Aniversario


Elisa Lázaro contempla a través de la ventana de su oficina un manto de nubes grises. Terminó sus tareas y espera a que llegue la hora de salir. Hoy es su cumpleaños. Las nubes no le sugieren nada. Son manchas, casi negras. «Nubes muertas», piensa Elisa. No quiere recordar, pero recuerda los días en los que el cielo traía formas vivas.
«Una viejecita desdentada con sombrero», decía su hijo. «Ahora un violín. Mira, mira, mamá. Escucha cómo suena.»
—Elisa, ¿estás bien? —le preguntan.
Le duele la cabeza. Desea llegar a casa, cerrar los ojos y descansar.
La hora llega. Recoge sus cosas, ordena los bolígrafos paralelos al borde de la mesa, se pone su abrigo de paño verde y sale. Siente frío. Se ajusta el abrigo hasta el cuello y guarda las manos en los bolsillos. Camina despacio. Se detiene en un semáforo. Una mujer se le acerca y le pide una limosna.
—Sea buena.
Extiende una mano sucia, recorrida por surcos muy profundos. Esa mano hiere a Elisa, que quiere huir, pero no puede. Se queda inmóvil. La mano le roza el brazo.
—Sea buena —repite la mujer.
Elisa levanta la vista. Ve una cara de piel gastada. Una cicatriz cruza la mejilla derecha desde el nacimiento de la oreja a la comisura del labio. Los ojos de la mujer son de color miel, pequeños. Un mechón de pelo negro y lacio cae sobre ellos. Elisa busca una palabra que encuentra y no dice. Reanuda el camino. La ciudad le parece más silenciosa. Todavía siente el roce de la mano y se estremece. 
Al llegar a casa se descalza y se recuesta en la cama.
—¿A quién iba a hacer yo daño? —se pregunta.
Regresa a los días de la terapia que siguió al accidente. Alguien había dicho:
—Nadie quiere estar solo.
Elisa no hablaba en las reuniones. Después de escuchar aquella frase buscó la fuerza necesaria para reconocer:
—Yo sí quiero estar sola.
Se mira las marcas de las manos.
—Yo sí quiero estar sola —repite.
El dolor no le pasa y decide tomar una pastilla. Coge una revista de viajes y la hojea mientras la pastilla, amarga, se disuelve en la boca. Soporta el sabor.
Le llama la atención un anuncio de vacaciones: una vista aérea de una isla tropical sobre una leyenda que dice:
«Más fácil que imaginarlo. Ven».
Es una playa blanca. El mar es azul turquesa y se confunde con un cielo sin nubes. Coge un lápiz rojo y escribe:
«¿Aquí?»
Deja la revista, aprieta el dedo índice sobre la sien y se queda dormida.
Despierta. El sueño se deshace antes de que pueda recordarlo. Sin saber todavía quién es ni dónde está, se abraza a la almohada. La aprieta con fuerza y, al instante, la deja. Se levanta, va al baño y se mira en el espejo. No tiene hambre, pero necesita salir. Se cambia de ropa. Se pone un traje de chaqueta morado y unas botas negras, se arregla el pelo, se pinta los labios de rosa pálido. Tras dudar, se coloca un camafeo de nácar y coral con una aguamarina malva. Coge un bolso negro y guarda en él la revista.
De nuevo en la calle comienza a andar. Toma la misma dirección de costumbre. Ni siquiera tiene que pensar adónde va. Empieza a caer una lluvia fina, casi inmóvil en el aire. Ve una pastelería y entra. Hay una hilera de mesas y todas están vacías. Elige la del fondo junto al ventanal. En el hilo musical los violines juegan entre sí. Se oyen como un leve rumor. La dependienta la atiende enseguida. Pide un chocolate caliente, un vaso de agua y una milhoja de crema. Saca la revista y la deja encima de la mesa. Le sirven el chocolate en una taza grande de porcelana amarilla. Está espeso y muy caliente. La milhoja viene espolvoreada con canela y adornada con un hilo de caramelo líquido. A Elisa le agrada esta forma de presentar el pastel.
Pasa las páginas de la revista. Mira las imágenes y apenas se detiene en los títulos: Ruta de la seda, el hilo dorado; Navega entre gigantes en los fiordos noruegos; Cipreses y horizontes infinitos en La Toscana. Y llega a la página donde está el anuncio del viaje al trópico. 
Alza los ojos y la ve. Es la misma mujer que le pidió bondad. Se ha sentado en una mesa cercana a la puerta. Junto a ella hay un niño. Elisa piensa que su hijo tendría ahora la misma edad que ese niño. Aparta la mirada. Toca su camafeo. Fuera la lluvia arrecia.
Se obliga a volver a la revista. Pasa las páginas rápido y se detiene en una fotografía de una catedral bizantina.
Empieza a leer en voz baja para escuchar su propia voz y alejar los recuerdos:
«San Petersburgo es un lugar ideal para los amantes del ballet y la ópera. Existe la posibilidad de ir a uno de los teatros más famosos del mundo, el Teatro Mariinsky.»
Se imagina en San Petersburgo. Le gustaría, en una noche de invierno, asistir al ballet. Repite varias veces el nombre:
—Mariinsky.
Lo dice arrastrando la r y alargando el sonido de la doble i. Se sobresalta al oírse.
«Debería irme», piensa.
La dependienta sirve a la mujer y al niño dos tazas amarillas iguales a la suya. 
Elisa vuelve a fijarse en el niño: viste una sudadera azul muy gastada con el número 11 bordado en blanco sobre el pecho. Tiene el pelo revuelto. Se ha descalzado y está sentado sobre una de sus piernas. Con el pie desnudo de la otra empuja distraídamente unas zapatillas de tela, muy sucias y deshilachadas. Elisa no consigue apartar la vista de las zapatillas. El niño se ríe, pero ella juzga que es una risa forzada. 
La dependienta sale del mostrador y les lleva dos pasteles. Dice algo que Elisa no puede oír. Le extraña que se dirija al niño.
La mujer levanta la vista. Elisa tiene la impresión de que la cicatriz que le surca la cara es ahora más grande. La mujer mira a Elisa con sus ojos vivos. Sonríe.
A Elisa le golpea el dolor. Miles de alfileres se le clavan en la cabeza. Cierra los párpados y con una mano presiona la mesa. Cada alfiler que cae es un pinchazo profundo de luz. En esos momentos el tiempo se detiene. El último alfiler le alcanza los ojos y cuando los abre ve una oscuridad blanca.
Los perfiles de las cosas se difuminan en sombras. Ve la sombra de la dependienta. Ve las sombras de la mujer y el niño.
Los cuerpos son de ceniza. Tiene miedo y quiere llorar. Las luces blancas se apagan y el espacio recupera sus formas. Le arden las mejillas.
La mujer y el niño se levantan y van hacia la puerta. El niño dice con una voz dulce: «Adiós».
Justo antes de salir, se gira y mira directamente a Elisa. Tiene los ojos brillantes, los labios manchados de chocolate. En la mente de Elisa se agolpan imágenes de un niño gritando sin voz.
Los dos salen y se pierden en la calle mojada. Elisa permanece inmóvil. Dirige la vista al lugar que ocupaban y ve que las zapatillas siguen allí, debajo de la mesa.
—Va descalzo —alcanza a decir.
La dependienta se sorprende y se acerca.
—El niño que estaba ahí —y señala la mesa donde permanece una taza amarilla—. Va descalzo. ¿Cómo es posible? ¿No las ve? En el suelo, las zapatillas.
Se intenta levantar apoyándose en la mesa y, al hacerlo, le falla la mano y desplaza la revista, que cae y se abre en la página en la que, sobre un cielo sin nubes, está escrito en rojo: «¿Aquí?».


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Ilustración: Carolyn Cole, Blue 70912

1 comments :: Aniversario

  1. Magníficos tus cuentos...cautivadores.
    Y tus poemas...arrebatadores.
    De nuevo, enhorabuena.

    Un saludo.
    M.

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