
Alguien dijo que había oído que en Plaza Minerva, esta misma tarde, comenzaría el fin del mundo. “Será un anuncio de unas rebajas o de una película de catástrofes”, pensé y volví a mis asuntos. Desde luego no era nada nuevo: el fin del mundo ya comenzó justo cuando el mundo empezó. Pero, poco a poco, me fue entrando una cierta curiosidad por saber lo que pasaría en Plaza Minerva. El rumor, tal y como llegó a mí, no precisaba ningún otro dato temporal, el “fin del mundo” tanto podía ser a las cinco como a las ocho. “Bueno, es igual, me voy allá con un libro y espero un rato”, me animé. Llegué a la plaza a las cinco y diez y no había nada especial, estuve merodeando por ahí hasta que encontré un buen sitio en la Cafetería Minerva. Desde la cafetería podía ver una panorámica de la plaza; amenazaba lluvia, pero ninguna de las dos amenazas había alterado el tráfico normal de las gentes de un jueves por la tarde. Pedí un café con leche, dejé el libro en la mesa y cogí un periódico. En la sección local me fijé inmediatamente en un pequeño anuncio: «Hoy a las seis de la tarde. Fin del Mundo en la Plaza Minerva. Acude.». “Así que era eso, una estrategia de la poesía de nuestro tiempo, la publicidad”, me dije. Aunque más bien parecía la llamada de una religión que comienza; sea como fuere, en ese momento, perdí totalmente el interés por ese “fin del mundo”. Reconozco que me intranquilizaba la palabra final, el imperativo «Acude». “Yo pondría «Huye»”, corregí mentalmente al poeta o filósofo publicitario, “aunque llegado el fin del mundo no habría «adónde». No, sería más apropiado «Reza» o «Disfruta» o «Despídete»”, me corregí a mí mismo. No podía dejar de fantasear con el mensaje mientras, a la vez, veía como la gente paseaba despreocupada ante la posibilidad de una lluvia cada vez más cercana, y totalmente ajena al apocalipsis. La tarde se había ido a un gris oscuro y tímidamente empezaban a caer las primeras gotas. O sea que no iba a haber “fin del mundo” pero sí, quizá, diluvio.
Había dejado de observar la plaza y terminado una lectura pausada del diario, cuando miré la hora: las seis y veinte. “Bien, fin del mundo clausurado”, me dije. Al salir vi a unos malabaristas con unas mazas y a un hombre en un monociclo. Un mimo se me acercó y me dio un folleto de colores muy vivos: «Agencia de Viajes Minerva. Sorteo de un viaje al Fin del Mundo». Ante mi sorpresa señaló una pequeña carpa, más parecía un tenderete, que habían montado al lado de la fuente donde una estatua de la diosa que da nombre a la plaza, vigilaba desde siempre la vida de la ciudad. Según me acercaba pude ver a más miembros del improvisado pasacalles publicitario, y en el centro de la carpa, una urna sobre una mesa en la que algunos iban depositando un exiguo formulario. Casi por lástima acepté cubrir los pocos datos que solicitaban y, aunque mentí en edad y aficiones, dejé mi nombre y una dirección de correo donde contactarme. Ni siquiera pregunté por el lugar del mundo elegido como destino del viaje. La lluvia empezaba a empapar la tela del toldo y a decolorar los maquillajes de los disfrazados anunciantes. Me fui con una prisa cierta alejándome del artificio que ya estaban desmantelando. “No les duró mucho”, pensé. La lluvia hacía huir a la gente en busca de refugio y pronto, era evidente, no habría nadie en la plaza.
Dejé atrás la cortina de agua que sí semejaba un diluvio, y alcancé la marquesina de la parada del autobús donde me quedé esperando para llegar a casa a salvo aunque no seco. El agua apretaba y hasta las espaldas llovían, la humedad y las tinieblas parecían haber venido para quedarse. Realmente llovía como nunca con una lluvia crecida en el océano que gritaba sin pausa. En la parada del autobús dos mujeres, también refugiadas en la marquesina, hablaban de modo confuso. Yo miré la hora: el reloj marcaba las cinco y diez. Me quedé atónito. Le pregunté la hora a las mujeres: “Son las cinco y diez”, me dijo una mirándome despacio. Y continuó: “He oído que esta tarde en la plaza Minerva es lo del Fin del Mundo”.
Ilustración: Kwang Jean Park, "2005.18", 2005

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