, tienen pies y tienen miedo de los puentes
pero son las que con más mimo hacen su niño y su calceta:
un jersey pequeñito, una chaqueta sin botones,
unos guantes de dos alas.
Pero preguntan, preguntan ¿por qué?
¿Por qué
el niño no merienda su corteza de pan
y su manzana? ¿Por qué
más tarde con las migas
hace gritos, hace puentes entre las palomas,
hace crucigramas de gritos?
El niño crece sin remedio
y cree sin cerrar los ojos.
El niño niño desordena las causas,
terco:
Va a venir el hombre del saco.
Va a venir, ya viene.
El niño tiene muchos silencios,
cada grito es un silencio.
¡Silencio!
Va a venir el niño del saco.
Va a venir, ya viene
a rescatar al niño niño.
¡Zas!
El niño del saco corta las alas,
las corta justamente.
Da su manzana ¿A quién el corazón
de su manzana?

Ilustración: Victor Ekpuk, Child in the Wilderness, 2006
Discutimos. Fue por algo sin importancia pero ella se lo tomó mal y se enfadó. Estábamos en la cocina y la comida ya estaba servida. No me miraba. No hablaba. Comía con desgana, en realidad parecía triste. Terminamos de comer. Ella se levantó y se fue. Recogí los platos y los puse en el lavavajillas. Permanecí en la cocina. Pensé que era lo mejor, ella necesitaba tiempo y yo también. No sabía cuánto tiempo. Al fin fui al salón. Estaba ella. Había puesto la televisión. Me quedé de pie con la esperanza de que me hablase pero no lo hacía. Me senté en el sillón dejando un espacio entre los dos.
En la televisión emitían un reportaje. Se veía a un hombre y a una mujer en un coche. Ella conducía, él dormía. Pararon en un supermercado. La mujer salió y el hombre siguió durmiendo. Las siguientes imágenes eran de una adolescente que se preparaba para un examen de ballet. Terminó el ensayo y se desplomó. La recogieron del suelo, se despertó y, al instante, volvió a caer profundamente dormida. El reportaje siguió con una mujer que vivía en una granja. Cenaba con su marido y una invitada, quizá una vecina o un familiar. Hablaban. El marido le preguntó algo a la mujer. Ella inició una respuesta y al hacerlo se le cerraron los ojos y su cara fue cayendo hasta el límite del plato lleno de comida. La invitada la miraba de reojo y se reía con una risa nerviosa, ahogada entre las manos. El hombre decía que a veces se sentía frustrado porque su mujer no podía apreciar la cena que él cocinaba. Gritó su nombre. Ella levantó la cara de la comida, cogió el tenedor, se lo llevó a la boca y, justo ahí, volvió a dormirse y su cara cayó de nuevo sobre el plato. La invitada se rió abiertamente. Una carcajada. El marido también lo hizo y yo no lo pude evitar. Mi mujer se levantó y yo dije: "Perdón, perdón" todavía riendo.
Me miró pero no supe interpretar su mirada. Le pregunté: “¿Quieres que te acompañe?”. No me dijo nada y salió. Continué viendo el reportaje. Ahora el hombre que antes se había quedado durmiendo en el aparcamiento del supermercado estaba en su trabajo en un taller mecánico y quien hablaba era su jefe. No presté atención a sus palabras. La siguiente en hablar fue la mujer del hombre, decía que él era muy irritable y que todo se debía a su enfermedad. También decía que nunca en su vida él había podido terminar de leer cualquier página de un libro. El reportaje saltó al examen de ballet. Entonces oí la puerta de casa cerrarse.
No me importó. Miento, sí me importó. Antes de enfadarse o quizá mientras se enfadaba me había dicho que por la tarde iría al cementerio. Iba una vez al mes desde la muerte de su madre hacía ya dos años. A mí me resultaba extraño pero lo respetaba. Al principio yo iba con ella. Fui dos o tres veces y luego dejé de ir. Recuerdo que ponía flores en el cenicero y se quedaba muy quieta y callada mirando la lápida. Ninguno de los dos era creyente, al menos yo no lo era. Pensaba en esto cuando la chica del ballet se caía dormida por tercera vez después del primer examen que, al parecer, le había salido bien.
Sin meditarlo mucho apagué la televisión, cogí una chaqueta y salí. Al cerrar la puerta supe que iría al cementerio. Ella se había llevado el coche así que decidí ir en autobús. En la parada comprobé que había una línea, la 14 A, que paraba cerca. El autobús tardaba. En la parada no había nadie más.
Tuve la sensación de ser invisible. Los autobuses pasaban y no paraban. Me fijé en sus números: pasó el 7, el 3 y el 12. Estaba a punto de desistir cuando vi que llegaba otro autobús. Era el 14 A. Paró. Se bajó una mujer y entré yo. Me senté detrás del conductor en un asiento de ventanilla.
Empecé a pensar en cómo abordarla una vez llegase al cementerio. Probé unas cuantas palabras y no me convenció ninguna. Lo dejé pasar. Estaba seguro que al verme ella me hablaría y podríamos aclarar las cosas. Me concentré en la ventanilla. Veía el tráfico escaso a esa hora temprana de la tarde y, cuando el autobús transitaba entre las sombras de los edificios, veía también en el reflejo del cristal la mitad de mi cara mirándome. Se me ocurrió comparar al autobús con un nicho y al hacerlo me acordé de las personas dormidas. Me acordé de la risa que provocaba su esfuerzo por llevar una vida imposible. Siempre había creído que estar dormido era estar en un lugar en el que se está verdaderamente solo. Duermen porque quieren estar solos, pensé, igual que si estuviesen muertos. El reflejo del cristal me miró y me sentí muy cansado. Cerré los ojos. Volví a pensar en mi mujer y me asaltó la duda acerca de si realmente había ido al cementerio. Podía haberme mentido o podía ser que esa tarde hubiese cambiado de opinión y hubiese ido a otro sitio o sólo a pasear.
El autobús estaba llegando. Me levanté y me preparé para salir. Conté a las personas que viajaban conmigo. Cinco. Las vi tranquilas, ensimismadas, dejándose llevar. Sus medios rostros me miraron. El autobús paró y sólo bajé yo.
Había que cruzar dos calles para llegar a la escalinata del cementerio y, por último, atravesar un pequeño parque sombrío cerrado por un muro. En medio del muro estaba la puerta. Me disponía a entrar cuando me di cuenta de que no sabía donde se encontraba exactamente el nicho. Consideré que corría el riesgo de perderme mientras lo buscaba. Un poco alejado de la puerta y pegado al muro vi un banco de piedra. Me senté a esperar. Si ella estaba allí la vería al salir.
El cementerio parecía vacío. Había un puesto de flores junto a la puerta pero, inexplicablemente, nadie lo atendía. Apoyé la espalda en el muro y me dio la sensación de que un abismo respiraba detrás de mí. Pensé en irme, volver al autobús, volver a casa y ver la televisión. Me pregunté si la bailarina habría aprobado los dos exámenes que le quedaban o se habría quedado dormida sin terminar las figuras que había ensayado. El banco de piedra y el muro me daban frío. Entonces la vi salir.
Tenía el rostro sereno, luminoso. Vestía una falda gris, medias negras y unos zapatos bajos. Me sorprendió que llevase un libro en la mano. La encontré atractiva y me alegré de que fuera mi mujer. Quise levantarme e ir hacia ella pero de pronto me dio vergüenza. Era como si la estuviese espiando y no me sentía con fuerzas para justificar mi presencia en aquel lugar. Ella no me vio. Subió las escaleras en dirección a la calle y cuando me levanté ya la había cruzado. Pensé que tal vez leyese en silencio ante el nicho o tal vez en voz alta. Algunas veces a mí también me leía cuentos y poemas. Le gustaba hacerlo y yo me dejaba envolver por su voz. Me senté de nuevo en el banco de piedra. Sentí más cerca de mí el abismo. Me quedé allí con la espalda pegada al muro, solo, invisible.
Ilustración: Nadia Kaabi Linke, Bethlehem Cemetery, 2008

1
No hay enigma. Una tarde fría
una lluvia ciega dura en las espaldas.
Una tarde fría adioses minerales,
exactos, adioses amarillos,
lloran olvido, respiran olvido.
Una tarde fría un azul busca madre.
Hostil sueño de tierra busca madre.
Vale el beneficio de no ser uno mismo,
eliminar los detalles, la soledad que habla,
el límite roto de una sombra.
Una tarde fría
un dolor adrede mendiga un nuestro.
Tú en segunda persona ves la materia,
palpas lo que se muere,
sientes una moneda en la lengua.
Una tarde fría, tú en segunda persona.
Una tarde fría libras el deseo,
la causa de ser a medias,
una vez, dos veces.
A la tercera encuentras una mitad de ti
que no recuerda quién es.
2
Una tarde fría
(y no sé si es un sueño)
veo a mis padres
y a los padres de mis padres
y a los padres de estos y después a más,
a cientos, miles de padres
que a su vez fueron hijos.
(Yo estoy en una playa
y la marea crece)
Una tarde fría
(pero no sé si es un sueño)
el mar viene anegado de brazos y ojos,
brazos violentos, ojos violentos
con la mirada alerta, afilada,
con la mirada que recuerda
ayer, y más ayer.
Una tarde fría
un brazo del mar me envuelve,
me pide que le acompañe,
que sumerja mis dos puños,
que dé mi saliva, mi coraza de piel,
mi atuendo de estar desnudo.
Yo siento su peso triste,
su signo, su ahora,
su espuma de plata hundiendo mis pies.
No quiero ir. Si vienes, promete, tus ojos
serán nuestros ojos.
No quiero ir pero ya no respiro
ni pregunto ni tengo miedo.
Ilustración: Kim Ho-Deuk, Rapids, 2008

Una selección de los poemas de "Textos ocasionales" ha sido publicada en la página Letras de Chile.
Agradezco a la escritora Lilian Elphick la propuesta y la selección.
Muchas gracias, Lilian.Ilustración: K. Poblete (tomada de la página de Lilian Elphick)

Juzga la ciega, la perfecta eternidad, la posible.
Juzga la que ocupa con su siembra el instante,
la que simula, la que huye.
Juzga la ciega, la visible eternidad, la maga,
la que sola la niebla oculta.
Juzga la sombra, seca sombra.
Juzga desnuda, inocente,
la fatiga, el cauce de jaulas,
el futuro que nutre y falta,
el futuro que nutre ávida.
Juzga la hucha leve de causas,
una raíz de miel naciendo mínima.
Juzga y no hay un segundo
en el que acomodar la ira.
Juzga diversa, innumerable,
la libre, la muda eternidad,
la que ya está, la que el testigo culpa.
Ilustración: Patrick Heron, 24 December 1998
Elisa Lázaro mira a través de la ventana de su oficina un manto de nubes. Terminó el trabajo y ahora espera que llegue la hora de salir. Espera y mira a través de la ventana. Las nubes no le sugieren nada, son manchas grises, casi negras, "nubes muertas" piensa Elisa. No quiere recordar pero recuerda los días en los que el cielo traía formas vivas: una viejecita desdentada con sombrero, decía su hijo; ahora un violín, mira, mira mamá, mira como suena. “¿Qué te pasa?”, le preguntan. “Fue una lágrima”, piensa y no responde. Le duele la cabeza. Desea estar en casa y descansar.
La hora llega, recoge las cosas y se pone su abrigo de paño verde. En la calle no hace frío pero el abrigo lo soporta bien. Camina despacio. Se para en un semáforo, una mujer se le acerca y le pide una limosna. “Sea buena”, dice la mujer con la mano extendida, una mano sucia con surcos muy profundos. Esa mano parece herir a Elisa que quiere huir pero no puede; se queda muy quieta y la mano le roza el brazo. Cree entonces que la mano tiene vida propia y se atreve a mirar a la mujer porque no es ella la que habla, es la mano que dice incansable “Sea buena” tocando su brazo. Elisa ve una cara con la piel gastada y con dos cicatrices, una debajo del labio en forma de uve y otra en la mejilla derecha que va desde el nacimiento de la oreja a la comisura del labio. Ve también los ojos de la mujer que la miran, unos ojos pequeños de color miel con un mechón de pelo negro y lacio cayendo sobre ellos. Elisa busca una palabra que encuentra y no dice.
Al llegar a casa se descalza y se acuesta en la cama. “¿A quién iba a hacer yo daño?”, se pregunta. El dolor no le pasa y decide tomar una pastilla. Coge una revista y lee unas frases de un reportaje sobre viajes. La pastilla, amarga, se disuelve en su boca. Se detiene en las fotografías, le llama la atención una vista aérea de una isla tropical sobre una leyenda que dice: “Más fácil que imaginarlo. Ven”. Es una playa blanca, el mar es azul turquesa y se confunde con el cielo. Elisa escribe “¿Aquí?” en el cielo de la isla. Deja la revista, aprieta el dedo índice sobre la sien y se queda dormida.
Despierta de repente abandonando la deriva profunda de un sueño que no recuerda. Sin saber todavía quién es ni dónde está se abraza a la almohada. Al fin se levanta, va al baño y se ve en el espejo. No tiene hambre pero necesita salir. Se cambia de ropa: elige un traje de chaqueta morado, se pone unas botas negras, se arregla el pelo y se pinta los labios de un rosa pálido. Coge un bolso también negro y en él guarda la revista.
La tarde es húmeda y Elisa siente el frío y la amenaza de la lluvia. Se arrepiente de haber elegido el traje morado. Ve una pastelería y entra. Hay una hilera de mesas y todas están vacías. Va a la mesa del fondo. La dependienta la atiende enseguida. Pide un chocolate caliente, un vaso de agua y una milhoja de crema. Varias personas entran y compran. Nadie se sienta a tomar algo. Saca la revista y la deja encima de la mesa. Le sirven el chocolate en una taza grande de porcelana amarilla, está espeso y muy caliente; la milhoja viene espolvoreada con canela y con un adorno de caramelo líquido. A Elisa le agrada está forma de presentar el pastel.
Pasa las páginas de la revista hasta llegar al reportaje sobre los viajes. Cuando alza los ojos ve que un hombre y un niño se han sentado en la primera mesa. Los mira fijamente unos segundos y calcula que su hijo tendría la edad de éste. Se obliga a volver a la revista. Empieza a leer susurrando para escuchar su propia voz y alejar los recuerdos. Lee: “San Petersburgo es un lugar ideal para los amantes del ballet y la ópera. Existe la posibilidad de ir a uno de los teatros más famosos del mundo, el Teatro Marrinsky, antes llamado Kirov...”. Piensa en San Petersburgo y en que le gustaría, en una noche de invierno, ir a la representación del ballet. Aunque sabe que no sucederá se lo imagina con todas sus fuerzas, repite varias veces el nombre “Marrinsky” arrastrando las erres, lo dice con una voz tan alta que ella misma se da cuenta y se asusta. "Debería irme" piensa. El hombre y el niño siguen sentados dándole la espalda. La dependienta les ha servido dos tazas amarillas iguales a la suya. El hombre es grande, tiene algunas canas y está bien peinado, lleva una gabardina beis y unos zapatos de piel; el niño viste una sudadera azul muy gastada con el número 43 bordado en blano. Tiene el pelo revuelto. Se ha descalzado y está sentado sobre una de sus piernas mientras balancea la otra rozando con el pie descalzo unas zapatillas de tela fina, muy sucias y deshilachadas. Elisa observa las zapatillas. Piensa que algo no está bien. Le asalta la idea de que la muerte de ese niño es inminente.
El hombre alza el brazo y pasa la mano por la cabeza del niño, agitándola levemente en un gesto cariñoso. El niño se ríe pero a ella le parece una risa forzada. Él ha dejado caer el brazo sobre el hombro del niño. La dependienta sale del mostrador y les lleva una bandeja de pasteles. Les dice algo que ella no puede oír. Le extraña que se dirija al niño que permanece agarrado por el brazo del hombre. “También sospecha”, piensa Elisa y al pensarlo todo se desvanece.
La golpea el dolor. Miles de alfileres se le clavan en el cerebro y caen atravesándolo. Cierra los párpados y con una mano presiona la mesa. Cada alfiler que cae es un pinchazo profundo de luz. En esos momentos el tiempo se detiene. El último alfiler le alcanza los ojos y cuando los abre no ve más que una oscuridad distinta, blanca. Apenas puede respirar. Ve la sombra de la dependienta que está detrás del mostrador, las sombras de ellos también siguen ahí. “Haz algo”, desea. “No son padre e hijo, no pueden serlo”, piensa las palabras como si se las estuviera diciendo a la dependienta y ella pudiera escucharlas. Ve los cuerpos igual que cenizas encendidas. Tiene miedo y quiere llorar. Las luces blancas se van apagando y el espacio vuelve a recuperar sus formas. Entonces la atraviesa un pensamiento que le causa vergüenza: “Es una buena acción. Se lo ha encontrado desvalido y lo ha invitado, eso es todo”. Le arden las mejillas.
El hombre y el niño se levantan, el hombre es más grande de lo que imaginó en un principio. Se despiden de la dependienta y van hacia la puerta. En ese momento el niño se gira y la mira directamente. Tiene los ojos brillantes, los labios manchados de chocolate. Ella también lo mira, examina su pequeña cara y cree entender su mirada. En la mente de Elisa se agolpan imágenes del niño gritando sin voz. Son imágenes nítidas y precisas que la paralizan. El hombre toca suavemente el brazo del niño y le dice: “Vamos”. Los dos salen y se pierden en la calle. Elisa permanece inmóvil. Dirige la vista al lugar que ocupaban y ve que las zapatillas siguen allí, debajo de la mesa.
"Va descalzo. El niño va descalzo", dice. La camarera la mira y se acerca. "El niño que estaba ahí", y señala la mesa, "va descalzo ¿Cómo es posible? ¿Cómo es posible? ¿No las ve, allí, las zapatillas?". Se intenta levantar apoyándose en la mesa, y al hacerlo le falla la mano y desplaza la revista que cae al suelo abierta por la página en la que sobre un cielo sin nubes está escrito "¿Aquí?".
Ilustración: Carolyn Cole, Blue 70912