Espera



En una calle de Nápoles vi un caracol dorado que llevaba una pintada en su caparazón. En Nápoles no sólo las calles tiene su pintada, su color de aerosol, una firma encima de otra: “Lorena ti amo” en rojo y en negro “Ti amo Lorena”. En la herradura de la estatua de un caballo se puede leer claramente: “Solo Dio mi pulito”. Cuando llegué a la Piazza de Gesú Nouvo vi nacer un río entre unas bolsas de basura. Un río verde que avanzaba sin pausa hacia la aguja de la Inmaculada en el centro de la plaza. Un cuervo apacible y sin alas picoteaba en el agua del río. Huyó. En Nápoles, en el mes de Julio, el calor agota las sombras y hace arrugas interminables en el asfalto. Gusanos verdaderos salen de la tierra y van en procesión por las aceras o compran pescado y lo llevan en motos de colores chillones en las que también se ven los grafitis.

Si un huracán de cenizas saliese de nuevo del Vesubio, estoy seguro que Nápoles sobreviviría y todas las anatomías rotas volverían a mezclarse. Sé que las hormigas de Nápoles conocen esta verdad brutal. Se abrigan en conchas de nácar mientras aguardan el despertar del volcán y apuestan sobre el tiempo que falta para que la lluvia de lava cree un mundo distinto. Una de estas hormigas hacía con su sangre una pintada: escribía en el corazón de la Virgen “Mi piace il tuo occhi verdi”. En mis pies crecía un dolor injustificado como crecía también el río verde y crecían más sombras de cuervos sin alas y otra hormiga, o quizá la misma, escribía una y otra vez: “Le mani sulla pietá”.

Necesitaba descansar y en la Piazza Dante, pasando por la Port’Alba, entré en un bar y me senté en un sillón de dos plazas tapizado en terciopelo púrpura. Nadie me prestó atención. El sillón tenía heridas de cigarrillos y una cicatriz hecha a navaja y varias firmas amarillas y una gris. En la barra un hombre tuerto leía un libro mientras esperaba, tal vez, que la misma suerte de Pompeya llegase para petrificarlo a él, al libro, al Nápoles vivo y confuso, a mí, a los ríos verdes y cansados en los que se refleja el cansancio, a las lágrimas de plata de la Virgen de la Inmaculada, a las hormigas que apuestan y no enloquecen, a las cifras escritas al pie de las estatuas, a las ratas que saltan y vuelan, al ruido de los muertos y al silencio de los vivos. Sólo en Nápoles esta felicidad es posible.




Ilustración: Vaclav Hejna

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