La torre de Hölderlin


Uno de los proyectos de los que es testigo Lemuel Gulliver, en su visita a la Academia de Artes de Lagado, es el esquema para suprimir completa y definitivamente todas las palabras, y esto “se recomendaba encarecidamente como un gran beneficio desde el punto de vista de la salud y la brevedad”. Menos radical en apariencia es la propuesta que en el Mundo de Alicia expone Carroll:

“Cuando yo uso una palabra -dijo Humpty Dumpty- esa palabra significa exactamente lo que yo quiero que signifique”
.

Hölderlin, ya declarado loco y recogido en la casa de un ebanista de Tübinten, escribe: “Entiendo a los hombres ahora que vivo lejos de ellos y en soledad”. Ese Hölderlin al que le costaba recordar su nombre y que se inventaba identidades y lenguas con las que dialogaba violentamente mientras caminaba por el campo, es el mismo que afirmaba que la poesía era la más inocente de las ocupaciones. Cuenta un visitante que un día dijo llamarse Salvator Rosa y que en respuesta a los que le habían pedido que escribiese unas líneas, hizo un círculo con la mano en el aire y susurró: “En lo incierto el bosque con oscura imagen aparece...” después continuó hablando pero ya en un lenguaje que él llamaba Kamalatta y que sólo él entendía aunque de vez en cuando oían la palabra Sí y, al tiempo, la palabra No.

Suprimir las palabras, inventar lenguajes privados, dar a las palabras el significado que uno quiere... en la ciudad de Babel todo esto sucedió a la vez. El Dios de los judíos suprimió el lenguaje común, lo desmenuzó en lenguas que debieran ser intercambiables y, al fin, otorgó el significado a las palabras creadas: en ese instante los hombres empezaron a hablar lenguas desconocidas. El termino técnico que refiere el hecho es la palabra glosolalia y está documentada en el ámbito de la psicología y, también, de la magia.

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