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De nuevo aquí

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Han pasado once años desde la última vez que escribí en este blog.

Durante todo este tiempo, el blog ha permanecido aquí, detenido y abandonado. Olvidado.

Ahora vuelvo a abrirlo.

Algunos de los cuentos y poemas que fueron escritos y publicados en este blog están incluidos, algunos modificados, otros tal y como fueron escritos entonces, en dos libros recién publicados.

El primero de ellos es Los actos simples, un libro que reúne tres momentos de una misma exploración poética: Los actos simples, Mecánica interior y Astillas. 

El segundo, El uso de los nudos, una colección de veintiséis cuentos.

Los textos regresan no exactamente como entonces, porque el tiempo también escribe sobre lo que hemos escrito, pero sí conservando el origen que tuvieron aquí.

Los libros pueden encontrarse en Amazon:

Los actos simples

El uso de los nudos

Salvada esa laguna de once años, intentaré publicar en este blog nuevas entradas de forma, esta vez sí, ocasional.


 

Aquí nadie regresa (Stalker)

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1.
También hay desconocidos en mi yo,
pequeños alambres.

2.
Simplificando:
el mundo es un lugar salvaje.

3.
En mis sueños mi cuerpo se llena de tierra.
Mi chacal trae una tijera y un látigo.

4.
Los ciegos que elogian lo nuevo
ven con malos ojos.

5.
Una flecha redonda me busca.

6.
A mi tela la araña un espanta
pájaros
sin
cero.







Ilustración: Fotograma de Stalker, Andrei Tarkovski, 1979

La cuchara

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Siempre a la hora de comer mi madre venía a buscarme con una cuchara en la mano. Yo me escondía y mamá fingía no encontrarme y enfadarse, entonces me llamaba pajarito y preguntaba:

Dónde está tu niño, pajarito?
Y yo respondía: miau!

Vamos, vamos, decía, que hoy hay barquillos, galletas, chocolates azules.

Pero dónde están las galletas?
maullaba el gatito.
Las galletas no caben en las cucharas. Una.

Pero dónde están los barquillos?
Los barquillos se los comieron las cucharas
porque el niño no estaba. Dos.

Pero dónde están los chocolates azules?
Los chocolates azules no esperan a los niños que se esconden
y comen pajaritos. Tres.

Así, una, dos, tres,
me daba mamá todas las huellas de su duna.

Pero un día mi gatito se hizo gato
y a mi pájaro se le cayeron las alas.
Ya no volvió la cuchara a morderme los labios.
Mi miedo desde entonces lo como
solo.




Le envíe este texto a Fernando Valls que lo publicó en su blog "La nave de los locos".
Gracias, Fernando


Safe Creative #1106209502068


Ilustración: Richard Gate, Eat Hole in The Sky, 2005

El hombre que no se muerde la lengua

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A mí me da igual hacer agua, la hago. Empecé a hacerla sin querer, un poco porque sí, sin pensarlo mucho,
y luego se hizo costumbre.
Pasó el tiempo y ahora, no sé el motivo, tal vez porque sea viejo, con el agua me salen peces 
y eso no gusta.

¿Para qué haces peces si sólo se te pide agua?

Nadie quiere peces y lo entiendo pero no me resigno; es molesto pero no me resigno. El agua la sigo haciendo, eso me da igual, pero no sé qué hacer con los peces.
Ellos me empujan, me pesan, me ahogan. 
Estoy pensando en matarlos.
De momento los clasifico por colores, pongo su cabeza en mis dientes y muerdo un poco sus ojos, sólo un poco. No sufren, estoy seguro. Pero algunos me llegan hasta el sueño y se hacen un ovillo en mi lengua y veo con mi lengua sus ojos,

ojos naranjas,
ojos espinas,
ojos algas,
ojos branquias.

Sospecho que muerdo el recuerdo de lo que no eran, 
sospecho que yo también soy un pez al que le muerden los ojos un poco, sólo un poco.


Este texto se lo envié a Juan Yanes (microrrelatista y hacedor de cuentos, fotógrafo, profesor y tantas cosas) que lo publicó en su extraordinario blog “Máquina de coser palabras”. Agradezco a Juan la publicación del texto (aquí) y, sobre todo, las palabras que lo acompañan al final, palabras que me dejan a mí sin ellas.
Abrazos, Juan.





Ilustración: Andrew Polushkin, Still life with a fish tree, 2002-2006



Safe Creative #1106169484770

Lo que no está claro (notas)

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1.
Que las dunas se dividan sin resto.

2.
Que la eternidad sirva de algo.

3.
Que las horas vuelvan siempre a su hora.

4.
Que los ombligos no se cierren.

5.
Que en el hueco de los ojos bailen los ojos.

6.
Que la mano toque sus líneas.

7.
Que en el hueco de los ojos
bailen
los
o
     j
         o
             s



Safe Creative #1106129445155


Ilustración: Roman Loranc, Tule Fish, 2003

El hombre más rápido del mundo (notas)

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1.
Mi ropa interior se sienta en mi esqueleto.

2.
Todo llanto es simétrico.

3.
Las lápidas esconden siempre una verdad y una mentira.

4.
Los mancos pesan sus heridas en balanzas sin brazos.

5.
El hombre más rápido del mundo
pasea a duras penas sus silencios.

6
Mi trabajo imaginario es hacer un juego de manos
y desaparecer.

7.
Las muertes siempre están en su día.



Safe Creative #1106109430485


Ilustración: Celia Paul, Steve and High Window

Morfología

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Soy incapaz de poner orden en mis vértebras. Son imposibles. Creo que entre ellas luchan. Sé que sudan. Alguna lee, yo soy su libro.

Me preocupa especialmente la cuarta, se aburre y está flaca y se masturba, es una gran masturbadora.
..
También la quinta, la más salvaje, me desvela. Está seriamente enferma y en su delirio teoriza sobre la naturaleza del arte. A mi riñón llegan sus notas, la última esta: “entiende: la poesía es una técnica de caza”. Si no fuese por el dolor me daría ternura, pero me da dolor.
..
De la octava apenas puedo decir nada, es alegre y asume una empresa titánica: estar en silencio siempre.
..
Las demás son místicas, buenas conversadoras. La más atareada escribe un manual para clasificar la luz de las linternas. Pero no avanza en su búsqueda de la belleza formal.
..
Y así estoy yo, viejo, encorvado, esperando al rifle de la quinta. Su disparo.

Soy incapaz de poner orden en mis vértebras. Son imposibles. Salvo por este detalle mi esqueleto se ve bien.

Mis vértebras tienen ideas propias. Creo que entre ellas luchan. Sé que sudan. Una lee, yo soy su libro.

Mi quinta vértebra, la más salvaje, teoriza sobre la naturaleza del arte. Está enferma. A mi riñón llegan sus notas, la última esta: “entiende: la poesía es una técnica de caza”. Si no fuese por el dolor me daría ternura, pero me da dolor.

También me preocupa la cuarta y sus caprichos. Quiere embarcarse y pilotar un barco ballenero. Afirma que en el fondo marino habitan los más bellos esqueletos. Mientras, se aburre y está flaca y se masturba, es una gran masturbadora.

De la octava apenas puedo decir nada, es alegre y asume una empresa titánica: estar en silencio siempre.

Las demás son místicas, buenas conversadoras. La más atareada escribe un manual para clasificar la luz de las linternas. Pero no avanza en su búsqueda de la belleza formal.

Y así estoy yo, viejo, encorvado, esperando al rifle de la quinta. Su disparo.




Ilustración: Abidin Elderoglu, Untitled, 1970

... (Notas)

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1.
Hoy adiviné mi furia,
mañana me prohibiré resucitar.

2.
Mi oído interno es mi guarida.

3.
Vagabundeo decidido hacia una meta.

4.
Finjo mi amor propio cada vez que escribo la palabra "yo".

5.
Ella guarda sus secretos como si fuese una caja de caudales.
Yo, en mi caja, guardo ríos sin agua.

6.
La trayectoria de la luz termina en los ojos.
Todos los cuerpos que yo veo están inmóviles.

7.
Ella escribe con guantes sin dedos,
yo escribo puntos suspensivos sin pausas.



Safe Creative #1105209259651

Ilustración: Robert Motherwell, Window, 1991

Un buen presidiario (Notas)

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1.
En la superficie me defiendo de los arañazos de la profundidad.

2.
Soy un animal herido,
en mis ojos viven las cosas.

3.
Sólo las estrellas fugaces son verdaderas.

4.
La raíz de cualquier lenguaje es la mentira.

5.
Parpadeo dentro de mí.

6.
Lo insalvable: la discontinuidad del dormir.

7.
¿Dónde está mi centro?
Yo soy periferia.





Safe Creative #1105199252632

Ilustración: Danja Akulin, Identity, 2007

Huellas dactilares (Notas)

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1.
Mi espejo no funciona,
crea
espejismos.

2.
Un poema es la muleta de un mendigo,
la huella dactilar de un niño sin papá y sin mamá.

3.
Oigo a mis fotografías murmurar a mis espaldas.

4.
Bailo oculto en el centro de una plaza.
Un vigía ciego admira el otoño que crece dentro de mí.

5.
En mi cama llueve como cuando llueve en París los días alegres.

6.
Tengo 42 años pero nadie sabe mi edad.

7.
La poesía es una lupa.


Safe Creative #1105189245088

Ilustración: Robert Arthur Goodnough, Grey Forms, 1965

"El mundo es independiente de mi voluntad"

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1.
Escribe Wittgenstein en el Tractatus:
El mundo del feliz es otro que el del infeliz.

2.
Yo soy tartamudo:
mi ceniza teje mi mano derecha
con el gesto de la izquierda.

3.
Yo soy tartamudo,
cuido las palabras.
Yo sé,
yo sé cuidar las palabras.

4.
En el mundo del feliz los espejos guardan las apariencias.

5.
Yo miro en mi espejo cuatro manos calladas.

6.
No diré,
no diré que la quiero.
No diré
que estoy solo,
solo.

Hay dos manos que no entiendo.
Su silencio, su
silencio
no lo entiendo.

7.
Yo soy tartamudo.
Me equivoco cuando digo la palabra Wittgenstein.
Ninguna palabra es clara,
ninguna
palabra.


Safe Creative #1005236367513

Ilustración: Kazuya Akimoto, Choice

Notas: un funámbulo en Youtube

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1.
Una caverna, Youtube.

2.
Escribe Canetti: Pigmeos sobre el elefante muerto, nosotros.

3.
En Youtube: Karl Walenda camina sobre una cuerda tendida entre dos edificios.
Se para en la mitad de la cuerda.
Da la sensación de que quiere coger algo. Se cae.

4.
Quizá sea Dios el elefante muerto,
quizá sea una araña que mira con uno de sus ojos vídeos en Youtube.

5.
En algún lugar de Youtube hay un vídeo de un pigmeo que con los ojos cerrados salta al vacío.
Salta y abre los ojos.

6.
Después de leer la frase de Canetti
cuando veo un elefante (los veo en Youtube) imagino cientos, miles,
cientos de miles de pigmeos deambulando sobre él.

7.
¿Por qué Karl Wallenda antes de caer se detiene sobre la cuerda?

8.
En algún lugar de Youtube hay un vídeo de una araña que teje una red sin forma.

9.
Los pigmeos de Canetti caminan con la mirada fija en la piel del elefante muerto.
Sólo el que se para y cierra los ojos es libre.

10.
Ningún vídeo de Youtube tiene cero visitas.



Safe Creative #1004236085809

Ilustración: Tessar Lo, Battered and Bruised, Look In The Elephant For Something More, 2009

Notas para autorretrato*

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1.
Mi muerte escribe mis silencios a una velocidad de vértigo.

2.
Soy cobarde.
En su cuerpo y en sus pausas, soy cobarde.

4.
El corazón del búho late en sus ojos
(siempre hay un búho de día
con los ojos cerrados).

5.
Mi muerte investiga mi única mentira.

6.
Los fragmentos de mi vida,
juntos,
no son suficientes
y desaparece.

7.
Desaparezco yo, el dibujo.

8.
Cuando el búho despierta no hay nadie.
Sueño:
ella es una jirafa que alarga el cuello
para alcanzar mi altura
(cuando el búho despierta yo sueño).

9.
Falsifica mis labios: la amo.
Su lengua es larga y seca,
áspera.
Porque me quiere falsifica mis labios.

10.
A mano alzada, sin modelo,
sin memoria,
huella a huella
traza líneas
(traza líneas que son huellas).

11.
Yo estoy solo con mis gusanos ahora

12.
Ella adivina mi vida imposible.





Safe Creative #1003225807934

Ilustración: Phillip March Jones, Beast #9, 2007

Era zurdo pero era manco de la mano izquierda (Notas)

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1.
Era zurdo pero era manco de la mano izquierda.

2.
Conversación: “Siempre estoy solo”.

3.
Mientras el paracaidista sueña en el aire, el buzo se despierta con alas.

4.
Ventaja: en minoría de uno contra nadie.

5.
Artefactos posibles: una flor sin deseo, un pájaro quieto.

6.
El artista, un pintor de bodegones, conoce doblemente la verdad brutal.

7.
Uno tiene cicatrices que enseña cuando dice la palabra felicidad.

8.
Un pez espada acuchilla su propio lomo mientras tú duermes.

9.
Se entra solo en la muerte pero no se sale solo de la vida.

10.
En el infierno un poeta desordena las sillas del auditorio.
Acuden unos cuantos búfalos a escuchar al poeta
(el poeta cuenta diez búfalos vestidos con sus mejores galas

y un búfalo desnudo).
El poeta recita:
“Mi país es verde,
mi país es la Verdad.
Las vacas lo saben que a mí me sueñan”.
En el infierno un perro se come las orejas del poeta.
Tenía razón aquel perro:
“Quieren espectadores
aun cuando sean búfalos”

11.
Las palabras son ojos.

12.
Hay pausas que no tienen final.


Safe Creative #1003045693397
Ilustración: Pedro Casariego Córdoba, "El supermercado", 1992

Notas sin cuento

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1.
La casa no tiene puertas ni ventanas. Pero yo no quiero salir. En realidad tampoco quiero que nadie entre.

2.
Caí en la cuenta de que no se puede pensar un número sin pensar, a la vez, en todos los números.
Da igual el número que pienses, me dije, el adivino acertará siempre.

3.
La nota 4 no existe.

5.
Un puerto a la deriva pierde el mar en su silencio.

6.
Bataille cuenta que un diseñador de tapices se mordió el dedo índice y se lo arrancó. Había mirado fijamente el sol y se había convencido de que tenía que mutilarse de esa forma. Al leerlo me he mordido el dedo, pero ha sido un mordisco pequeño, tímido, insustancial.

7.
El asfalto es la vejez de los caminos.

8.
Es posible que de todas las escaleras de caracol la escritura sea la más lenta.


Safe Creative #1002145516087
Ilustración: Alighiero Boetti, Quello che non succede in mille anni succederà in un attimo, 1988

Notas sin pie de página

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1.
De Heidegger (¡Cuidado!): “Sólo aprendemos a pensar cuando intentamos alcanzar aquello que antes de nada es lo digno de ser pensado”

2.
El suicidio según Cioran. Dice: “Es el nirvana por la violencia”. Dice: “Matarse es, de hecho, rivalizar con la muerte, es demostrar que uno lo puede hacer mejor que ella, es hacerle una jugada y, éxito no desdeñable, rehabilitarse ante sus propios ojos”. Dice: “Nadie se mata, como se piensa comúnmente, en un acceso de demencia, sino más bien en un acceso de insoportable lucidez”. No es una paradoja el que no encontrase la muerte de su mano. También dice: “Intento -pero no lo consigo- no sentir vanidad por nada”

3.
Conversación entre profesores: en una escalera de caracol en la cual un móvil haya llegado hasta el límite del cansancio sin agotar sus peldaños no se sabrá nunca si ha estado subiendo o bajando.

4.
Absoluto es lo ab-suelto. Lo libre de la serie de las condiciones. ¿La totalidad de las condiciones?

5.
Más Cioran: “Sólo el escritor sin público puede permitirse el lujo de ser sincero ya que no se dirige a nadie”.

6.
Poética: crear lo que despierta el deseo de crear.

7.
Al fin Kafka: “Un escritor que no escribe es un monstruo que invita a la locura”.

8.
Ejercicios para mantenerse saludable: comprar lo que nos disgusta, llamar a las cosas por su nombre, huir de las celebraciones estrepitosas, construir laberintos.

9.
¿Cuándo es buena la locura? Esta pregunta puede ser contestada por los miembros de distintas cofradías: los sacerdotes de vudú, los poetas automáticos, los pintores de lienzos en blanco, los filósofos de pies planos. Podríamos, por tanto, concluir que nunca la locura estuvo como hasta ahora tan bien distribuida y mostró sus efectos benéficos: sólo así se pueden soportar sus creaciones -criaturas para los primeros-.

10.
El primero de la clase: como piensa que la vida no consiste sino en aprender a fracasar quiere ante todo los fracasos. Es un presumido que proclama ¡Yo sé bien poco!


Ilustración: Antoni Tàpies, Ein Spiel von Spiegeln - Katalanische Lyrik, 1987

Un espejo en el jardín

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Era muy pequeña y mi hija ya sabía el nombre de los árboles y las flores. Jugaba conmigo a cuidar el jardín. Ahora tiene 10 años y le gusta escribir pequeños poemas donde aparecen camelias y buganvillas, donde los limoneros son rojos y hay tilos enanos y tulipanes y narcisos. Hoy me dijo que ha empezado un cuento y que lo ha titulado El mundo paralelo. Me leyó un poco y me sentí intranquilo. En su historia una niña, Wendy, vive en un mundo paralelo que se comunica con éste a través de un túnel hecho al pie del camelio que crece en medio de nuestras azaleas. “¿Y qué sucede en el mundo paralelo?”, le pregunté. “En el mundo paralelo todo es igual que aquí... salvo que sus habitantes no tienen ombligo”, me dijo dudando. No hice más preguntas. Volvió a concentrarse, muy seria, mirando al teclado como si allí, entre las teclas, estuviese atrapada la historia.

Hace tiempo yo también elaboraba cuentos. Fue antes de que ella naciera y de que a mí me comenzasen a visitar más silencios que palabras. Recuerdo haber imaginado un argumento para un relato que no llegué a escribir y que iba a llamar La Antitierra, un título que debía al artificio pitagórico de incluir entre los planetas a uno invisible, de modo que coincidiese su número con el de las musas. Pensaba contar las aventuras de una expedición a la simétrica Antitierra que imaginaba como un mundo en el que se repetían los rostros, los gestos, los sucesos del nuestro. Imaginaba también que en la Antitierra era imposible la memoria y que cada día, aquellos antípodas, lo vivían como nuevo. Abandoné este argumento porque no fui capaz de solucionar un problema en la trama: un viaje a un planeta espejo necesariamente implicaría que los reflejos también viajasen.

Pensando en el cuento de mi hija y en la incógnita del mío salí al jardín. Los agapantos ya crecidos lucían sus cuellos azules y parecían, como siempre, vigilantes. Comprobé que en las puntas de las ramas de la higuera empezaban a brotar las brevas. Acaricié las flores del rododendro y proclamé a las buganvillas ganadoras en su competición con el rosal. Inevitablemente me acercaba a la zona donde el camelio, acompañado de las azaleas, reinaba tranquilo. No había ningún túnel, claro, ¿cómo iba a haberlo? Decidí entonces recoger los caracoles de las ramas de las hortensias y, más sereno y con mucho más cuidado, de las hojas de los agapantos.

Entré en casa, en la cocina mi hija se disponía a comer un trozo de pastel de manzana. Me dijo que ya había escrito el primer capítulo de su cuento. Se titulaba El ombligo de Wendy. “A Wendy le nació un ombligo”, me explicó. Y continuó: “Ahora es igual que yo”. En ese instante sonó el teléfono.

Descolgué el auricular. Al otro lado no se oía nada. Había un silencio mineral, un eco en el que podía reconocer mi propio silencio escuchándome.

–Soy yo –dijo una voz al fin.

Decir que nunca había oído aquella voz no sería verdad. Si dijese que se parecía a mi voz también mentiría. En realidad, creo saber ahora, era como si yo mismo estuviese hablando. Me causó una profunda sensación de desagrado.

–¿Quién?
–Yo. Tú... –balbuceó la voz
–¿Por quién pregunta? –dije venciendo mi rechazo

No obtuve respuesta; se escuchaba un sonido metálico que parecía ahogar la voz. Mi memoria aquí es resbaladiza: no sé el tiempo que pasó; las cosas se desdibujaban a mi alrededor, sus perfiles se convertían en trazos líquidos. Tampoco sé como conseguí recuperarme y hablar.

–Sí, oiga. ¿Me oye? ¿Quién es? –repetí
–Yo. Soy yo. Pregunto... por usted... por mí. Ramón Gil. ¿Es usted, Ramón Gil?
–¿Qué? Sí. Yo soy Ramón Gil. ¿Quién es usted?
–Yo soy Ramón Gil –me respondieron
–Como broma ya está bien.

Colgué. Estaba cansado y triste, atrapado por un tristeza lenta y pegajosa que nunca había sentido. Volví a la cocina, la tarta de manzana estaba intacta. Se repitió la llamada. Dejé sonar el teléfono, una, dos, tres veces. Descolgué y de nuevo me envolvió un silencio espeso, como si todos los sonidos los hubiese mordido una boca única. Colgué. Me dije: “Debes tranquilizarte”. A la tercera ocasión que el teléfono sonó pensé estar preparado. Después del silencio oí una respiración precipitada.

–Es muy importante. No debe colgar, por favor, no cuelgue... –dijo la misma voz.
–¿Quién es usted y qué quiere? –dije mostrando todo el aplomo del que era capaz.
–Yo, yo... quiero hablar sobre mi hija... sobre Wendy.
–¿Qué? –elevé mucho la voz. Temblaba y apenas podía respirar.

Quizá la conversación no tuviese lugar, no lo sé. Quizá fui yo el que creé este delirio. El problema está en que no estoy seguro de saber quién soy. Sé que al salir al jardín, después de vencer la asfixia, vi las flores y los árboles y desconocía sus nombres. Sé que alguna vez quise escribir un cuento en el que unos viajeros quedaban cautivos en un mundo en el que no había recuerdos. Sé que escribo ahora y que tal vez mañana vuelva a escribir lo mismo o nada. Quizá mañana sea hoy. Sé que el olvido es dulce y perfecto. Estoy en medio de unas flores amarillas que bordean un árbol solitario. Espero algo, no sé. Alguna vez, en otro cuento, imaginé que tenía una hija y mi hija escribía cuentos y poemas. Pero no estoy seguro. Hay un amarillo que lo invade todo y yo lo veo, en silencio.


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Ilustración: Ales Knotek, Monon Me Hydor, 2006

Análisis de un cuento (negro sobre blanco)

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El argumento del cuento es sencillo: un asesino profesional está esperando un ascensor para, en la planta 12, cumplir un encargo. Abre la puerta de la máquina y antes de marcar el número alguien entra en el edificio y le dice: “Espere, por favor”. Es la víctima. Ambos están ahora en el ascensor. El asesino, que tiene el mandato de realizar el trabajo en el despacho de la víctima, ha resuelto ir al piso 10 y subir las dos plantas que faltan a pie. En la planta 7 el ascensor se para.

El asesino dirá llamarse Verislav Ruklfo aunque sospechamos que éste no es su verdadero nombre. El otro, la víctima, no tiene nombre. Aparece siempre como “el hombre” o “el tipo del lunar” en alusión a un lunar en forma de uva que tiene en la mejilla (a Verislav le han proporcionado una serie de fotografías del hombre). No tenemos una descripción de Verislav; sabemos que lleva una pistola -una beretta M92 con silenciador-, y que en la caja del ascensor y a solas con la víctima valora las distintas posibilidades que el azar le ha proporcionado. Hay sí detalles sobre el modo en el que pretende o pretendía resolver su obra, y podemos conjeturar que es un hombre experimentado, acostumbrado a los lances de su empresa, suficientemente hábil para improvisar pero siempre atento y vigilante a ajustarse a un plan trazado de antemano (Verislav juzga, mientras están subiendo, que no puede ejecutar al hombre allí mismo, no sólo porque nunca ha disparado en un ascensor, sino porque de hacerlo así violentaría el diseño de su encargo).


Tampoco aparece en el cuento ninguna indicación acerca de los motivos del crimen. Pero hay dos notas que apuntan a un ajuste de cuentas o a una venganza: entre las instrucciones que relata Verislav al principio del cuento está la de fingir el robo de un expediente o un cuaderno (“el hombre se queda siempre hasta las ocho, entras y haces el trabajo, después desordena los archivadores, las mesas, déjalo todo bien revuelto como si hubieses buscado algo”), y en la conversación que refiere con el “tipo del lunar” unas palabras que éste le dirige: “Me parece comprender quien eres”.

Es fácil observar como Verislav Ruklfo transita de la sorpresa inicial (“el hombre no tenía que estar aquí. No. Tenía que estar en su despacho trabajando en algo o no haciendo nada, esperando, da igual”) a una no disimulada sensación de peligro: en el momento en el que el ascensor se para su intención es desenfundar el arma y disparar.

Cautivos en la urna metálica la actitud de Verislav contrasta con la inocente e infeliz reacción del hombre del lunar: es él el que toma la iniciativa, el que aconseja que no deben de preocuparse, que la luz volverá en seguida, el que busca algo en sus bolsillos y sonríe y parece acariciarse el lunar para soportar la tristeza muda del encierro. Verislav mientras no puede dejar de preguntarse porqué el hombre está fuera de lugar. Piensa interrogarlo antes de matarlo y su única preocupación es resolver esa duda: “¿Por qué no estás donde tenías que estar?”. En el curso de estos pensamientos Verislav no deja de tener la mano en el costado, palpando la beretta. Cuando el hombre pulsa el timbre de la alarma se sorprende de no oír nada: “La última vez tampoco sonó y nadie vino pero la luz volvió en seguida. Usted no se preocupe”.

El tiempo se alarga y vemos a los dos hombres apenas iluminados por las sombras rojas de la luz de emergencia. El hombre se ha sentado en una esquina e intenta entablar una mínima conversación con su asesino. Verislav apenas habla y se limita a contestar con monosílabos. El hombre le dice: “Alguna vez imagine un laberinto de una sola estancia”. Verislav no responde. ¿En qué piensa Verislav? El autor del cuento sugiere que su mente está ocupada recordando otros ejercicios en los que su obra se vio obstaculizada y sobre todo aquella vez en la que la víctima le era cercana. Ahora Verislav repite para sí unas palabras del tipo del lunar: “no se preocupe, no se preocupe”. En esa repetición monótona acertamos a descubrir un cierto desagrado y un asomo de rechazo y frío odio.

Tal vez es esa actitud de Verislav, su pertinaz silencio, su manera de mirar, la que hace que el hombre pronuncié estas enigmáticas palabras: “Usted no lo sabe, pero yo ya estoy muerto”. Es la confirmación de la sospecha de que se está enfrentando a su propia muerte mirándole desde los ojos de Verislav. En el cuento el hombre cita entonces unos versos del poema Inventario de Ramón Gil, para Rulkfo totalmente desconocidos:

Consideremos un crimen auténtico. Sus elementos:
el deseo, el cansancio, el que piensa:
“la distancia que me separa de casa”.
El que piensa: “la distancia que yo solo recorro hasta mi casa”.
Sus preguntas. Su sombra que crece, su codicia.


El cierre del cuento es ambiguo. Quizá el hombre verdaderamente estuviese ya muerto o supiese inevitable su muerte, o, es probable, fuese él el dueño del plan que dirige a Verislav. El poema citado también contiene este verso: “Aquel crimen es un destino, un suicidio cumplido”. Cuando vuelve la luz Verislav dispara un solo tiro. La sangre fluye de manera suave y pronto el tipo del lunar es uno con su laberinto. El ascensor llega a la planta 10 y después a la 12. Al salir del edificio Verislav Ruklfo lleva en sus manos un cuaderno de notas recogido de un despacho ya desordenado. En el cuaderno previsiblemente leeremos un cuento y un poema.


Safe Creative #0909284603214


Ilustración: Petr Beranek, Echoes, 2005

Espera

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En una calle de Nápoles vi un caracol dorado que llevaba una pintada en su caparazón. En Nápoles no sólo las calles tiene su pintada, su color de aerosol, una firma encima de otra: “Lorena ti amo” en rojo y en negro “Ti amo Lorena”. En la herradura de la estatua de un caballo se puede leer claramente: “Solo Dio mi pulito”. Cuando llegué a la Piazza de Gesú Nouvo vi nacer un río entre unas bolsas de basura. Un río verde que avanzaba sin pausa hacia la aguja de la Inmaculada en el centro de la plaza. Un cuervo apacible y sin alas picoteaba en el agua del río. Huyó. En Nápoles, en el mes de Julio, el calor agota las sombras y hace arrugas interminables en el asfalto. Gusanos verdaderos salen de la tierra y van en procesión por las aceras o compran pescado y lo llevan en motos de colores chillones en las que también se ven los grafitis.

Si un huracán de cenizas saliese de nuevo del Vesubio, estoy seguro que Nápoles sobreviviría y todas las anatomías rotas volverían a mezclarse. Sé que las hormigas de Nápoles conocen esta verdad brutal. Se abrigan en conchas de nácar mientras aguardan el despertar del volcán y apuestan sobre el tiempo que falta para que la lluvia de lava cree un mundo distinto. Una de estas hormigas hacía con su sangre una pintada: escribía en el corazón de la Virgen “Mi piace il tuo occhi verdi”. En mis pies crecía un dolor injustificado como crecía también el río verde y crecían más sombras de cuervos sin alas y otra hormiga, o quizá la misma, escribía una y otra vez: “Le mani sulla pietá”.

Necesitaba descansar y en la Piazza Dante, pasando por la Port’Alba, entré en un bar y me senté en un sillón de dos plazas tapizado en terciopelo púrpura. Nadie me prestó atención. El sillón tenía heridas de cigarrillos y una cicatriz hecha a navaja y varias firmas amarillas y una gris. En la barra un hombre tuerto leía un libro mientras esperaba, tal vez, que la misma suerte de Pompeya llegase para petrificarlo a él, al libro, al Nápoles vivo y confuso, a mí, a los ríos verdes y cansados en los que se refleja el cansancio, a las lágrimas de plata de la Virgen de la Inmaculada, a las hormigas que apuestan y no enloquecen, a las cifras escritas al pie de las estatuas, a las ratas que saltan y vuelan, al ruido de los muertos y al silencio de los vivos. Sólo en Nápoles esta felicidad es posible.




Ilustración: Vaclav Hejna

La suerte de Olegario

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Cuando la madre de mi mujer sueña con un sapo colorado sabemos que alguna desgracia va a suceder. Puede ser, por ejemplo, una pérdida nimia como cuando se extravió un cascanueces que a todos nos gustaba aunque no lo utilizásemos porque nunca comemos nueces. Puede ser un accidente como cuando Edelmiro se despeñó en una excursión. O puede, y esto es lo que más nos asusta, ser una verdadera adversidad como cuando el agua se volvió amarilla a causa, luego lo supimos, de un pesticida que la envenenaba.

Hay una matemática oculta entre el sueño y la realidad, y no sabemos porque en las cuentas de Amadora -así se llama ella- una cifra anticipa a la otra. Para entendernos entre nosotros le hemos puesto nombre al colorado: le llamamos Olegario que era el nombre de mi suegro. Cada mañana le preguntamos: “¿Ha visto esta noche a Olegario?” y si responde que no hacemos nuestra vida con la seguridad de haber evitado una fatalidad. Mi mujer piensa constantemente en Olegario: “Y mira que si se le esconde en el sueño, que mamá esta ya muy mayor y a lo mejor no lo reconoce”, dice temerosa. Las pocas veces que viajamos lo hacemos con Amadora para, de esta manera, tener cerca su oráculo. Realmente no hacemos nada sin rastrear su sueño. Mi mujer vigila también sus siestas y las pequeñas pausas en las que mi suegra parece dormir despierta.

Hoy nacieron los gemelos. Fue, como siempre, un momento mágico. Salieron casi juntos, uno negro, muy negro, y otro con la piel dorada y rojiza. Al verlo, mi suegra exclamó: “¡Olegario, mi amor! y, ahí, al instante, se murió Amadora mientras su boca dibujaba una sonrisa pacífica. Vimos entonces el agua amarilla. Llegaba a borbotones una bilis ocre quemándonos, abrasándonos, rodeando la charca. Nos fuimos a saltos. Olegario nos miraba inocente acurrucado junto a Amadora pero no tuvimos valor para volver atrás.

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Ilustración: Andy Warhol "II.294: Pine Barrens Tree Frog", 1983
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