La pasarela







El mensaje llegó cuando ya era noche cerrada. Yo regresaba al hotel donde me hospedaba, caminando por una pasarela de madera al borde del mar. En la ida, todavía con la luz del atardecer, me había sorprendido el mal estado de varios de sus tramos: tablones rotos que dejaban huecos abiertos al vacío, o a punto de romperse como una trampa que espera. Me paré un momento y miré el mensaje del móvil. R. me enviaba cuatro fotografías de un libro de poemas. Apenas les eché un vistazo, pero algo me retuvo en la última de las imágenes. Leí el poema. Me pareció luminoso. Luminoso y extraño: 

«Nada me convence tanto de la cercanía de Dios como la ausencia 
de mis amigos muertos. Dios es mis amigos muertos. 
Dios es todo lo que desaparece».

Los poemas eran de Jon Fosse. A R. le gusta Fosse, no sé si le gusta desde hace tiempo o, por lo que sea, le ha empezado a gustar ahora. Yo no conocía ninguno de sus poemas. Había leído alguno de sus cuentos, pero nada de su teatro, ni las novelas, ni la poesía.
Sin saber por qué, dije en voz alta: «Dios es todo lo que desaparece». Miré hacia abajo. Uno de los tablones rotos estaba delante. Miré hacia arriba. Vi estrellas, no muchas. La luna abría un hilo de luz blanca en el cielo y en el mar. Tuve la sensación de haber estado mucho tiempo allí o de haber vivido esa misma escena una y otra y otra vez. Respiré. Sentí el frío y el silencio. Pensé que no estaba regresando al hotel. Pensé que, en realidad, no quería regresar.
Esa misma mañana me habían hecho una pregunta que juzgué inocente. Así:
—¿Te puedo hacer una pregunta?
—Claro.
—¿No tendrás un hermano que se llama A.? Te pareces muchísimo.
—No. No tengo ningún hermano —respondí, al tiempo que levantaba las cejas y hacía una ligera mueca con los labios.
No le di ninguna importancia ni a la pregunta ni al parecido. Pero por la tarde volvieron a preguntarme. Así:
—Eres idéntico al sobrino de X. No te importa que te lo diga… Y ahora que sonríes es como si fueses él. 
—Ya, ya me lo han dicho. Se llama A. Vaya —dije.
—No. Se llama B., seguro.
Bueno, pensé, dice que es seguro, pero seguro que se equivoca. Decidí que A. y B. tenían que ser la misma persona. Un parecido vale, dos parecidos son desagradables.
Apagué el móvil, pero el poema de Fosse seguía conmigo. Lo que había decidido sobre A. y B. se diluyó. Creí saber por qué me parecía a los dos y tuve miedo. Poco a poco se hicieron visibles más estrellas como puntos blancos latiendo en la oscuridad. No todas con la misma fuerza: algunas muy débiles, algunas desapareciendo justo cuando lograba verlos.

 

Fotografía: Ramón Gil (2023)

La pasarela pertenece a La tercera persona, nueva colección de relatos de próxima aparición. 

 

 

 

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