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La pasarela

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El mensaje llegó cuando ya era noche cerrada. Yo regresaba al hotel donde me hospedaba, caminando por una pasarela de madera al borde del mar. En la ida, todavía con la luz del atardecer, me había sorprendido el mal estado de varios de sus tramos: tablones rotos que dejaban huecos abiertos al vacío, o a punto de romperse como una trampa que espera. Me paré un momento y miré el mensaje del móvil. R. me enviaba cuatro fotografías de un libro de poemas. Apenas les eché un vistazo, pero algo me retuvo en la última de las imágenes. Leí el poema. Me pareció luminoso. Luminoso y extraño: 

«Nada me convence tanto de la cercanía de Dios como la ausencia 
de mis amigos muertos. Dios es mis amigos muertos. 
Dios es todo lo que desaparece».

Los poemas eran de Jon Fosse. A R. le gusta Fosse, no sé si le gusta desde hace tiempo o, por lo que sea, le ha empezado a gustar ahora. Yo no conocía ninguno de sus poemas. Había leído alguno de sus cuentos, pero nada de su teatro, ni las novelas, ni la poesía.
Sin saber por qué, dije en voz alta: «Dios es todo lo que desaparece». Miré hacia abajo. Uno de los tablones rotos estaba delante. Miré hacia arriba. Vi estrellas, no muchas. La luna abría un hilo de luz blanca en el cielo y en el mar. Tuve la sensación de haber estado mucho tiempo allí o de haber vivido esa misma escena una y otra y otra vez. Respiré. Sentí el frío y el silencio. Pensé que no estaba regresando al hotel. Pensé que, en realidad, no quería regresar.
Esa misma mañana me habían hecho una pregunta que juzgué inocente. Así:
—¿Te puedo hacer una pregunta?
—Claro.
—¿No tendrás un hermano que se llama A.? Te pareces muchísimo.
—No. No tengo ningún hermano —respondí, al tiempo que levantaba las cejas y hacía una ligera mueca con los labios.
No le di ninguna importancia ni a la pregunta ni al parecido. Pero por la tarde volvieron a preguntarme. Así:
—Eres idéntico al sobrino de X. No te importa que te lo diga… Y ahora que sonríes es como si fueses él. 
—Ya, ya me lo han dicho. Se llama A. Vaya —dije.
—No. Se llama B., seguro.
Bueno, pensé, dice que es seguro, pero seguro que se equivoca. Decidí que A. y B. tenían que ser la misma persona. Un parecido vale, dos parecidos son desagradables.
Apagué el móvil, pero el poema de Fosse seguía conmigo. Lo que había decidido sobre A. y B. se diluyó. Creí saber por qué me parecía a los dos y tuve miedo. Poco a poco se hicieron visibles más estrellas como puntos blancos latiendo en la oscuridad. No todas con la misma fuerza: algunas muy débiles, algunas desapareciendo justo cuando lograba verlos.

 

Fotografía: Ramón Gil (2023)

La pasarela pertenece a La tercera persona, nueva colección de relatos de próxima aparición. 

 

 

 

Aniversario

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Elisa Lázaro contempla a través de la ventana de su oficina un manto de nubes grises. Terminó sus tareas y espera a que llegue la hora de salir. Hoy es su cumpleaños. Las nubes no le sugieren nada. Son manchas, casi negras. «Nubes muertas», piensa Elisa. No quiere recordar, pero recuerda los días en los que el cielo traía formas vivas.
«Una viejecita desdentada con sombrero», decía su hijo. «Ahora un violín. Mira, mira, mamá. Escucha cómo suena.»
—Elisa, ¿estás bien? —le preguntan.
Le duele la cabeza. Desea llegar a casa, cerrar los ojos y descansar.
La hora llega. Recoge sus cosas, ordena los bolígrafos paralelos al borde de la mesa, se pone su abrigo de paño verde y sale. Siente frío. Se ajusta el abrigo hasta el cuello y guarda las manos en los bolsillos. Camina despacio. Se detiene en un semáforo. Una mujer se le acerca y le pide una limosna.
—Sea buena.
Extiende una mano sucia, recorrida por surcos muy profundos. Esa mano hiere a Elisa, que quiere huir, pero no puede. Se queda inmóvil. La mano le roza el brazo.
—Sea buena —repite la mujer.
Elisa levanta la vista. Ve una cara de piel gastada. Una cicatriz cruza la mejilla derecha desde el nacimiento de la oreja a la comisura del labio. Los ojos de la mujer son de color miel, pequeños. Un mechón de pelo negro y lacio cae sobre ellos. Elisa busca una palabra que encuentra y no dice. Reanuda el camino. La ciudad le parece más silenciosa. Todavía siente el roce de la mano y se estremece. 
Al llegar a casa se descalza y se recuesta en la cama.
—¿A quién iba a hacer yo daño? —se pregunta.
Regresa a los días de la terapia que siguió al accidente. Alguien había dicho:
—Nadie quiere estar solo.
Elisa no hablaba en las reuniones. Después de escuchar aquella frase buscó la fuerza necesaria para reconocer:
—Yo sí quiero estar sola.
Se mira las marcas de las manos.
—Yo sí quiero estar sola —repite.
El dolor no le pasa y decide tomar una pastilla. Coge una revista de viajes y la hojea mientras la pastilla, amarga, se disuelve en la boca. Soporta el sabor.
Le llama la atención un anuncio de vacaciones: una vista aérea de una isla tropical sobre una leyenda que dice:
«Más fácil que imaginarlo. Ven».
Es una playa blanca. El mar es azul turquesa y se confunde con un cielo sin nubes. Coge un lápiz rojo y escribe:
«¿Aquí?»
Deja la revista, aprieta el dedo índice sobre la sien y se queda dormida.
Despierta. El sueño se deshace antes de que pueda recordarlo. Sin saber todavía quién es ni dónde está, se abraza a la almohada. La aprieta con fuerza y, al instante, la deja. Se levanta, va al baño y se mira en el espejo. No tiene hambre, pero necesita salir. Se cambia de ropa. Se pone un traje de chaqueta morado y unas botas negras, se arregla el pelo, se pinta los labios de rosa pálido. Tras dudar, se coloca un camafeo de nácar y coral con una aguamarina malva. Coge un bolso negro y guarda en él la revista.
De nuevo en la calle comienza a andar. Toma la misma dirección de costumbre. Ni siquiera tiene que pensar adónde va. Empieza a caer una lluvia fina, casi inmóvil en el aire. Ve una pastelería y entra. Hay una hilera de mesas y todas están vacías. Elige la del fondo junto al ventanal. En el hilo musical los violines juegan entre sí. Se oyen como un leve rumor. La dependienta la atiende enseguida. Pide un chocolate caliente, un vaso de agua y una milhoja de crema. Saca la revista y la deja encima de la mesa. Le sirven el chocolate en una taza grande de porcelana amarilla. Está espeso y muy caliente. La milhoja viene espolvoreada con canela y adornada con un hilo de caramelo líquido. A Elisa le agrada esta forma de presentar el pastel.
Pasa las páginas de la revista. Mira las imágenes y apenas se detiene en los títulos: Ruta de la seda, el hilo dorado; Navega entre gigantes en los fiordos noruegos; Cipreses y horizontes infinitos en La Toscana. Y llega a la página donde está el anuncio del viaje al trópico. 
Alza los ojos y la ve. Es la misma mujer que le pidió bondad. Se ha sentado en una mesa cercana a la puerta. Junto a ella hay un niño. Elisa piensa que su hijo tendría ahora la misma edad que ese niño. Aparta la mirada. Toca su camafeo. Fuera la lluvia arrecia.
Se obliga a volver a la revista. Pasa las páginas rápido y se detiene en una fotografía de una catedral bizantina.
Empieza a leer en voz baja para escuchar su propia voz y alejar los recuerdos:
«San Petersburgo es un lugar ideal para los amantes del ballet y la ópera. Existe la posibilidad de ir a uno de los teatros más famosos del mundo, el Teatro Mariinsky.»
Se imagina en San Petersburgo. Le gustaría, en una noche de invierno, asistir al ballet. Repite varias veces el nombre:
—Mariinsky.
Lo dice arrastrando la r y alargando el sonido de la doble i. Se sobresalta al oírse.
«Debería irme», piensa.
La dependienta sirve a la mujer y al niño dos tazas amarillas iguales a la suya. 
Elisa vuelve a fijarse en el niño: viste una sudadera azul muy gastada con el número 11 bordado en blanco sobre el pecho. Tiene el pelo revuelto. Se ha descalzado y está sentado sobre una de sus piernas. Con el pie desnudo de la otra empuja distraídamente unas zapatillas de tela, muy sucias y deshilachadas. Elisa no consigue apartar la vista de las zapatillas. El niño se ríe, pero ella juzga que es una risa forzada. 
La dependienta sale del mostrador y les lleva dos pasteles. Dice algo que Elisa no puede oír. Le extraña que se dirija al niño.
La mujer levanta la vista. Elisa tiene la impresión de que la cicatriz que le surca la cara es ahora más grande. La mujer mira a Elisa con sus ojos vivos. Sonríe.
A Elisa le golpea el dolor. Miles de alfileres se le clavan en la cabeza. Cierra los párpados y con una mano presiona la mesa. Cada alfiler que cae es un pinchazo profundo de luz. En esos momentos el tiempo se detiene. El último alfiler le alcanza los ojos y cuando los abre ve una oscuridad blanca.
Los perfiles de las cosas se difuminan en sombras. Ve la sombra de la dependienta. Ve las sombras de la mujer y el niño.
Los cuerpos son de ceniza. Tiene miedo y quiere llorar. Las luces blancas se apagan y el espacio recupera sus formas. Le arden las mejillas.
La mujer y el niño se levantan y van hacia la puerta. El niño dice con una voz dulce: «Adiós».
Justo antes de salir, se gira y mira directamente a Elisa. Tiene los ojos brillantes, los labios manchados de chocolate. En la mente de Elisa se agolpan imágenes de un niño gritando sin voz.
Los dos salen y se pierden en la calle mojada. Elisa permanece inmóvil. Dirige la vista al lugar que ocupaban y ve que las zapatillas siguen allí, debajo de la mesa.
—Va descalzo —alcanza a decir.
La dependienta se sorprende y se acerca.
—El niño que estaba ahí —y señala la mesa donde permanece una taza amarilla—. Va descalzo. ¿Cómo es posible? ¿No las ve? En el suelo, las zapatillas.
Se intenta levantar apoyándose en la mesa y, al hacerlo, le falla la mano y desplaza la revista, que cae y se abre en la página en la que, sobre un cielo sin nubes, está escrito en rojo: «¿Aquí?».


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Ilustración: Carolyn Cole, Blue 70912

Vigilantes

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Cuando el gordo me dijo que la noche del viernes era yo el que tenía que ir al matadero, me sorprendió. Primero porque no sabía que llevásemos ese servicio y después porque eso significaba que alguien tenía que sustituirme en el museo. Dudé, pero decidí subir a su despacho. Quería decirle que tenía que revisar los turnos, que yo prefería seguir con la guardia habitual, que ya estaba acostumbrado al museo, que le asignase a otro la nueva vigilancia. Yo no iba a ir.
Pero una vez en su despacho me falló el ánimo y solo dije:
—Lo del matadero es nuevo, ¿no?
—Pues sí, claro —contestó sin mirarme—. ¿Algún problema?
Yo respondí que no, que no pasaba nada, que cambiaba el arte por las vísceras y que estaba bien. Él torció el gesto y siguió con el cuadrante de turnos.
Cuando salí de la oficina fui directamente al vestuario. César terminaba de cambiarse. Le conté que yo era el elegido para estrenar el servicio en el matadero. César me miró y negó con la cabeza:
—A mí no me lo haría, ¡vamos! —dijo antes de salir comentando algo de su noche libre.
Vi cómo al llegar a la puerta se cruzaba con el gordo. César lo dejó pasar, se volvió hacia mí, hinchó los carrillos y, llevándose el índice a la sien, simuló un disparo. Me quedé con una sonrisa estúpida en la cara mientras el gordo me decía:
—Voy a ir contigo.
—¿Por? —pregunté todavía sonriendo.
—Tengo que hablar con el que dirige aquello. ¿Alguna pregunta más?
No contesté. Me puse el uniforme, me ajusté el cinturón y monté la pistola en la funda. Me tocó llevarlo en mi coche. Íbamos en silencio. Yo procuraba conducir rápido y aprovechar los cambios de los semáforos para llegar cuanto antes.
—Va a resultar que tienes prisa —advirtió.
¡Qué diablos!, pensé, es mi coche y voy como me da la gana. Sin embargo, reduje la marcha. Él se fijó en una baraja de cartas infantiles que estaba en el salpicadero y la cogió. Un juego de hacer familias al que había jugado alguna vez con mis hijos. El gordo cortaba las cartas y miraba la figura que salía en el corte. No sé lo que buscaba ni lo que veía. Acabé diciendo:
—Era … es de mis hijos.
—Ya —dijo.
Sospeché una sombra de ternura en esa respuesta. Continuó barajando y mirando las cartas del corte. Olvidé inmediatamente mi sospecha.
Estábamos llegando al matadero. Me golpeó un olor espeso y desagradable. Aparqué el coche junto a una puerta metálica que tenía un letrero encima: Puerta C.
Entramos y subimos hasta las oficinas donde nos esperaba el gerente, un hombre joven con los dientes pequeños y mal dispuestos. El gordo me presentó diciendo:
—Este es el vigilante.
El gerente me miró.
—Debemos dar una vuelta para marcar los puntos de la ronda —añadió el gordo.
—Primero veremos los planos —zanjó el gerente.
El gordo me lanzó una mirada que no quise entender. Era mi servicio y yo estaba interesado en los planos. El gerente explicó el funcionamiento de los distintos espacios y salas del recinto: las de lavado, la de eliminación de pelo, la de despiece, los depósitos de sangre, las cámaras frigoríficas. Cada espacio en el plano tenía pequeños dibujos geométricos que representaban lo que allí había: las mesas, las bancadas, los raíles.
Así deberían ser las cosas siempre, pensé. Todo en su sitio.
—Hoy el vigilante hará una ronda por aquí cada hora —dijo el gordo e hizo un círculo con la mano sobre una zona señalada con una A en rojo.
El gerente no estaba de acuerdo.
—Él solo no puede hacerlo —dijo enseñando los dientes.
Pasaron a discutir algo del contrato. Esta vez fue el gerente el que me dijo que esperase fuera.
Desde allí los podía ver difuminados tras la mampara que hacía de puerta. Eran solo dos siluetas y, pese a todo, los encontraba más humanos que antes. Dibujé con la mano sus perfiles y puse nombre mentalmente a las formas: gerente y gordo. Observé cómo la forma gerente se levantaba y desaparecía. La del gordo cogió el teléfono y habló unos minutos. Movía la mano libre arriba y abajo. Colgó el teléfono, se llevó el brazo al costado y salió. Por un instante me había olvidado de cómo era su rostro.
—Ya está todo arreglado. Viene César a acompañarte. Hasta entonces me quedo contigo. Vamos —ordenó.
Imaginé que a César no le habría hecho feliz la llamada. Bueno, no era mi problema. Pasar la guardia con el gordo sí era mi problema.
Terminaba el último turno de los matarifes. El gerente le había dejado al gordo un juego de llaves y, con el personal todavía recogiendo y limpiando, comenzamos a recorrer las instalaciones. Pasamos por la sala previa a la de despiece donde, a través de un cristal, vimos los canales suspendidos en ganchos. Varios operarios limpiaban con mangueras los cajones de la zona de aturdimiento. El olor y la vista de la suciedad que resbalaba al sumidero empujada por el agua me revolvieron el estómago. Me refugié en el plano: los cajones eran rectángulos, la canalización una sección de cilindro, el sumidero un pequeño círculo.
El gordo no se dio cuenta y me recuperé al salir de allí.
Establecimos la base en un cuarto junto a la puerta C. Dos farolas proyectaban allí una luz naranja, enferma. El gordo o el gerente lo habían decidido así. El gordo me indicó que hiciese una primera ronda por la zona que se había marcado. Cuando volví, estaba jugando con mi baraja, juntando las familias.
Le tocaba a él. Cogió mi linterna y se fue. Al cabo de treinta minutos regresó.
—Está todo tranquilo —dijo.
—Sí —dije—. Muy tranquilo.
La incineradora había dejado de funcionar, aunque todavía se percibía un olor dulzón y denso, casi masticable.
—A ver si se pasa pronto —dije por decir algo.
Él, por toda respuesta, maldijo varias veces a César y lo amenazó en alto como si yo no estuviese allí.
Lo mejor para mí era que su atención se mantuviese en la tardanza de César. Comencé mi segundo turno y me demoré más que en el primero. Revisé varias puertas y comprobé las vallas del perímetro. Me acercaba de nuevo a la puerta C cuando vi a lo lejos cómo llegaba un coche. Se detuvo y salió César con un paso dubitativo. Decidí mantenerme donde estaba, protegido entre un conjunto de fardos de pieles. César caminaba balanceándose hacia el gordo que lo esperaba de pie; al andar abría los brazos y los agitaba. Dijo algo que no entendí del todo, pero sí las últimas palabras: bola de sebo. Al llegar a su altura el gordo le dio un puñetazo en el pecho. César se fue al suelo. Tuve la sensación de que esa escena ya la había vivido. Pensé en aquel punto del plano, un segmento de recta y dos óvalos con dos equis dentro. César, ya incorporado, hacía esfuerzos por respirar. El gordo intentó darle otro puñetazo, pero falló. César se abrazó a él y cayeron. Permanecían anudados, como dos luchadores cansados, amagando golpes.
Creo que César le mordió porque el gordo lanzó un grito agudo. No lo soporté más y dejé de mirar. Me deslicé hacia el suelo apoyando la espalda sobre los fardos. No estuve mucho tiempo así. Se hizo el silencio. Me incorporé creyendo que todo había terminado. Me equivoqué. Estaban los dos de pie. César tenía el arma en la mano. El gordo le decía algo. Yo veía dos siluetas, una apuntando a la otra. El gordo extendió el brazo. Quise decir algo y en ese momento oí el disparo.
Al enfocarlos con la linterna, una de las siluetas mantenía la pistola en la mano. La dejó caer y se dio la vuelta. Olía a pólvora y a mierda. El cuerpo tendido tenía sangre en el pecho y en la oreja. Sus ojos estaban abiertos y parecían mirar la carta de papá esquimal en el suelo. Recuperé la carta, la limpié y la metí en el bolsillo. En silencio fui recogiendo las cartas una a una.


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Ilustración: Christian Hoischen, Fat and Guilty, 2005

La mano del pescador

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La vi justo cuando se metió entre las ruedas. Una sombra negra. Sentí un golpe seco. Hueco. Paré el coche en el arcén y me bajé. No vi nada. “No puede ser”, me dije. Debieron pasar unos minutos. En la carretera no había nadie, a lo lejos dos casas. Los árboles, las nubes, todo permanecía quieto. Todavía con el susto en el cuerpo monté en el coche e intenté tranquilizarme. Reanudé la marcha y al hacerlo noté claramente como pasaba por encima de algo. Bajé de nuevo y allí estaba. Un perro negro, pequeño. “Atropellar al mismo perro dos veces”, me sentía mal y aun así me reí al pensarlo. Vi en las ruedas sangre y restos de pelo. El perro agonizaba y yo no quería mirarlo aunque lo miraba. “Qué mala muerte”, dije y me acerqué a cogerlo. Entonces me lanzó los dientes y me hizo un rasguño en la mano. Me separé. Cada vez que intentaba aproximarme el perro alzaba el hocico y me retaba con unos ojos rojos y violentos; en el pecho el corazón le golpeaba rápido y respiraba con dificultad. Pero no moría y siempre tenía una última fuerza para amenazarme. Sabía que ya no podía hacer nada. La herida de mi mano no parecía grave aunque tal vez tuviese que ponerme una vacuna. Decidí no seguir mirando y me fui.

Llegué a la ciudad más o menos a las seis y aparqué en los muelles. La tarde era tibia y el cielo se veía con una luz amarillenta, apagada. Me dejé llevar sin un destino fijo, casi sin la intención de pasear, por aquel puerto pequeño pensando en lo que me había traído a esa ciudad. Había leído un anuncio: “Mujer busca hombre para amistad.” Breve, sin ninguna indicación, sin ninguna condición. “Mujer busca hombre para amistad”. Tuve curiosidad y contesté aquella solicitud. Después de hablar varias veces arreglamos el encuentro. A las ocho. Había conducido doscientos kilómetros y atropellado dos veces a un perro para verla.

En el puerto un hombre al que le faltaba una pierna estaba sentado en el borde del muelle mientras cuidaba una caña de pescar. En el suelo, a su lado, junto a los útiles de pesca, descansaba una muleta. Él me vio y me miró con desconfianza. El mar parecía negro. “¿Qué se puede pescar ahí?”, me pregunté. Miré las barcas y me fijé en sus nombres, la mayoría de mujer. Me llamo la atención uno: “Invencible”. Sin quererlo dije el nombre en voz alta. “Es de Aurelio, el loco”, dijo él sin apartar la vista del mar. Un pez picó en la caña. Lo sacó del anzuelo y lo tiró de nuevo al mar. Me miró y dijo algo que no entendí: “Sólo quiero los invisibles”. Me dolía la mano y ver al tullido no me hizo bien. La imagen del perro casi muerto, de sus ojos lastimosos, de sus dientes dispuestos, me asustó de nuevo.

Me alejé del muelle y me dirigí al Café Central, en la Plaza Nueva, donde había quedado con la mujer que buscaba un hombre. Para la cita habíamos ideado una clave: ella llevaría un cuaderno de tapas malva y yo un pañuelo rojo en el bolsillo de la chaqueta. Las calles de la ciudad eran recogidas, muy estrechas. Me perdí y pregunté y al fin llegué a la plaza donde en un lateral estaba el café. Me preocupé al sentir, en ese momento, la mano dormida, pero ya estaba entrando en el café: un lugar amplio con mesas de mármol y una barra de madera en forma de óvalo. No había mucha gente. Suponía que iba a llegar el primero; me equivoqué, ella ya estaba allí esperando y escribiendo algo en el cuaderno. “Es una mujer fea”, me dije al verla. Vestía de negro, era flaca y parecía muy frágil. Tenía la piel gastada y el pelo corto. Pensé en el destino y en el fracaso, pensé en mi propia fealdad, pensé en el perro que había abandonado y en el loco que ponía a su barquita el nombre de “Invencible”. Enseguida me vio y cerró el cuaderno. Mantenía apenas una sonrisa mientras yo torpemente me sentaba.

–¿Leo...? –dije
–¿Antonio...? –al oírle decir mi nombre sentí un pinchazo en la mano. Sus movimientos eran lentos y su voz bella. Ya conocía la voz pero ahora, sin la mediación del teléfono, era más dulce, envolvente, sensual. Yo debía de estar pálido porque ella me lo dijo. En la zona del arañazo la mano estaba ligeramente hinchada. Los movimientos de Leo eran cada vez más lentos.

No debí contarle mi accidente. Me miró la mano y dijo que había que ir a un dispensario, que había que desinfectar la herida y poner una vacuna. Yo le dije que por unos minutos más no pasaría nada, que iríamos después de tomar algo y hablar. Aceptó. Pidió agua y yo un café. Señalando el cuaderno, y sin que yo le preguntase, me explicó que era un diario de sueños.

–Ah... ¿y qué soñaste hoy? –pregunté
–Hoy... no me acuerdo –dudó –pero hace unos días soñé que tú atropellabas un perro.
–¿Es una broma...?
–Claro... –respondió, y pude ver una luz en sus ojos.

Le conté que paseando en el muelle había visto a un pescador que quería pescar peces invisibles. Leo sonrió y dijo que lo anotaría en el diario, y añadió:

–No creo que piquen... Es un pescador que sólo espera. Un poco como nosotros, como tú y como yo. Espera algo y no sabe qué.

Quedamos en silencio. Yo estaba triste pero la mano había dejado de dolerme. Entonces se levantó y yo la seguí. Caminamos rápido hasta la casa de un practicante que Leo conocía. No recuerdo que en el trayecto nos dijésemos nada, y cuando llegamos, y ya en la casa, tampoco recuerdo que nos presentase. Leo le explicó lo que me había pasado mientras yo aguardaba a su lado, incómodo. Entramos en una sala que olía a yodo y alcohol y me senté en una camilla vestida con una sábana verde; le enseñé la mano y él juzgó que era necesario prevenir el tétano. Me puso una inyección y comenzó a contar algo acerca de la enfermedad. Leo había dejado de hablar y permanecía de pie como distraída, como si no le importásemos ninguno de los dos que estábamos allí. En una mano sostenía el cuaderno.

–Ayer volvió el sueño del espejo, ya sabes... –dijo el practicante dirigiéndose a Leo–. Es un sueño que tengo –me explicó a mí–. Mientras me afeito me veo en un espejo que se rompe y deja paso a otro que también se rompe y a otro más, así hasta que llego a un último espejo donde no se refleja nada.

Al salir de la consulta me acompañaba el eco de las palabras del practicante “...donde no se refleja nada”. Le quise comentar esas palabras a Leo aunque no me atreví. Nos despedimos y yo sabía que era la última vez que nos veíamos. Lo iba pensando mientras me acercaba al muelle donde había dejado el coche. La noche era cerrada y la iluminación escasa del puerto no permitía distinguir los nombres de las barcas. No había nadie. Tropecé con una muleta abandonada y por segunda vez en el día me reí. “Aurelio, loco...”, dije en voz alta, “...buena pesca”. Ya en el coche seguí pensando en Leo y en el sueño del practicante. Cuando me estaba acercando al lugar donde había atropellado al perro aminoré la marcha. Me era difícil precisar el lugar, también es posible que al perro lo guardase la noche, por más que miré no lo vi. Ahora pienso de nuevo en ellos, pienso que es Leo la que se esconde en los espejos de aquel sueño. También tengo la sospecha de que ella realmente soñó que yo atropellaba a un perro. Es sólo una sospecha, pero desde entonces el único sueño que recuerdo es el de un hombre que en una carretera vacía golpea una sombra con su coche.


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Ilustración: Paul Klee. The golden fish, 1925

La máscara de Baltasar

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En los Almacenes Maravillas necesitaban un rey mago. No pierdo nada por intentarlo, me dije. Cubrí el impreso de solicitud y con las mentiras precisas lo dejé en las oficinas de la última planta. Mentí en ocupaciones anteriores y en aficiones, nada grave. A los dos días me llamaron. Allí estábamos tres. Ya sabéis lo que hay, nos dijo el encargado. Tú, me dijo a mí, serás Baltasar. No se me ocurrió preguntar por qué yo. El encargado inició su lista de recomendaciones: ante todo mucha amabilidad, unos caramelos y tal, pero nada de entreteneros con los chavales que a los padres no les gusta esperar en la cola. Lo importante es la foto. Quiero sonrisas en la foto, quiero que los padres compren la cara de sus pequeños diablillos con vuestra jeta sonriente. ¿Entendido? El encargado era un tipo metódico y no me cayó mal. Bueno, no tiene que ser tan difícil, pensé.



Nos citó al día siguiente a las cuatro y media de la tarde. Llegamos puntuales y él no. En el tiempo que estuvimos esperando pude observar a mis dos compañeros, Gaspar y Melchor. El figurante que haría de Gaspar se llamaba justamente Gaspar y era la segunda vez que lo cogían. Melchor, sin embargo, dijo llamarse Mario. Son tipos normales, me dije. Ni jóvenes ni viejos, ni alegres ni tristes, ni especialmente amables ni huraños. Charlamos un rato acerca del trabajo y en esto escuchamos atentos las explicaciones de Gaspar. Su experiencia lejos de animarme me entristeció, no así a Melchor que celebró algunas anécdotas y no dejó de admirarse de la coincidencia de que Gaspar se llamase Gaspar. 



Cuando llegó el encargado nos preguntó incómodo que a qué esperábamos para disfrazarnos. Tomé conciencia entonces de mi situación. A mí nunca me gustó disfrazarme, las pocas veces que lo había hecho viví el disfraz como un cuerpo inesperado que me asfixiaba. Una vez que me había puesto una careta de cartón, al verme en un espejo a través de los círculos de los ojos, me enfrenté a un sonámbulo que no era yo. Tendría que haber dimitido de rey mago allí mismo, pero ya era tarde. En el sótano de los Almacenes Maravillas nos esperaban los útiles del disfraz: las barbas postizas, las túnicas y capas, las babuchas, los turbantes y coronas, los adornos. A mí el betún. 



Al empezar a maquillarme sentí algo extraño, era como si se endureciese mi cuerpo. Todo mi cuerpo. Para mi sorpresa no me disgustó la sensación. Parecía estar en la piel de un animal disecado. Me puse unas medias blancas y unos pantalones bombachos de un color indefinido, quizá gris, unas babuchas con unas hebillas enormes y una túnica verde botella. Completé el disfraz con el turbante, la capa y unos guantes amarillos. No me miré pero pude verme al contemplar a los otros dos. Nos reímos. Pensé que eramos semejantes a tres muertos escondidos; aún así me alegré de ser Baltasar y cuando el encargado nos vio le guiñé un ojo en señal de agradecimiento. Él no se dio cuenta.



Comenzamos nuestro primer día a las seis de la tarde en la primera planta. Nuestros tronos se situaban sobre una tarima forrada con una moqueta roja y protegidos por unas cintas también rojas. Ese día no hubo muchas visitas. Los niños nos entregaban sus cartas y se sentaban en nuestras rodillas para la foto. Les dábamos unos caramelos y les sonreíamos. Yo observaba a Gaspar y poco a poco pude alejar mi tristeza. El preferido era Melchor. Y no lo hacía mal. Parecía hablar más que ninguno con los niños y aunque algunos se asustaban, pronto los ganaba con las manos, los ojos, la barba blanca. De vez en cuando el encargado se acercaba para mirarnos y ver que todo iba bien. Todo iba bien. Al terminar, aunque no nos felicitó, pude comprobar que tenía una mueca de satisfacción en su cara. 



Por la noche bebí en exceso. No conseguí quitarme del todo el betún ni un cierto olor a cerrado de la túnica que sólo ahora percibía. Tomé mucho vino pero está vez no lo hacía para olvidar ni para celebrar. No sé porque lo hacía. Tal vez por el betún. Al llegar a mi habitación mil rostros de niños daban vueltas alrededor de la lámpara del techo. Estás más jodido de lo que pensabas, me dije. Me dormí deseando que aquel carrusel dejase de revolotear sobre mí. Pero al levantarme fue peor. El carrusel lo tenía dentro de la cabeza. 

Me puse un café muy cargado y me tomé una copa de coñac. El carrusel empezó a pararse. Tenía que estar a las once y media en los Almacenes. Al recordarlo sentí un pinchazo profundo en las sienes. Me temblaban las manos y tenía un vacío próximo al vómito en las tripas. Llegué tarde. El encargado me miró mal. Gaspar me miró mal. Melchor no me miró. Yo me encogí de hombros y volví a darme el betún.



La mañana era aburrida. ¿A quién se le ocurre visitar a los reyes magos por la mañana? Llevaba cinco niños, cinco sesiones de carta, caramelos y foto. Después de unas horas había conseguido controlar la resaca y el temblor de las manos. La mañana llegaba a su final y yo necesitaba al menos unas cervezas. Me estaba moviendo en el trono cuando vi acercarse a un niño y una niña. Son hermanos, pensé. La niña fue a Melchor y el niño vino a mí. Le pregunté cuántos años tenía y cómo se llamaba. Siete, me dijo. Soy Antonio, pero puede llamarme Toni. Era el niño más resuelto con el que había hablado. Bien Toni, ¿has escrito tu carta? Sí, contestó, y la sacó del bolsillo. En la carta están los juguetes pero yo quiero que me traiga una cosa en secreto. Esto último lo dijo bajando la voz. Ah sí, y ¿qué cosa?; yo estaba verdaderamente interesado. Quiero una máscara de caníbal, dijo mirándome a los ojos. Una máscara de caníbal con los dientes de acero, precisó sin apartar la mirada. Melchor había terminado con su hermanita y vi como la niña se acercaba a su madre y vi como la madre esperaba al niño. Era una mujer atractiva, vestía bien, tenía el pelo largo, las piernas largas y un escote prometedor. Algo le pasó a mi segunda piel porque desde ese momento no pude quitar la vista de la madre del niño. Veremos que se puede hacer, Toni, dije sonriendo de veras por primera vez en la mañana. El año pasado se la pedí a Gaspar y no me la trajo, se quejó. Pero este año... he dibujado la máscara que yo quiero. Y metiendo su manita de nuevo en el bolsillo me acercó una hoja de bloc cuadriculada. Le pregunté: y esto que quieres ¿lo saben tus padres? Mi padre no está y mi madre no lo sabe, fue su respuesta. Al irse, Toni volvió la cara y yo le dije adiós con la mano mientras me perdía en las caderas y en la cuidada melena de su madre. Esa misma noche, después de la taberna, soñé que la comía.



Fue difícil hacerme con una máscara que se pareciese a la del dibujo. El problema eran los dientes. Fueron Melchor y Gaspar los que lo solucionaron. Cuando se lo conté me miraron asombrados. Gaspar no recordaba al niño de la máscara. Observé que algo había cambiado en su valoración sobre mí. Un borracho vencido por la ternura de encontrar un regalo imposible o algo así. Un verdadero rey mago. Les pareció una buena idea y la tarde del tres de Enero me trajeron la máscara con sus dientes de acero. Una máscara en forma de avellana con dos grandes huecos en los ojos e hilos de esparto alrededor de la frente. La habían pintado en tres colores: rojo, blanco y negro; y habían puesto dos piezas de metal en el labio superior. 



En la hoja de bloc Toni había apuntado su dirección y teléfono. Podía haber llamado esa misma noche pero de repente sentí pánico. Tal vez porque estuviese sobrio. A la mañana siguiente me venció el deseo. Había soñado que estaba encerrado en un laberinto de oficinas. Estaba desnudo y mojado, las oficinas se estaban inundando, todo flotaba a mi alrededor y yo me ahogaba. Al despertarme me miré en un espejo: tenía los ojos negros, la nariz negra, las orejas negras. Entonces la llamé. No me salían las palabras y ella estuvo a punto de colgar dos veces, pero al decirle que era Baltasar, el rey negro de los Almacenes Maravillas, ella pareció comprender. Le dije lo de Toni y la máscara y ella siguió entendiendo. Quedamos en que me pasaría por su casa por la tarde después de mi función en los Almacenes. Envolví la máscara con el primer papel que encontré y me la llevé. La tuve todo el tiempo cerca de mí, en mi trono. Me encontraba casi feliz, despejado, lúcido. Era el rey mago Baltasar cuidando la ilusión de los niños y un regalo secreto.



La casa quedaba en las afueras, una casa de dos plantas rodeada por un pequeño jardín. Llamé y me abrió. Me dijo que los niños estaban durmiendo, me invitó a pasar y me ofreció un café. Le dije que sí. Yo estaba nervioso, ella se movía con total naturalidad y me hacía bailar viendo los volantes de su falda gris. Me preguntó que cómo era la vida de un rey mago y a qué me dedicaba cuando no ejercía. Le dije la verdad pero sospeché que no me creía. Abrió el paquete con la máscara y me dijo que le daba miedo. Yo le dije que a mí también me daba miedo. Volvió a envolver la máscara y, esta vez sí, se parecía a un regalo. Me iba a despedir cuando la miré a los ojos.

Todo fue muy rápido. Lo vi en sus ojos salvajes, en su cuello. Lo vi en su falda de volantes. Lo vi todo mientras se acercaba a mí y me besaba y me acariciaba. Decía palabras que no he conseguido olvidar. Me abrazaba con sus piernas y yo me encerré en su pelo y apreté en sus caderas. Nos ardía la piel. Unas gotitas negras resbalaron de mi nuca a su pecho. Pensé que el betún era mi vigor. Gruñíamos. Realmente me desmayé en su sexo. Entonces vi también a los niños. Allí parados, cogidos de la mano. La niña llevaba una máscara puesta, una máscara con dos dientes metálicos. A Toni le brillaban los ojos y a la máscara le brillaban los dientes. Toni tenía el paquete sin abrir en la otra mano. Es una verdadera máscara de caníbal, gritó el niño alzando el regalo mientras yo me levantaba. Me fui sin decir nada dejando atrás el cuerpo de aquella mujer y a sus hijos caníbales.

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Ilustración: Charles Cham, Woman with mask, 2008

El escritor de horóscopos

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Damián Cifuentes se dispone a escribir el pronóstico de Acuario cuando le parece escuchar que unas uñas arañan su puerta. Durante un momento contiene la respiración y se concentra en el sonido. Sospecha que tal vez no sean uñas sino el ruido de una ganzúa intentando abrir la cerradura. Cree necesario hacer algo y sin saber muy bien qué se levanta y va hacia la puerta. La mira como si pudiese ver lo que hay al otro lado, pero la puerta le devuelve sólo silencio; lo que fuese ya no está. Poco a poco va recuperando la calma. Enciende la luz y se atreve a mirar por la mirilla. No hay nadie. Coge una silla y asegura la entrada. Ahora piensa que pudiera ser un animal, sí, un gato ¿Por qué no? Casi aliviado resuelve dejar el trabajo e intentar dormir. Se acuesta y se esfuerza en traer a su memoria las frases con las que construir el horóscopo. Muchas noches se duerme así aunque hoy la sombra del miedo reciente lo mantiene despierto. Se levanta y va de nuevo hacia la puerta para comprobar una última vez que no hay nadie tras ella. Es entonces cuando ve el sobre a sus pies.

Es un sobre blanco, normal. Lo observa sin decidirse a recogerlo. La situación le resulta extraña pero vence sus recelos y, al fin, lo tiene en las manos. Escrito con una caligrafía precisa va dirigido al profesor Solá. Allí mismo lo abre. Contiene un folio redactado con la misma letra redondeada, firme, esmerada. Lee: “Sr. Solá: Mi hijo se deja influir por el horóscopo que usted escribe. Sí, usted no tiene la culpa y tiene que perdonarme por mi atrevimiento. No haría esto si las circunstancias fuesen otras y no temiese por su vida. Reitero que usted no tiene la culpa y que sabrá perdonarme. Él cree que es a través de su horóscopo como se le revela su destino. El asunto es delicado porque yo no quiero que usted falte a la verdad, y aún así me atrevo a pedirle que ese destino que usted escribe tenga en cuenta, en el signo de Acuario, mi suplica. Mi preocupación va en aumento y no lo merecemos. Escriba Acuario dejándose guiar por la bondad. Sé que lo hará y será de gran ayuda. No puedo más que darle las gracias de antemano”. Da la vuelta al folio. Nada. Vuelve a leerlo con una sensación de incredulidad. Le brillan los ojos aunque no por la tristeza de la carta sino porque comienza a acunarse en la pequeña felicidad que nace del reconocimiento.

Dos años atrás Damián Cifuentes aceptó una propuesta de un amigo que trabajaba en el diario: “Podías hacer el horóscopo en el suplemento”. No pagaban mucho pero el trabajo le servía para completar una nómina también escasa que recibía de la agencia de publicidad. Una semana decidió poner un título y una firma a su sección y en el periódico no les pareció mal: “Horóscopo semanal del profesor Solá”. Al personalizar la sección, su nivel de exigencia con la redacción de los textos aumentó. Estudiaba las frases, valoraba los adjetivos, buscaba la sorpresa. Es cierto que Damián apenas sabía algo de astrología aunque pronto descubrió que esto no tenía importancia. Tampoco creía en las predicciones, ni en las suyas ni en ninguna. Nadie creía o eso pensaba él.

Cada Viernes entregaba el texto que empezaba a escribir el Lunes a razón de tres signos por día. Tenía 600 palabras para la columna. Esta medida, que al principio le parecía excesiva, ahora le resultaba una limitación difícil de sobrellevar. Creaba los consejos de cada signo con paciencia y procurando no repetirse de semana en semana. Sabía que la gente no leía la totalidad de los signos pero también intuía que el que se acercaba al horóscopo nunca leía sólo uno. Un día la secretaria de su amigo le estaba esperando: “Sucedió exactamente como usted dijo”. Podía haber preguntado acerca del suceso pero algo en su interior le impidió hacerlo. La miró con una expresión jovial y sólo respondió: “Gracias”. Así supo Damián que basta con que alguien lo crea para que lo que escribas sea verdad.

El éxito o su sospecha fue configurando la personalidad del profesor Solá y también la de Damián. En poco tiempo los mensajes del horóscopo cambiaron de un tono neutro a uno cálido y cercano, las palabras transitaban en la frontera de la poesía alejándose de los textos convencionales del resto de los escritores de horóscopos con los que “Damián Solá” se comparaba. Empezó a creer que había un sentido oculto hasta en lo intrascendente; que nada, ni el que pudiera parecer el más nimio de los actos, es irrelevante porque todo esta unido entre sí, formando una invisible cadena de hechos y acontecimientos; él también se daba cuenta: Damián Cifuentes creó al profesor Solá y Solá transformó a Damián.

Se sienta en la cama y lee por tercera vez la carta, esta vez más despacio, como si midiese las palabras y pudiese saber lo que cada palabra esconde. Concluye que es sincera. Él no tiene ninguna predilección por ningún signo, ni siquiera el suyo, y es un favor que no le costaría nada atender. No conoce la naturaleza del mal que amenaza al hijo anónimo: ¿una enfermedad? ¿una adicción? Por otra parte puede ser un asunto oscuro o una alucinación o un mal indefinido. ¿Cómo saberlo? Va al escritorio y retoma la redacción. Bajo el signo de Acuario escribe: “El atardecer tiene la luz que tú sabes ver. Escucha en el atardecer tu voz que dice: sal, llega, vence. Así es más fácil. LLega, vence. En el atardecer estará tu dicha. Vence.” Le parece que se ajusta a la petición y que es un texto que no hace sino profundizar en el estilo Solá. Se siente satisfecho.

Al día siguiente indaga en el periódico acerca de si alguien ha preguntado por su dirección, pero nadie lo recuerda. Además, en el periódico no darían una dirección personal. Piensa en una relación indirecta: alguien que conocía su identidad había hablado con alguien y este a su vez con alguien. Nunca sabemos lo que otros saben de nosotros y hace tiempo que “Damián Solá” no se oculta. A la siguiente semana vuelve a cumplir su compromiso con Acuario: “Los amigos añoran tus alas. Aunque tú no lo sepas admiran tu vuelo. Las alas que nacen cuando te ríes les ayudan y les sorprenden.”

Pasan más días y más semanas y cada vez que Solá se pone a escribir el horóscopo le asalta el recuerdo de aquella noche y la suplica de la carta. Se extraña de no haber tenido más noticias. Él ha cumplido. Pero la necesidad de saber si el horóscopo que redacta está sirviendo de ayuda es cada vez más fuerte. Ha creado un vínculo cuando redactó el primero y quiere ponerle fin. No es que necesite escribir algo sombrío para Acuario, tampoco es que lo haga de modo habitual, sin embargo lo cierto es que a todos los signos, periódicamente, les reserva algún peligro, un riesgo no disimulado, un anuncio de un fracaso, algún contratiempo, un rechazo.

Acuario se ha librado de estas tristezas. Sus sentencias son las más cuidadas, las que juzga más bellas. Y lo bello es bueno porque si no, no es bello, piensa. Introduce, en el resto de los signos, frases que hacen referencia a una puerta que no se ha abierto. Una semana escribe en Virgo: “La puerta que no abriste te está esperando”. Otra en Cáncer: “Si vuelves a la puerta esta vez elige abrirla”. Pero no sucede nada. Cada vez le resulta más doloroso escribir el horóscopo. La relación que ha establecido entre el poeta y el adivino se resiente por culpa de aquel pacto en el que se ha comprometido a ser benévolo con Acuario. Ve las cosas más como Solá que como Damián. Y Solá quiere saber y ser libre.

La imagen de la puerta comienza a ser un clásico en el horóscopo y en su propia actividad. El escritor de horóscopos es alguien que araña una puerta, la puerta de la fatalidad, el tiempo, se dice a sí mismo. Solá se siente capaz de ver a través de esa puerta, capaz de encontrar las palabras que la abren y anticipan el camino. Piensa que a su alcance están no sólo las huellas posibles de un destino sino la memoria del futuro. Lo expresa así: “Nosotros hacemos el tiempo y sólo hay que saber cuales son los materiales para habitarlo plenamente, no ya las habitaciones pasadas, también las habitaciones que nos esperan”.

Ahora está escribiendo el pronóstico para su propio signo. Cree haber encontrado la solución. Escribe: “Aparecerá el mensaje que esperas. No dudes. Vendrán a tu puerta con nuevas noticias y lo que creías roto se recompondrá. No dudes. Llaman a la puerta. Serán buenas noticias”. Termina así el horóscopo de Acuario. Lo lee. Cambia el final por “Recuerda, mientras esperas, lo que una vez fuiste”. Lo juzga acabado. Antes de pasar a Libra se concentra en los sonidos del exterior. Le parece escuchar como alguien araña su puerta. Se levanta. No tiene miedo. Mira, como aquella vez, por la mirilla. Pero no hay nadie. Está a punto de llorar. Vuelve al horóscopo. Piensa: lo que fue está siendo siempre. Todavía conserva el folio del primer mensaje. Lo busca. Lo tiene en las manos. Hay algo en la letra que en este instante le resulta familiar. No puede ser, se dice. Arruga el papel, lo rompe. Le tiemblan las manos. “Estas tú solo, estas tú solo y hoy es mañana, mañana”, repite mientras lee aquella carta escrita con la caligrafía precisa de Damián Cifuentes.

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Ilustración: Pavel Sukdolak, Befor night

Un espejo en el jardín

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Era muy pequeña y mi hija ya sabía el nombre de los árboles y las flores. Jugaba conmigo a cuidar el jardín. Ahora tiene 10 años y le gusta escribir pequeños poemas donde aparecen camelias y buganvillas, donde los limoneros son rojos y hay tilos enanos y tulipanes y narcisos. Hoy me dijo que ha empezado un cuento y que lo ha titulado El mundo paralelo. Me leyó un poco y me sentí intranquilo. En su historia una niña, Wendy, vive en un mundo paralelo que se comunica con éste a través de un túnel hecho al pie del camelio que crece en medio de nuestras azaleas. “¿Y qué sucede en el mundo paralelo?”, le pregunté. “En el mundo paralelo todo es igual que aquí... salvo que sus habitantes no tienen ombligo”, me dijo dudando. No hice más preguntas. Volvió a concentrarse, muy seria, mirando al teclado como si allí, entre las teclas, estuviese atrapada la historia.

Hace tiempo yo también elaboraba cuentos. Fue antes de que ella naciera y de que a mí me comenzasen a visitar más silencios que palabras. Recuerdo haber imaginado un argumento para un relato que no llegué a escribir y que iba a llamar La Antitierra, un título que debía al artificio pitagórico de incluir entre los planetas a uno invisible, de modo que coincidiese su número con el de las musas. Pensaba contar las aventuras de una expedición a la simétrica Antitierra que imaginaba como un mundo en el que se repetían los rostros, los gestos, los sucesos del nuestro. Imaginaba también que en la Antitierra era imposible la memoria y que cada día, aquellos antípodas, lo vivían como nuevo. Abandoné este argumento porque no fui capaz de solucionar un problema en la trama: un viaje a un planeta espejo necesariamente implicaría que los reflejos también viajasen.

Pensando en el cuento de mi hija y en la incógnita del mío salí al jardín. Los agapantos ya crecidos lucían sus cuellos azules y parecían, como siempre, vigilantes. Comprobé que en las puntas de las ramas de la higuera empezaban a brotar las brevas. Acaricié las flores del rododendro y proclamé a las buganvillas ganadoras en su competición con el rosal. Inevitablemente me acercaba a la zona donde el camelio, acompañado de las azaleas, reinaba tranquilo. No había ningún túnel, claro, ¿cómo iba a haberlo? Decidí entonces recoger los caracoles de las ramas de las hortensias y, más sereno y con mucho más cuidado, de las hojas de los agapantos.

Entré en casa, en la cocina mi hija se disponía a comer un trozo de pastel de manzana. Me dijo que ya había escrito el primer capítulo de su cuento. Se titulaba El ombligo de Wendy. “A Wendy le nació un ombligo”, me explicó. Y continuó: “Ahora es igual que yo”. En ese instante sonó el teléfono.

Descolgué el auricular. Al otro lado no se oía nada. Había un silencio mineral, un eco en el que podía reconocer mi propio silencio escuchándome.

–Soy yo –dijo una voz al fin.

Decir que nunca había oído aquella voz no sería verdad. Si dijese que se parecía a mi voz también mentiría. En realidad, creo saber ahora, era como si yo mismo estuviese hablando. Me causó una profunda sensación de desagrado.

–¿Quién?
–Yo. Tú... –balbuceó la voz
–¿Por quién pregunta? –dije venciendo mi rechazo

No obtuve respuesta; se escuchaba un sonido metálico que parecía ahogar la voz. Mi memoria aquí es resbaladiza: no sé el tiempo que pasó; las cosas se desdibujaban a mi alrededor, sus perfiles se convertían en trazos líquidos. Tampoco sé como conseguí recuperarme y hablar.

–Sí, oiga. ¿Me oye? ¿Quién es? –repetí
–Yo. Soy yo. Pregunto... por usted... por mí. Ramón Gil. ¿Es usted, Ramón Gil?
–¿Qué? Sí. Yo soy Ramón Gil. ¿Quién es usted?
–Yo soy Ramón Gil –me respondieron
–Como broma ya está bien.

Colgué. Estaba cansado y triste, atrapado por un tristeza lenta y pegajosa que nunca había sentido. Volví a la cocina, la tarta de manzana estaba intacta. Se repitió la llamada. Dejé sonar el teléfono, una, dos, tres veces. Descolgué y de nuevo me envolvió un silencio espeso, como si todos los sonidos los hubiese mordido una boca única. Colgué. Me dije: “Debes tranquilizarte”. A la tercera ocasión que el teléfono sonó pensé estar preparado. Después del silencio oí una respiración precipitada.

–Es muy importante. No debe colgar, por favor, no cuelgue... –dijo la misma voz.
–¿Quién es usted y qué quiere? –dije mostrando todo el aplomo del que era capaz.
–Yo, yo... quiero hablar sobre mi hija... sobre Wendy.
–¿Qué? –elevé mucho la voz. Temblaba y apenas podía respirar.

Quizá la conversación no tuviese lugar, no lo sé. Quizá fui yo el que creé este delirio. El problema está en que no estoy seguro de saber quién soy. Sé que al salir al jardín, después de vencer la asfixia, vi las flores y los árboles y desconocía sus nombres. Sé que alguna vez quise escribir un cuento en el que unos viajeros quedaban cautivos en un mundo en el que no había recuerdos. Sé que escribo ahora y que tal vez mañana vuelva a escribir lo mismo o nada. Quizá mañana sea hoy. Sé que el olvido es dulce y perfecto. Estoy en medio de unas flores amarillas que bordean un árbol solitario. Espero algo, no sé. Alguna vez, en otro cuento, imaginé que tenía una hija y mi hija escribía cuentos y poemas. Pero no estoy seguro. Hay un amarillo que lo invade todo y yo lo veo, en silencio.


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Ilustración: Ales Knotek, Monon Me Hydor, 2006

La suerte de Olegario

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Cuando la madre de mi mujer sueña con un sapo colorado sabemos que alguna desgracia va a suceder. Puede ser, por ejemplo, una pérdida nimia como cuando se extravió un cascanueces que a todos nos gustaba aunque no lo utilizásemos porque nunca comemos nueces. Puede ser un accidente como cuando Edelmiro se despeñó en una excursión. O puede, y esto es lo que más nos asusta, ser una verdadera adversidad como cuando el agua se volvió amarilla a causa, luego lo supimos, de un pesticida que la envenenaba.

Hay una matemática oculta entre el sueño y la realidad, y no sabemos porque en las cuentas de Amadora -así se llama ella- una cifra anticipa a la otra. Para entendernos entre nosotros le hemos puesto nombre al colorado: le llamamos Olegario que era el nombre de mi suegro. Cada mañana le preguntamos: “¿Ha visto esta noche a Olegario?” y si responde que no hacemos nuestra vida con la seguridad de haber evitado una fatalidad. Mi mujer piensa constantemente en Olegario: “Y mira que si se le esconde en el sueño, que mamá esta ya muy mayor y a lo mejor no lo reconoce”, dice temerosa. Las pocas veces que viajamos lo hacemos con Amadora para, de esta manera, tener cerca su oráculo. Realmente no hacemos nada sin rastrear su sueño. Mi mujer vigila también sus siestas y las pequeñas pausas en las que mi suegra parece dormir despierta.

Hoy nacieron los gemelos. Fue, como siempre, un momento mágico. Salieron casi juntos, uno negro, muy negro, y otro con la piel dorada y rojiza. Al verlo, mi suegra exclamó: “¡Olegario, mi amor! y, ahí, al instante, se murió Amadora mientras su boca dibujaba una sonrisa pacífica. Vimos entonces el agua amarilla. Llegaba a borbotones una bilis ocre quemándonos, abrasándonos, rodeando la charca. Nos fuimos a saltos. Olegario nos miraba inocente acurrucado junto a Amadora pero no tuvimos valor para volver atrás.

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Ilustración: Andy Warhol "II.294: Pine Barrens Tree Frog", 1983

Sine díe

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Alguien dijo que había oído que en Plaza Minerva, esta misma tarde, comenzaría el fin del mundo. “Será un anuncio de unas rebajas o de una película de catástrofes”, pensé y volví a mis asuntos. Desde luego no era nada nuevo: el fin del mundo ya comenzó justo cuando el mundo empezó. Pero, poco a poco, me fue entrando una cierta curiosidad por saber lo que pasaría en Plaza Minerva. El rumor, tal y como llegó a mí, no precisaba ningún otro dato temporal, el “fin del mundo” tanto podía ser a las cinco como a las ocho. “Bueno, es igual, me voy allá con un libro y espero un rato”, me animé. Llegué a la plaza a las cinco y diez y no había nada especial, estuve merodeando por ahí hasta que encontré un buen sitio en la Cafetería Minerva. Desde la cafetería podía ver una panorámica de la plaza; amenazaba lluvia, pero ninguna de las dos amenazas había alterado el tráfico normal de las gentes de un jueves por la tarde. Pedí un café con leche, dejé el libro en la mesa y cogí un periódico. En la sección local me fijé inmediatamente en un pequeño anuncio: «Hoy a las seis de la tarde. Fin del Mundo en la Plaza Minerva. Acude.». “Así que era eso, una estrategia de la poesía de nuestro tiempo, la publicidad”, me dije. Aunque más bien parecía la llamada de una religión que comienza; sea como fuere, en ese momento, perdí totalmente el interés por ese “fin del mundo”. Reconozco que me intranquilizaba la palabra final, el imperativo «Acude». “Yo pondría «Huye»”, corregí mentalmente al poeta o filósofo publicitario, “aunque llegado el fin del mundo no habría «adónde». No, sería más apropiado «Reza» o «Disfruta» o «Despídete»”, me corregí a mí mismo. No podía dejar de fantasear con el mensaje mientras, a la vez, veía como la gente paseaba despreocupada ante la posibilidad de una lluvia cada vez más cercana, y totalmente ajena al apocalipsis. La tarde se había ido a un gris oscuro y tímidamente empezaban a caer las primeras gotas. O sea que no iba a haber “fin del mundo” pero sí, quizá, diluvio.

Había dejado de observar la plaza y terminado una lectura pausada del diario, cuando miré la hora: las seis y veinte. “Bien, fin del mundo clausurado”, me dije. Al salir vi a unos malabaristas con unas mazas y a un hombre en un monociclo. Un mimo se me acercó y me dio un folleto de colores muy vivos: «Agencia de Viajes Minerva. Sorteo de un viaje al Fin del Mundo». Ante mi sorpresa señaló una pequeña carpa, más parecía un tenderete, que habían montado al lado de la fuente donde una estatua de la diosa que da nombre a la plaza, vigilaba desde siempre la vida de la ciudad. Según me acercaba pude ver a más miembros del improvisado pasacalles publicitario, y en el centro de la carpa, una urna sobre una mesa en la que algunos iban depositando un exiguo formulario. Casi por lástima acepté cubrir los pocos datos que solicitaban y, aunque mentí en edad y aficiones, dejé mi nombre y una dirección de correo donde contactarme. Ni siquiera pregunté por el lugar del mundo elegido como destino del viaje. La lluvia empezaba a empapar la tela del toldo y a decolorar los maquillajes de los disfrazados anunciantes. Me fui con una prisa cierta alejándome del artificio que ya estaban desmantelando. “No les duró mucho”, pensé. La lluvia hacía huir a la gente en busca de refugio y pronto, era evidente, no habría nadie en la plaza.

Dejé atrás la cortina de agua que sí semejaba un diluvio, y alcancé la marquesina de la parada del autobús donde me quedé esperando para llegar a casa a salvo aunque no seco. El agua apretaba y hasta las espaldas llovían, la humedad y las tinieblas parecían haber venido para quedarse. Realmente llovía como nunca con una lluvia crecida en el océano que gritaba sin pausa. En la parada del autobús dos mujeres, también refugiadas en la marquesina, hablaban de modo confuso. Yo miré la hora: el reloj marcaba las cinco y diez. Me quedé atónito. Le pregunté la hora a las mujeres: “Son las cinco y diez”, me dijo una mirándome despacio. Y continuó: “He oído que esta tarde en la plaza Minerva es lo del Fin del Mundo”.

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Ilustración: Kwang Jean Park, "2005.18", 2005

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Hoy me desperté mística. ¡Qué le vamos a hacer! Es cosa del ángel, seguro. Apareció ayer, a eso de las seis, cuando yo estaba en la caja registradora. Fue una suerte porque no era mi turno, pero Teresita me lo cambió, que ella tenía médico, que anda un poco mal de la espalda o así. En todo el día no había pasado nada especial, ni hice nada que no hiciese miles de veces, pero, ya dije, eran eso de las seis y apareció el ángel. Me quedaban en la cinta unos yogures y una bolsa de legumbres, y tenía en las manos la oferta de la fruta del día, ese día clementinas, cuando oí, claramente, una voz distinta que decía “Soy un ángel de Samarcanda”. No tenía alas ni sonreía como dicen que sonríen los ángeles, y a mí, al verlo, me recordó el mar. Dijo que se llamaba Eliseo Errante y que venía a saldar una deuda. En realidad, hablaba como si yo no estuviese, y, a veces, me costaba entender sus palabras o no eran palabras, y cuando le fui a preguntar los motivos, desapareció. Seguí más o menos como siempre, aunque un poco inquieta, y un poco con un sabor en los labios que se parecía al salitre. Empecé a sospechar que Eliseo me había estafado, y que algo iba mal en el mundo de los ángeles, al menos en Samarcanda. Por eso hoy me desperté mística, que es como estoy cuando no sé muy bien que pensar y estoy a la espera de algo que no sé lo que es; tal vez sea porque Eliseo Errante, ángel de Samarcanda, tiene una deuda y, creo, volverá para pagarla. Se lo dije a Teresita y le dio por reír. Ella me dijo que no era un ángel sino un marinero senegalés que le dejó a deber un cartón de zumo de naranja y una caja de galletas. ¡Qué sabrá Teresita! Yo sigo pensando que sí, que era un ángel, y que la próxima vez vendrá con su alas, y yo me iré con él a conocer Samarcanda y otras fronteras.

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Ilustración: Patrick Hughes - Helpful Hints, 1986.

El otro

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Mi enemigo estaba en las sombras de mi sueño. Una máscara de vejez le ocultaba el rostro. Había trabajado duro para hacerme ver que nunca se traicionaría. Era seguro y certero; la mirada expresaba su confianza en haber resuelto de antemano la tarea; todo lo que cabía añadir era, pues, un adorno para su causa.

Yo ya había sospechado que su muerte había sido fingida. La noticia, que me había traído cierta paz, estaba envuelta en el artificio de la perfección. Decían que había muerto un mes de Junio, el día de mi 45 cumpleaños. No se sabía la causa, pero el rumor se acompañaba de detalles acerca de su desesperación por haber vivido bajo el peso de la costumbre de una venganza no realizada.

Ahora llevaba la decisión en las manos y su voz clara dejaba que las palabras midiesen mi miedo.

—¿No te aburres? —preguntó.

No esperó la respuesta y continuó:

—Yo no me aburro nunca. Te he perseguido hasta aquí y pronto serás nada.

El miedo ya era suficiente y en mi silencio me oí decir “...la niebla nivela todas las cosas...”

—Yo soy esa niebla. Ven —dijo él.

—Solo espero que tu violencia sea rápida —dije.

Entonces desperté. No había nadie. Me acerqué al espejo y vi mi rostro: su máscara me devolvía la mirada.

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Ilustración: Oldrich Kulhanek, Ecce Homo Nº7,1994

Cuenta atrás

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Julio Ayer me dijo que el miedo es redondo; que él lo sabe desde una vez que fue a un circo y vio a un trapecista caerse del trapecio.

—Se lo llevaron y la función continuó. Mira, al volver a casa le pregunté a mi padre sobre el hombre, no podía quitármelo de la cabeza, y todavía no puedo. Mi padre me dijo que me olvidase, que seguro que estaba bien, que los trapecistas eran de goma y que seguro, seguro que no le había pasado nada. Pero yo no le creí. Mi padre nunca me había mentido, ni siquiera con lo de los Reyes Magos. Tan pequeño y cuando le pregunté si existían los Reyes Magos me dijo, «¿Tú crees que existen?», y yo dije que sí. «Pues entonces existen». Así lo zanjó mi padre. Eso no es mentir. Pero cuando fue lo del trapecista yo no le creí.

Julio cuenta la historia del trapecista en cuanto tiene ocasión que es casi siempre, y ya de tanto oírla a mí me parece que estuve en el circo cuando la desgracia. Pero el trapecista no fue la única tristeza que asombró a Julio Ayer. Resulta -también lo cuenta aunque con mucha más reserva- que se encontró a un hombre muerto en el retrete del colegio en el que trabajaba.

—Se sabía que tenía deudas de juego, y mira, se colgó de una tubería en el váter de la primera planta. Era el director y así le evitó a su mujer la escena y no se lo reprocho. Yo era el conserje. Abrí la puerta y allí estaba con la cara ya oscura, muy oscura. Se me cayó el mundo. Desde entonces no pude volver por la primera planta y me tuvieron que cambiar de empleo. Eso gané. Pero la cara, la cara no la olvido.

Son historias que cuenta como si las hubiese que ver, como si quisiese agregarte a una nómina imaginaria de testigos de las muertes que él lleva en la mirada. Sin embargo a mí lo que de veras me resulta extraño es la relación de Julio con la edad. Desde hace mucho viene haciendo la cuenta con los setenta años.

—Será por mi apellido, que vaya apellido «Ayer». Es como estarse quieto en el tiempo. Y no sé, un día empecé a contar los años como desde «Mañana» y elegí los setenta porque era una edad que me parecía muy seria. La edad en la que se dobla el cuerpo. Mira, cuando fue lo del trapecista me faltaban cincuenta y nueve para los setenta. Pero es ahora y mira, todavía puedo ver aquel último giro en el que al trapecista le fallaron las manos, y cayó hasta dar un golpe seco y hacer un silencio de muerte en la pista. Yo tenía los ojos muy abiertos, muy abiertos, y no sé por qué miré arriba, al trapecio, y, entonces, lo vi. Vi al trapecista, saludando, esperando el aplauso. Era como si hubiese acertado con el trapecio y no hubiese caída, ni golpe, ni silencio. Pero al volver a mirar al suelo realmente vi que se lo llevaban en volandas, y tuve miedo de volver a mirar arriba. Desde entonces, cada vez que tengo miedo, me veo en un trapecio después de caer. Y mira, lo que me causa más miedo es el miedo. Me pasó con el suicida. Le vi la cara casi negra, cerré los ojos y el trapecista me saludó. Por eso sé que el miedo es redondo, porque el trapecista era yo, entiendes, yo estaba arriba en el trapecio, feliz, tan feliz como cuando esperaba mis regalos la noche de reyes.

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Ilustración: Nobuko Watabiki, Laughing Away, Marching Up-Side Down, 2002
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