
Una de las sentencias más conmovedoras de toda la literatura filosófica se debe a Wittgenstein:
“La muerte no es un acontecimiento de la vida. No se vive la muerte -Der Tod ist kein Ereignis des Lebens. Den Tod erlebt man nicht-”.
En uno de los relatos de Borges leí una extraña refutación de esta sentencia. En el cuento un Borges anciano conversa, sentado en un banco de un parque de Boston junto a un río de aguas grises, con un Borges joven. Ambos se sospechan sueños de otro Borges, el narrador, o sueños de sí mismos. Con ternura el Borges anciano aconseja al joven acerca de lecturas, textos y asuntos cotidianos, le advierte de la ceguera blanca que sufrirá y del dolor de las pérdidas que tendrá. El joven asume su sueño con tímidez y una cierta desesperanza; el viejo siente una nostalgia comprensible y tiene miedo pero no quiere despertar. Comprendí que el cuento cifraba la muerte y el retorno.
Los griegos valoraban que solo el hombre es mortal ya que no basta para serlo morir sino ante todo saber que se va a morir. Epicuro intentaba consolar a sus discípulos con un juego de palabras que hacía nada a la muerte: no es para nosotros ya que mientras vivimos no existe y cuando existe nosotros no somos.
Heidegger llamaba a la muerte la posibilidad más propia del hombre, la posibilidad que niega todas las posibilidades, el cierre de toda experiencia. La misma sentencia de Wittgenstein “Den Tod erlebt man nicht”
Pero si volvemos al diálogo “El otro” podemos sospechar que aquel encuentro no es fortuito sino que se produjo innumerables veces y se producirá innumerables más.
Nada cesa, todo vuelve. También lo vio Schopenhauer:
“Yo soy definitivamente dueño del presente y me acompañará por toda una eternidad como mis sombra”.

0 comments :: El dueño del presente
Publicar un comentario