Mostrando entradas con la etiqueta Diario. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Diario. Mostrar todas las entradas

Lasciate ogni speranza voi ch'entrate

0 comments




Hablábamos acerca del miedo.
Yo sostenía que el miedo más puro
es el desconocimiento de nuestros deseos.

Dije: el verdadero miedo es no saber lo que se desea.
Creo que nadie lo sabe,
nadie.

Entonces
alguien propuso escribir un deseo,
uno solo.
Yo pensé que era un ejercicio estúpido
e inútil.

Pero no sé por qué recordé el invierno
y a mi padre enfermo
y escribí:

“abandonar toda esperanza”

y leí mi nota:
abandonar toda esperanza

y añadí:
ese es mi miedo realmente.







Ilustración: Fotograma de Tale of Tales, Yuri Norstein, 1979

Un espejo en el jardín

3 comments

Era muy pequeña y mi hija ya sabía el nombre de los árboles y las flores. Jugaba conmigo a cuidar el jardín. Ahora tiene 10 años y le gusta escribir pequeños poemas donde aparecen camelias y buganvillas, donde los limoneros son rojos y hay tilos enanos y tulipanes y narcisos. Hoy me dijo que ha empezado un cuento y que lo ha titulado El mundo paralelo. Me leyó un poco y me sentí intranquilo. En su historia una niña, Wendy, vive en un mundo paralelo que se comunica con éste a través de un túnel hecho al pie del camelio que crece en medio de nuestras azaleas. “¿Y qué sucede en el mundo paralelo?”, le pregunté. “En el mundo paralelo todo es igual que aquí... salvo que sus habitantes no tienen ombligo”, me dijo dudando. No hice más preguntas. Volvió a concentrarse, muy seria, mirando al teclado como si allí, entre las teclas, estuviese atrapada la historia.

Hace tiempo yo también elaboraba cuentos. Fue antes de que ella naciera y de que a mí me comenzasen a visitar más silencios que palabras. Recuerdo haber imaginado un argumento para un relato que no llegué a escribir y que iba a llamar La Antitierra, un título que debía al artificio pitagórico de incluir entre los planetas a uno invisible, de modo que coincidiese su número con el de las musas. Pensaba contar las aventuras de una expedición a la simétrica Antitierra que imaginaba como un mundo en el que se repetían los rostros, los gestos, los sucesos del nuestro. Imaginaba también que en la Antitierra era imposible la memoria y que cada día, aquellos antípodas, lo vivían como nuevo. Abandoné este argumento porque no fui capaz de solucionar un problema en la trama: un viaje a un planeta espejo necesariamente implicaría que los reflejos también viajasen.

Pensando en el cuento de mi hija y en la incógnita del mío salí al jardín. Los agapantos ya crecidos lucían sus cuellos azules y parecían, como siempre, vigilantes. Comprobé que en las puntas de las ramas de la higuera empezaban a brotar las brevas. Acaricié las flores del rododendro y proclamé a las buganvillas ganadoras en su competición con el rosal. Inevitablemente me acercaba a la zona donde el camelio, acompañado de las azaleas, reinaba tranquilo. No había ningún túnel, claro, ¿cómo iba a haberlo? Decidí entonces recoger los caracoles de las ramas de las hortensias y, más sereno y con mucho más cuidado, de las hojas de los agapantos.

Entré en casa, en la cocina mi hija se disponía a comer un trozo de pastel de manzana. Me dijo que ya había escrito el primer capítulo de su cuento. Se titulaba El ombligo de Wendy. “A Wendy le nació un ombligo”, me explicó. Y continuó: “Ahora es igual que yo”. En ese instante sonó el teléfono.

Descolgué el auricular. Al otro lado no se oía nada. Había un silencio mineral, un eco en el que podía reconocer mi propio silencio escuchándome.

–Soy yo –dijo una voz al fin.

Decir que nunca había oído aquella voz no sería verdad. Si dijese que se parecía a mi voz también mentiría. En realidad, creo saber ahora, era como si yo mismo estuviese hablando. Me causó una profunda sensación de desagrado.

–¿Quién?
–Yo. Tú... –balbuceó la voz
–¿Por quién pregunta? –dije venciendo mi rechazo

No obtuve respuesta; se escuchaba un sonido metálico que parecía ahogar la voz. Mi memoria aquí es resbaladiza: no sé el tiempo que pasó; las cosas se desdibujaban a mi alrededor, sus perfiles se convertían en trazos líquidos. Tampoco sé como conseguí recuperarme y hablar.

–Sí, oiga. ¿Me oye? ¿Quién es? –repetí
–Yo. Soy yo. Pregunto... por usted... por mí. Ramón Gil. ¿Es usted, Ramón Gil?
–¿Qué? Sí. Yo soy Ramón Gil. ¿Quién es usted?
–Yo soy Ramón Gil –me respondieron
–Como broma ya está bien.

Colgué. Estaba cansado y triste, atrapado por un tristeza lenta y pegajosa que nunca había sentido. Volví a la cocina, la tarta de manzana estaba intacta. Se repitió la llamada. Dejé sonar el teléfono, una, dos, tres veces. Descolgué y de nuevo me envolvió un silencio espeso, como si todos los sonidos los hubiese mordido una boca única. Colgué. Me dije: “Debes tranquilizarte”. A la tercera ocasión que el teléfono sonó pensé estar preparado. Después del silencio oí una respiración precipitada.

–Es muy importante. No debe colgar, por favor, no cuelgue... –dijo la misma voz.
–¿Quién es usted y qué quiere? –dije mostrando todo el aplomo del que era capaz.
–Yo, yo... quiero hablar sobre mi hija... sobre Wendy.
–¿Qué? –elevé mucho la voz. Temblaba y apenas podía respirar.

Quizá la conversación no tuviese lugar, no lo sé. Quizá fui yo el que creé este delirio. El problema está en que no estoy seguro de saber quién soy. Sé que al salir al jardín, después de vencer la asfixia, vi las flores y los árboles y desconocía sus nombres. Sé que alguna vez quise escribir un cuento en el que unos viajeros quedaban cautivos en un mundo en el que no había recuerdos. Sé que escribo ahora y que tal vez mañana vuelva a escribir lo mismo o nada. Quizá mañana sea hoy. Sé que el olvido es dulce y perfecto. Estoy en medio de unas flores amarillas que bordean un árbol solitario. Espero algo, no sé. Alguna vez, en otro cuento, imaginé que tenía una hija y mi hija escribía cuentos y poemas. Pero no estoy seguro. Hay un amarillo que lo invade todo y yo lo veo, en silencio.


Safe Creative #0909284603153


Ilustración: Ales Knotek, Monon Me Hydor, 2006

Análisis de un cuento (negro sobre blanco)

8 comments


El argumento del cuento es sencillo: un asesino profesional está esperando un ascensor para, en la planta 12, cumplir un encargo. Abre la puerta de la máquina y antes de marcar el número alguien entra en el edificio y le dice: “Espere, por favor”. Es la víctima. Ambos están ahora en el ascensor. El asesino, que tiene el mandato de realizar el trabajo en el despacho de la víctima, ha resuelto ir al piso 10 y subir las dos plantas que faltan a pie. En la planta 7 el ascensor se para.

El asesino dirá llamarse Verislav Ruklfo aunque sospechamos que éste no es su verdadero nombre. El otro, la víctima, no tiene nombre. Aparece siempre como “el hombre” o “el tipo del lunar” en alusión a un lunar en forma de uva que tiene en la mejilla (a Verislav le han proporcionado una serie de fotografías del hombre). No tenemos una descripción de Verislav; sabemos que lleva una pistola -una beretta M92 con silenciador-, y que en la caja del ascensor y a solas con la víctima valora las distintas posibilidades que el azar le ha proporcionado. Hay sí detalles sobre el modo en el que pretende o pretendía resolver su obra, y podemos conjeturar que es un hombre experimentado, acostumbrado a los lances de su empresa, suficientemente hábil para improvisar pero siempre atento y vigilante a ajustarse a un plan trazado de antemano (Verislav juzga, mientras están subiendo, que no puede ejecutar al hombre allí mismo, no sólo porque nunca ha disparado en un ascensor, sino porque de hacerlo así violentaría el diseño de su encargo).


Tampoco aparece en el cuento ninguna indicación acerca de los motivos del crimen. Pero hay dos notas que apuntan a un ajuste de cuentas o a una venganza: entre las instrucciones que relata Verislav al principio del cuento está la de fingir el robo de un expediente o un cuaderno (“el hombre se queda siempre hasta las ocho, entras y haces el trabajo, después desordena los archivadores, las mesas, déjalo todo bien revuelto como si hubieses buscado algo”), y en la conversación que refiere con el “tipo del lunar” unas palabras que éste le dirige: “Me parece comprender quien eres”.

Es fácil observar como Verislav Ruklfo transita de la sorpresa inicial (“el hombre no tenía que estar aquí. No. Tenía que estar en su despacho trabajando en algo o no haciendo nada, esperando, da igual”) a una no disimulada sensación de peligro: en el momento en el que el ascensor se para su intención es desenfundar el arma y disparar.

Cautivos en la urna metálica la actitud de Verislav contrasta con la inocente e infeliz reacción del hombre del lunar: es él el que toma la iniciativa, el que aconseja que no deben de preocuparse, que la luz volverá en seguida, el que busca algo en sus bolsillos y sonríe y parece acariciarse el lunar para soportar la tristeza muda del encierro. Verislav mientras no puede dejar de preguntarse porqué el hombre está fuera de lugar. Piensa interrogarlo antes de matarlo y su única preocupación es resolver esa duda: “¿Por qué no estás donde tenías que estar?”. En el curso de estos pensamientos Verislav no deja de tener la mano en el costado, palpando la beretta. Cuando el hombre pulsa el timbre de la alarma se sorprende de no oír nada: “La última vez tampoco sonó y nadie vino pero la luz volvió en seguida. Usted no se preocupe”.

El tiempo se alarga y vemos a los dos hombres apenas iluminados por las sombras rojas de la luz de emergencia. El hombre se ha sentado en una esquina e intenta entablar una mínima conversación con su asesino. Verislav apenas habla y se limita a contestar con monosílabos. El hombre le dice: “Alguna vez imagine un laberinto de una sola estancia”. Verislav no responde. ¿En qué piensa Verislav? El autor del cuento sugiere que su mente está ocupada recordando otros ejercicios en los que su obra se vio obstaculizada y sobre todo aquella vez en la que la víctima le era cercana. Ahora Verislav repite para sí unas palabras del tipo del lunar: “no se preocupe, no se preocupe”. En esa repetición monótona acertamos a descubrir un cierto desagrado y un asomo de rechazo y frío odio.

Tal vez es esa actitud de Verislav, su pertinaz silencio, su manera de mirar, la que hace que el hombre pronuncié estas enigmáticas palabras: “Usted no lo sabe, pero yo ya estoy muerto”. Es la confirmación de la sospecha de que se está enfrentando a su propia muerte mirándole desde los ojos de Verislav. En el cuento el hombre cita entonces unos versos del poema Inventario de Ramón Gil, para Rulkfo totalmente desconocidos:

Consideremos un crimen auténtico. Sus elementos:
el deseo, el cansancio, el que piensa:
“la distancia que me separa de casa”.
El que piensa: “la distancia que yo solo recorro hasta mi casa”.
Sus preguntas. Su sombra que crece, su codicia.


El cierre del cuento es ambiguo. Quizá el hombre verdaderamente estuviese ya muerto o supiese inevitable su muerte, o, es probable, fuese él el dueño del plan que dirige a Verislav. El poema citado también contiene este verso: “Aquel crimen es un destino, un suicidio cumplido”. Cuando vuelve la luz Verislav dispara un solo tiro. La sangre fluye de manera suave y pronto el tipo del lunar es uno con su laberinto. El ascensor llega a la planta 10 y después a la 12. Al salir del edificio Verislav Ruklfo lleva en sus manos un cuaderno de notas recogido de un despacho ya desordenado. En el cuaderno previsiblemente leeremos un cuento y un poema.


Safe Creative #0909284603214


Ilustración: Petr Beranek, Echoes, 2005

La suerte de Olegario

0 comments


Cuando la madre de mi mujer sueña con un sapo colorado sabemos que alguna desgracia va a suceder. Puede ser, por ejemplo, una pérdida nimia como cuando se extravió un cascanueces que a todos nos gustaba aunque no lo utilizásemos porque nunca comemos nueces. Puede ser un accidente como cuando Edelmiro se despeñó en una excursión. O puede, y esto es lo que más nos asusta, ser una verdadera adversidad como cuando el agua se volvió amarilla a causa, luego lo supimos, de un pesticida que la envenenaba.

Hay una matemática oculta entre el sueño y la realidad, y no sabemos porque en las cuentas de Amadora -así se llama ella- una cifra anticipa a la otra. Para entendernos entre nosotros le hemos puesto nombre al colorado: le llamamos Olegario que era el nombre de mi suegro. Cada mañana le preguntamos: “¿Ha visto esta noche a Olegario?” y si responde que no hacemos nuestra vida con la seguridad de haber evitado una fatalidad. Mi mujer piensa constantemente en Olegario: “Y mira que si se le esconde en el sueño, que mamá esta ya muy mayor y a lo mejor no lo reconoce”, dice temerosa. Las pocas veces que viajamos lo hacemos con Amadora para, de esta manera, tener cerca su oráculo. Realmente no hacemos nada sin rastrear su sueño. Mi mujer vigila también sus siestas y las pequeñas pausas en las que mi suegra parece dormir despierta.

Hoy nacieron los gemelos. Fue, como siempre, un momento mágico. Salieron casi juntos, uno negro, muy negro, y otro con la piel dorada y rojiza. Al verlo, mi suegra exclamó: “¡Olegario, mi amor! y, ahí, al instante, se murió Amadora mientras su boca dibujaba una sonrisa pacífica. Vimos entonces el agua amarilla. Llegaba a borbotones una bilis ocre quemándonos, abrasándonos, rodeando la charca. Nos fuimos a saltos. Olegario nos miraba inocente acurrucado junto a Amadora pero no tuvimos valor para volver atrás.

Safe Creative #0909284603160



Ilustración: Andy Warhol "II.294: Pine Barrens Tree Frog", 1983

Sine díe

0 comments


Alguien dijo que había oído que en Plaza Minerva, esta misma tarde, comenzaría el fin del mundo. “Será un anuncio de unas rebajas o de una película de catástrofes”, pensé y volví a mis asuntos. Desde luego no era nada nuevo: el fin del mundo ya comenzó justo cuando el mundo empezó. Pero, poco a poco, me fue entrando una cierta curiosidad por saber lo que pasaría en Plaza Minerva. El rumor, tal y como llegó a mí, no precisaba ningún otro dato temporal, el “fin del mundo” tanto podía ser a las cinco como a las ocho. “Bueno, es igual, me voy allá con un libro y espero un rato”, me animé. Llegué a la plaza a las cinco y diez y no había nada especial, estuve merodeando por ahí hasta que encontré un buen sitio en la Cafetería Minerva. Desde la cafetería podía ver una panorámica de la plaza; amenazaba lluvia, pero ninguna de las dos amenazas había alterado el tráfico normal de las gentes de un jueves por la tarde. Pedí un café con leche, dejé el libro en la mesa y cogí un periódico. En la sección local me fijé inmediatamente en un pequeño anuncio: «Hoy a las seis de la tarde. Fin del Mundo en la Plaza Minerva. Acude.». “Así que era eso, una estrategia de la poesía de nuestro tiempo, la publicidad”, me dije. Aunque más bien parecía la llamada de una religión que comienza; sea como fuere, en ese momento, perdí totalmente el interés por ese “fin del mundo”. Reconozco que me intranquilizaba la palabra final, el imperativo «Acude». “Yo pondría «Huye»”, corregí mentalmente al poeta o filósofo publicitario, “aunque llegado el fin del mundo no habría «adónde». No, sería más apropiado «Reza» o «Disfruta» o «Despídete»”, me corregí a mí mismo. No podía dejar de fantasear con el mensaje mientras, a la vez, veía como la gente paseaba despreocupada ante la posibilidad de una lluvia cada vez más cercana, y totalmente ajena al apocalipsis. La tarde se había ido a un gris oscuro y tímidamente empezaban a caer las primeras gotas. O sea que no iba a haber “fin del mundo” pero sí, quizá, diluvio.

Había dejado de observar la plaza y terminado una lectura pausada del diario, cuando miré la hora: las seis y veinte. “Bien, fin del mundo clausurado”, me dije. Al salir vi a unos malabaristas con unas mazas y a un hombre en un monociclo. Un mimo se me acercó y me dio un folleto de colores muy vivos: «Agencia de Viajes Minerva. Sorteo de un viaje al Fin del Mundo». Ante mi sorpresa señaló una pequeña carpa, más parecía un tenderete, que habían montado al lado de la fuente donde una estatua de la diosa que da nombre a la plaza, vigilaba desde siempre la vida de la ciudad. Según me acercaba pude ver a más miembros del improvisado pasacalles publicitario, y en el centro de la carpa, una urna sobre una mesa en la que algunos iban depositando un exiguo formulario. Casi por lástima acepté cubrir los pocos datos que solicitaban y, aunque mentí en edad y aficiones, dejé mi nombre y una dirección de correo donde contactarme. Ni siquiera pregunté por el lugar del mundo elegido como destino del viaje. La lluvia empezaba a empapar la tela del toldo y a decolorar los maquillajes de los disfrazados anunciantes. Me fui con una prisa cierta alejándome del artificio que ya estaban desmantelando. “No les duró mucho”, pensé. La lluvia hacía huir a la gente en busca de refugio y pronto, era evidente, no habría nadie en la plaza.

Dejé atrás la cortina de agua que sí semejaba un diluvio, y alcancé la marquesina de la parada del autobús donde me quedé esperando para llegar a casa a salvo aunque no seco. El agua apretaba y hasta las espaldas llovían, la humedad y las tinieblas parecían haber venido para quedarse. Realmente llovía como nunca con una lluvia crecida en el océano que gritaba sin pausa. En la parada del autobús dos mujeres, también refugiadas en la marquesina, hablaban de modo confuso. Yo miré la hora: el reloj marcaba las cinco y diez. Me quedé atónito. Le pregunté la hora a las mujeres: “Son las cinco y diez”, me dijo una mirándome despacio. Y continuó: “He oído que esta tarde en la plaza Minerva es lo del Fin del Mundo”.

Safe Creative #0909284603269

Ilustración: Kwang Jean Park, "2005.18", 2005

Pandora bebiendo absenta

2 comments


En todos los años que viví en Salamanca, un día al año, llovía tierra. Nunca más he vuelto a ver que la tierra saliese a llover en primavera. Coincidía con los primeros días de calor y con los primeros cursos de español para extranjeros. Uno de esos días en los que yo iba borracho de tierra, conocí a Pandora. Venía de Hungría y acababa de visitar el valle del Jerte en el que los cerezos en abril ganaban sus alas blancas.

—La vida se envuelve en Abril —dijo en un castellano seguro.

Estaba en la Plaza Mayor, descalza, bebiendo absenta de una pequeña botella verde. Yo, que ya había probado el ajenjo y había tenido un dolor sobrenatural al día siguiente, rechacé su invitación.

—Puedes beber hasta tres tragos si lo único que quieres es elegir tus sueños —insistió.

Supongo que me pasé de tragos y la tarde, entonces, dejó de existir para mí. No sé como llegué a mi casa, un piso compartido en la calle de Papín, en el Barrio del Oeste, donde desperté extrañamente sano pero sin ningún recuerdo.

Algunos días después la volví a ver esperando en la escalinata del Palacio de Anaya.

—Nos acabamos la absenta — me dijo como saludo.

Esta vez llevaba sandalias y un cuaderno grande y azul. Me fijé en sus ojos negros y en un tatuaje, en el hombro izquierdo, del tamaño de una nuez que semejaba una ánfora.

—Mira, aquí estás tú perdido en la lluvia — y, abriendo el cuaderno, señaló un dibujo en el que yo distinguí una sombra pequeña en medio, quizá, de un mar de cerezos.

En aquel momento la amé pero ella, con cierto cansancio, me dijo que no, que había bastado una vez y que ya no podíamos volver a elegir el mismo sueño. Al mirar de nuevo la ánfora en su hombro me pareció observar que había, aunque levemente, aumentado de tamaño. Supe que allí estaba encerrada mi esperanza y el recuerdo de una tarde bebiendo sus ojos negros mientras la tierra llovía, como cada mes de abril, en Salamanca.

Safe Creative #0909284603191



Ilustración: Daniela Benesova, Tree of Life

El otro

1 comments

Mi enemigo estaba en las sombras de mi sueño. Una máscara de vejez le ocultaba el rostro. Había trabajado duro para hacerme ver que nunca se traicionaría. Era seguro y certero; la mirada expresaba su confianza en haber resuelto de antemano la tarea; todo lo que cabía añadir era, pues, un adorno para su causa.

Yo ya había sospechado que su muerte había sido fingida. La noticia, que me había traído cierta paz, estaba envuelta en el artificio de la perfección. Decían que había muerto un mes de Junio, el día de mi 45 cumpleaños. No se sabía la causa, pero el rumor se acompañaba de detalles acerca de su desesperación por haber vivido bajo el peso de la costumbre de una venganza no realizada.

Ahora llevaba la decisión en las manos y su voz clara dejaba que las palabras midiesen mi miedo.

—¿No te aburres? —preguntó.

No esperó la respuesta y continuó:

—Yo no me aburro nunca. Te he perseguido hasta aquí y pronto serás nada.

El miedo ya era suficiente y en mi silencio me oí decir “...la niebla nivela todas las cosas...”

—Yo soy esa niebla. Ven —dijo él.

—Solo espero que tu violencia sea rápida —dije.

Entonces desperté. No había nadie. Me acerqué al espejo y vi mi rostro: su máscara me devolvía la mirada.

Safe Creative #0910094662360


Ilustración: Oldrich Kulhanek, Ecce Homo Nº7,1994
Safe Creative #0907190028497

Visitas ocasionales