Vigilantes



Cuando el gordo me dijo que la noche del viernes era yo el que tenía que ir al matadero, me sorprendió. Primero porque no sabía que llevásemos ese servicio y después porque eso significaba que alguien tenía que sustituirme en el museo. Dudé, pero decidí subir a su despacho. Quería decirle que tenía que revisar los turnos, que yo prefería seguir con la guardia habitual, que ya estaba acostumbrado al museo, que le asignase a otro la nueva vigilancia. Yo no iba a ir.
Pero una vez en su despacho me falló el ánimo y solo dije:
—Lo del matadero es nuevo, ¿no?
—Pues sí, claro —contestó sin mirarme—. ¿Algún problema?
Yo respondí que no, que no pasaba nada, que cambiaba el arte por las vísceras y que estaba bien. Él torció el gesto y siguió con el cuadrante de turnos.
Cuando salí de la oficina fui directamente al vestuario. César terminaba de cambiarse. Le conté que yo era el elegido para estrenar el servicio en el matadero. César me miró y negó con la cabeza:
—A mí no me lo haría, ¡vamos! —dijo antes de salir comentando algo de su noche libre.
Vi cómo al llegar a la puerta se cruzaba con el gordo. César lo dejó pasar, se volvió hacia mí, hinchó los carrillos y, llevándose el índice a la sien, simuló un disparo. Me quedé con una sonrisa estúpida en la cara mientras el gordo me decía:
—Voy a ir contigo.
—¿Por? —pregunté todavía sonriendo.
—Tengo que hablar con el que dirige aquello. ¿Alguna pregunta más?
No contesté. Me puse el uniforme, me ajusté el cinturón y monté la pistola en la funda. Me tocó llevarlo en mi coche. Íbamos en silencio. Yo procuraba conducir rápido y aprovechar los cambios de los semáforos para llegar cuanto antes.
—Va a resultar que tienes prisa —advirtió.
¡Qué diablos!, pensé, es mi coche y voy como me da la gana. Sin embargo, reduje la marcha. Él se fijó en una baraja de cartas infantiles que estaba en el salpicadero y la cogió. Un juego de hacer familias al que había jugado alguna vez con mis hijos. El gordo cortaba las cartas y miraba la figura que salía en el corte. No sé lo que buscaba ni lo que veía. Acabé diciendo:
—Era … es de mis hijos.
—Ya —dijo.
Sospeché una sombra de ternura en esa respuesta. Continuó barajando y mirando las cartas del corte. Olvidé inmediatamente mi sospecha.
Estábamos llegando al matadero. Me golpeó un olor espeso y desagradable. Aparqué el coche junto a una puerta metálica que tenía un letrero encima: Puerta C.
Entramos y subimos hasta las oficinas donde nos esperaba el gerente, un hombre joven con los dientes pequeños y mal dispuestos. El gordo me presentó diciendo:
—Este es el vigilante.
El gerente me miró.
—Debemos dar una vuelta para marcar los puntos de la ronda —añadió el gordo.
—Primero veremos los planos —zanjó el gerente.
El gordo me lanzó una mirada que no quise entender. Era mi servicio y yo estaba interesado en los planos. El gerente explicó el funcionamiento de los distintos espacios y salas del recinto: las de lavado, la de eliminación de pelo, la de despiece, los depósitos de sangre, las cámaras frigoríficas. Cada espacio en el plano tenía pequeños dibujos geométricos que representaban lo que allí había: las mesas, las bancadas, los raíles.
Así deberían ser las cosas siempre, pensé. Todo en su sitio.
—Hoy el vigilante hará una ronda por aquí cada hora —dijo el gordo e hizo un círculo con la mano sobre una zona señalada con una A en rojo.
El gerente no estaba de acuerdo.
—Él solo no puede hacerlo —dijo enseñando los dientes.
Pasaron a discutir algo del contrato. Esta vez fue el gerente el que me dijo que esperase fuera.
Desde allí los podía ver difuminados tras la mampara que hacía de puerta. Eran solo dos siluetas y, pese a todo, los encontraba más humanos que antes. Dibujé con la mano sus perfiles y puse nombre mentalmente a las formas: gerente y gordo. Observé cómo la forma gerente se levantaba y desaparecía. La del gordo cogió el teléfono y habló unos minutos. Movía la mano libre arriba y abajo. Colgó el teléfono, se llevó el brazo al costado y salió. Por un instante me había olvidado de cómo era su rostro.
—Ya está todo arreglado. Viene César a acompañarte. Hasta entonces me quedo contigo. Vamos —ordenó.
Imaginé que a César no le habría hecho feliz la llamada. Bueno, no era mi problema. Pasar la guardia con el gordo sí era mi problema.
Terminaba el último turno de los matarifes. El gerente le había dejado al gordo un juego de llaves y, con el personal todavía recogiendo y limpiando, comenzamos a recorrer las instalaciones. Pasamos por la sala previa a la de despiece donde, a través de un cristal, vimos los canales suspendidos en ganchos. Varios operarios limpiaban con mangueras los cajones de la zona de aturdimiento. El olor y la vista de la suciedad que resbalaba al sumidero empujada por el agua me revolvieron el estómago. Me refugié en el plano: los cajones eran rectángulos, la canalización una sección de cilindro, el sumidero un pequeño círculo.
El gordo no se dio cuenta y me recuperé al salir de allí.
Establecimos la base en un cuarto junto a la puerta C. Dos farolas proyectaban allí una luz naranja, enferma. El gordo o el gerente lo habían decidido así. El gordo me indicó que hiciese una primera ronda por la zona que se había marcado. Cuando volví, estaba jugando con mi baraja, juntando las familias.
Le tocaba a él. Cogió mi linterna y se fue. Al cabo de treinta minutos regresó.
—Está todo tranquilo —dijo.
—Sí —dije—. Muy tranquilo.
La incineradora había dejado de funcionar, aunque todavía se percibía un olor dulzón y denso, casi masticable.
—A ver si se pasa pronto —dije por decir algo.
Él, por toda respuesta, maldijo varias veces a César y lo amenazó en alto como si yo no estuviese allí.
Lo mejor para mí era que su atención se mantuviese en la tardanza de César. Comencé mi segundo turno y me demoré más que en el primero. Revisé varias puertas y comprobé las vallas del perímetro. Me acercaba de nuevo a la puerta C cuando vi a lo lejos cómo llegaba un coche. Se detuvo y salió César con un paso dubitativo. Decidí mantenerme donde estaba, protegido entre un conjunto de fardos de pieles. César caminaba balanceándose hacia el gordo que lo esperaba de pie; al andar abría los brazos y los agitaba. Dijo algo que no entendí del todo, pero sí las últimas palabras: bola de sebo. Al llegar a su altura el gordo le dio un puñetazo en el pecho. César se fue al suelo. Tuve la sensación de que esa escena ya la había vivido. Pensé en aquel punto del plano, un segmento de recta y dos óvalos con dos equis dentro. César, ya incorporado, hacía esfuerzos por respirar. El gordo intentó darle otro puñetazo, pero falló. César se abrazó a él y cayeron. Permanecían anudados, como dos luchadores cansados, amagando golpes.
Creo que César le mordió porque el gordo lanzó un grito agudo. No lo soporté más y dejé de mirar. Me deslicé hacia el suelo apoyando la espalda sobre los fardos. No estuve mucho tiempo así. Se hizo el silencio. Me incorporé creyendo que todo había terminado. Me equivoqué. Estaban los dos de pie. César tenía el arma en la mano. El gordo le decía algo. Yo veía dos siluetas, una apuntando a la otra. El gordo extendió el brazo. Quise decir algo y en ese momento oí el disparo.
Al enfocarlos con la linterna, una de las siluetas mantenía la pistola en la mano. La dejó caer y se dio la vuelta. Olía a pólvora y a mierda. El cuerpo tendido tenía sangre en el pecho y en la oreja. Sus ojos estaban abiertos y parecían mirar la carta de papá esquimal en el suelo. Recuperé la carta, la limpié y la metí en el bolsillo. En silencio fui recogiendo las cartas una a una.


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Ilustración: Christian Hoischen, Fat and Guilty, 2005

2 comments :: Vigilantes

  1. Que interesante. Qué prosa más fluida. Un saludo.

  2. Interesante tu blog, José.
    Un saludo... fluido
    Ramón

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