
Julio Ayer me dijo que el miedo es redondo; que él lo sabe desde una vez que fue a un circo y vio a un trapecista caerse del trapecio.
—Se lo llevaron y la función continuó. Mira, al volver a casa le pregunté a mi padre sobre el hombre, no podía quitármelo de la cabeza, y todavía no puedo. Mi padre me dijo que me olvidase, que seguro que estaba bien, que los trapecistas eran de goma y que seguro, seguro que no le había pasado nada. Pero yo no le creí. Mi padre nunca me había mentido, ni siquiera con lo de los Reyes Magos. Tan pequeño y cuando le pregunté si existían los Reyes Magos me dijo, «¿Tú crees que existen?», y yo dije que sí. «Pues entonces existen». Así lo zanjó mi padre. Eso no es mentir. Pero cuando fue lo del trapecista yo no le creí.
Julio cuenta la historia del trapecista en cuanto tiene ocasión que es casi siempre, y ya de tanto oírla a mí me parece que estuve en el circo cuando la desgracia. Pero el trapecista no fue la única tristeza que asombró a Julio Ayer. Resulta -también lo cuenta aunque con mucha más reserva- que se encontró a un hombre muerto en el retrete del colegio en el que trabajaba.
—Se sabía que tenía deudas de juego, y mira, se colgó de una tubería en el váter de la primera planta. Era el director y así le evitó a su mujer la escena y no se lo reprocho. Yo era el conserje. Abrí la puerta y allí estaba con la cara ya oscura, muy oscura. Se me cayó el mundo. Desde entonces no pude volver por la primera planta y me tuvieron que cambiar de empleo. Eso gané. Pero la cara, la cara no la olvido.
Son historias que cuenta como si las hubiese que ver, como si quisiese agregarte a una nómina imaginaria de testigos de las muertes que él lleva en la mirada. Sin embargo a mí lo que de veras me resulta extraño es la relación de Julio con la edad. Desde hace mucho viene haciendo la cuenta con los setenta años.
—Será por mi apellido, que vaya apellido «Ayer». Es como estarse quieto en el tiempo. Y no sé, un día empecé a contar los años como desde «Mañana» y elegí los setenta porque era una edad que me parecía muy seria. La edad en la que se dobla el cuerpo. Mira, cuando fue lo del trapecista me faltaban cincuenta y nueve para los setenta. Pero es ahora y mira, todavía puedo ver aquel último giro en el que al trapecista le fallaron las manos, y cayó hasta dar un golpe seco y hacer un silencio de muerte en la pista. Yo tenía los ojos muy abiertos, muy abiertos, y no sé por qué miré arriba, al trapecio, y, entonces, lo vi. Vi al trapecista, saludando, esperando el aplauso. Era como si hubiese acertado con el trapecio y no hubiese caída, ni golpe, ni silencio. Pero al volver a mirar al suelo realmente vi que se lo llevaban en volandas, y tuve miedo de volver a mirar arriba. Desde entonces, cada vez que tengo miedo, me veo en un trapecio después de caer. Y mira, lo que me causa más miedo es el miedo. Me pasó con el suicida. Le vi la cara casi negra, cerré los ojos y el trapecista me saludó. Por eso sé que el miedo es redondo, porque el trapecista era yo, entiendes, yo estaba arriba en el trapecio, feliz, tan feliz como cuando esperaba mis regalos la noche de reyes.
Ilustración: Nobuko Watabiki, Laughing Away, Marching Up-Side Down, 2002

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