
Era muy pequeña y mi hija ya sabía el nombre de los árboles y las flores. Jugaba conmigo a cuidar el jardín. Ahora tiene 10 años y le gusta escribir pequeños poemas donde aparecen camelias y buganvillas, donde los limoneros son rojos y hay tilos enanos y tulipanes y narcisos. Hoy me dijo que ha empezado un cuento y que lo ha titulado El mundo paralelo. Me leyó un poco y me sentí intranquilo. En su historia una niña, Wendy, vive en un mundo paralelo que se comunica con éste a través de un túnel hecho al pie del camelio que crece en medio de nuestras azaleas. “¿Y qué sucede en el mundo paralelo?”, le pregunté. “En el mundo paralelo todo es igual que aquí... salvo que sus habitantes no tienen ombligo”, me dijo dudando. No hice más preguntas. Volvió a concentrarse, muy seria, mirando al teclado como si allí, entre las teclas, estuviese atrapada la historia.
Hace tiempo yo también elaboraba cuentos. Fue antes de que ella naciera y de que a mí me comenzasen a visitar más silencios que palabras. Recuerdo haber imaginado un argumento para un relato que no llegué a escribir y que iba a llamar La Antitierra, un título que debía al artificio pitagórico de incluir entre los planetas a uno invisible, de modo que coincidiese su número con el de las musas. Pensaba contar las aventuras de una expedición a la simétrica Antitierra que imaginaba como un mundo en el que se repetían los rostros, los gestos, los sucesos del nuestro. Imaginaba también que en la Antitierra era imposible la memoria y que cada día, aquellos antípodas, lo vivían como nuevo. Abandoné este argumento porque no fui capaz de solucionar un problema en la trama: un viaje a un planeta espejo necesariamente implicaría que los reflejos también viajasen.
Pensando en el cuento de mi hija y en la incógnita del mío salí al jardín. Los agapantos ya crecidos lucían sus cuellos azules y parecían, como siempre, vigilantes. Comprobé que en las puntas de las ramas de la higuera empezaban a brotar las brevas. Acaricié las flores del rododendro y proclamé a las buganvillas ganadoras en su competición con el rosal. Inevitablemente me acercaba a la zona donde el camelio, acompañado de las azaleas, reinaba tranquilo. No había ningún túnel, claro, ¿cómo iba a haberlo? Decidí entonces recoger los caracoles de las ramas de las hortensias y, más sereno y con mucho más cuidado, de las hojas de los agapantos.
Entré en casa, en la cocina mi hija se disponía a comer un trozo de pastel de manzana. Me dijo que ya había escrito el primer capítulo de su cuento. Se titulaba El ombligo de Wendy. “A Wendy le nació un ombligo”, me explicó. Y continuó: “Ahora es igual que yo”. En ese instante sonó el teléfono.
Descolgué el auricular. Al otro lado no se oía nada. Había un silencio mineral, un eco en el que podía reconocer mi propio silencio escuchándome.
–Soy yo –dijo una voz al fin.
Decir que nunca había oído aquella voz no sería verdad. Si dijese que se parecía a mi voz también mentiría. En realidad, creo saber ahora, era como si yo mismo estuviese hablando. Me causó una profunda sensación de desagrado.
–¿Quién?
–Yo. Tú... –balbuceó la voz
–¿Por quién pregunta? –dije venciendo mi rechazo
No obtuve respuesta; se escuchaba un sonido metálico que parecía ahogar la voz. Mi memoria aquí es resbaladiza: no sé el tiempo que pasó; las cosas se desdibujaban a mi alrededor, sus perfiles se convertían en trazos líquidos. Tampoco sé como conseguí recuperarme y hablar.
–Sí, oiga. ¿Me oye? ¿Quién es? –repetí
–Yo. Soy yo. Pregunto... por usted... por mí. Ramón Gil. ¿Es usted, Ramón Gil?
–¿Qué? Sí. Yo soy Ramón Gil. ¿Quién es usted?
–Yo soy Ramón Gil –me respondieron
–Como broma ya está bien.
Colgué. Estaba cansado y triste, atrapado por un tristeza lenta y pegajosa que nunca había sentido. Volví a la cocina, la tarta de manzana estaba intacta. Se repitió la llamada. Dejé sonar el teléfono, una, dos, tres veces. Descolgué y de nuevo me envolvió un silencio espeso, como si todos los sonidos los hubiese mordido una boca única. Colgué. Me dije: “Debes tranquilizarte”. A la tercera ocasión que el teléfono sonó pensé estar preparado. Después del silencio oí una respiración precipitada.
–Es muy importante. No debe colgar, por favor, no cuelgue... –dijo la misma voz.
–¿Quién es usted y qué quiere? –dije mostrando todo el aplomo del que era capaz.
–Yo, yo... quiero hablar sobre mi hija... sobre Wendy.
–¿Qué? –elevé mucho la voz. Temblaba y apenas podía respirar.
Quizá la conversación no tuviese lugar, no lo sé. Quizá fui yo el que creé este delirio. El problema está en que no estoy seguro de saber quién soy. Sé que al salir al jardín, después de vencer la asfixia, vi las flores y los árboles y desconocía sus nombres. Sé que alguna vez quise escribir un cuento en el que unos viajeros quedaban cautivos en un mundo en el que no había recuerdos. Sé que escribo ahora y que tal vez mañana vuelva a escribir lo mismo o nada. Quizá mañana sea hoy. Sé que el olvido es dulce y perfecto. Estoy en medio de unas flores amarillas que bordean un árbol solitario. Espero algo, no sé. Alguna vez, en otro cuento, imaginé que tenía una hija y mi hija escribía cuentos y poemas. Pero no estoy seguro. Hay un amarillo que lo invade todo y yo lo veo, en silencio.
Ilustración: Ales Knotek, Monon Me Hydor, 2006

Un cuento "BELLÍSIMO".
Un saludo.
M.
Anónimo
2 de agosto de 2009 a las 21:40Gracias como siempre M.
Ramón
Ramón Gil
2 de agosto de 2009 a las 23:36Genial.
Este tipo de historias me perturban, pero me deleitan.
Yrinak
20 de agosto de 2009 a las 6:14