Todos los santos


Daba la impresión de estar enfadada. La comida estaba servida. No me miraba. No hablaba. Comía con desgana, como si no quisiese estar allí. Demoraba cada bocado con la vista fija en el plato. Su malestar era evidente. Al terminar, se levantó y se fue.
No sé cuánto tiempo permanecí en la cocina, sin hacer nada. Decidí ir al salón. Sentada en la misma silla de siempre, tenía la vista puesta en la televisión. Me senté en mi butaca.
Emitían un documental. Un hombre y una mujer viajaban en un coche. Ella conducía; él dormía.
En la siguiente escena, una adolescente preparaba un examen de ballet. Cerró los ojos y fue cayendo lentamente hasta quedar tendida en el suelo. Los que estaban con ella apenas se inquietaron. Se acercaron, la tocaron y abrió los ojos, pero enseguida volvió a dormirse. 
Después se veía a dos mujeres y a un hombre sentados a una mesa. El hombre preguntó algo. Una de las mujeres comenzó una respuesta, pero los ojos se le cerraron y la cabeza fue descendiendo hasta quedar suspendida sobre un plato lleno de comida. La otra mujer la miraba de reojo y se reía con una risa nerviosa, ahogada entre las manos. El hombre explicaba, mirando a la cámara, que a veces se sentía mal porque su mujer no podía apreciar la cena que le preparaba. La llamó por su nombre. Ella abrió los ojos, se llevó el tenedor a la boca y volvió a dormirse. Por un instante, el tenedor permaneció inmóvil en el aire. La otra mujer se rió. El hombre también. Yo tampoco pude evitarlo.
Mi mujer se levantó y salió en silencio.
Continué viendo el documental. Intervenía la mujer del hombre dormido en el coche. Decía que su marido nunca había conseguido terminar una página de ningún libro y que la causa era esa enfermedad que lo empujaba al sueño súbito.
La puerta de casa se cerró. 
Yo sabía que aquella tarde iría al cementerio. Era el día de Todos los Santos y era su costumbre. Alguna vez la había acompañado a visitar la tumba de su madre. Recuerdo que permanecía muy quieta, mirando la lápida, y que yo nunca sabía qué hacer. Con el tiempo dejé de acompañarla.
Pensaba en ello cuando la bailarina volvió a quedarse dormida.
Apagué la televisión y salí. En la parada del autobús me aseguré de que una línea llegaba hasta el cementerio. No había nadie más. El autobús se retrasaba. Estaba a punto de desistir cuando por fin llegó. Se bajó una anciana y entré yo. Me senté detrás del conductor, junto a la ventana.
Tenía la esperanza de llegar a tiempo. Me concentré en lo que se veía a través del cristal. El tráfico era escaso a esa hora temprana de la tarde. Cuando el autobús transitaba entre las sombras de los edificios, veía en el reflejo la mitad de mi cara mirándome. Se me ocurrió comparar al autobús con un féretro. Recordé a las personas dormidas del documental y la risa que provocaba su esfuerzo por llevar una vida imposible. Siempre había creído que en el sueño se habita el único lugar en el que se está verdaderamente solo. Aquella imagen en el cristal me miró y me sentí muy cansado. Cerré los ojos. Volví a pensar en mi mujer y me asaltó la duda de si realmente habría ido al cementerio. Podía ser que hubiese cambiado de opinión y hubiese ido a otro sitio o solo a pasear.
Conté a las personas que viajaban conmigo. Las vi tranquilas, ensimismadas, dejándose llevar. Sus medios rostros me miraron. El autobús paró enfrente del cementerio. Solo bajé yo.
Había que cruzar una calle para llegar a la escalinata del cementerio y, por último, atravesar un pequeño parque sombrío cerrado por un muro. En medio estaba la puerta. Me disponía a entrar cuando me di cuenta de que no recordaba dónde se encontraba el nicho que visitaba mi mujer. Temí perderme buscándolo. Un poco alejado de la puerta vi un banco de piedra. Me senté a esperar. Había un puesto de venta de flores junto a la puerta pero nadie lo atendía. Me apoyé en el muro y sentí el abismo respirando detrás de mí. Pensé en irme, volver al autobús y regresar a casa. El asiento de piedra me entregaba su frío. Entonces ella apareció en la puerta.
Tenía el rostro sereno, luminoso. Me sorprendió que llevase un libro en la mano. La encontré atractiva y me alegré de que fuera mi mujer. Quise levantarme e ir hacia ella, pero no pude. Ella no me vio. Subió las escaleras en dirección a la calle. La seguí con la mirada hasta que desapareció. Pensé que, tal vez, leyese en silencio ante el nicho o, tal vez, en voz alta. Algunas veces a mí también me leía cuentos y poemas. Le gustaba hacerlo y yo me dejaba envolver por su voz. Sentí de nuevo el frío y, de nuevo, sentí el abismo que, como un abrazo mineral, acariciaba mi espalda.


Safe Creative #0910304799848
Ilustración: Nadia Kaabi Linke, Bethlehem Cemetery, 2008

3 comments :: Todos los santos

  1. Me ha gustado Ramón, continuaré leyendo tus textos ocasionales.
    Que pena, nunca sabrá que él estaba allí, quizás desperdició una buena oportunidad, dejar el coche en el cementerio y volver juntos en autobús.

  2. Gracias Pablo
    A mí siempre me ha gustado ir en autobús
    Un saludo
    Ramón

  3. El sueño,la vigilia...la soledad,el amor...
    la muerte,la vida...el lugar de los no-lugares...

    Lo cotidiano y lo trascendente a la vez.
    Algo más que un cuento.

    Un saludo.

    M.

Publicar un comentario

Safe Creative #0907190028497

Visitas ocasionales